Ramón Gómez de la Serna - AUTOMORIBUNDIA (fragmentos)



Prólogo

 Titulo este libro "Automoribundia", porque un libro de esta clase es más que nada la historia de cómo ha ido muriendo un hombre y más si se trata de un escritor al que se le va la vida más suicidamente al estar escribiendo sobre el mundo y sus aventuras.
 En realidad, esta es la historia de un joven que se hizo viejo sin apercibirse de que sucedía eso, contando algo de lo que pasó o tuvo a su alrededor, y que le obligó a pensar en pensamientos independientes.
Sólo me he propuesto al completar mi autobiografía dar el grito del alma, enterarme de que vivo y de que muero, despertar el eco para saber si tengo voz.
Mi conciencia ha quedado más aliviada y tranquila después de escribir este libro, en que asumo todas las responsabilidades de mi vida.
Se verá también al literato que no tuvo miedo a morir por su esfuerzo, pues cuando un artista tiene miedo a ese deshacerse día a día ya no ve las cosas que sólo dicta la muerte escondida y misteriosa.
Ahora voy descubriendo que la muerte va llegando por carestía de temas.
En las futuras ediciones que volverán más cabal esta autobiografía se irá sabiendo en qué quedó esta lucha entre la nada y el algo.
 Ya soy inmortal.
 ¿Y ahora qué?

Capítulo I

Nací o me nacieron –que no sé cómo hay que decirlo– el día 3 de julio de 1888, a las siete y veinte minutos de la tarde, en Madrid, en la calle de las Rejas número 5, piso segundo.
 ¿Para qué ocultar la fecha de mi nacimiento? En otros conatos de autobiografía he mentido, pero ahora, al hacer la autobiografía definitiva, no quiero comenzar mintiendo, porque no quiero que se dude algún día de todo lo dicho. Quede desmentido el que nací el año 1891, resultando equivocados todos los horóscopos que me han hecho. ¡Y lo siento, porque eran optimistas los del 3 de julio de ese año!
 Pero ¿para qué ocultar la verdad ante muertos que viven? –los muertos son muertos que han muerto al fin–. Antes creía que alguien podía vivir siempre, pero dentro de cien años todos calvos y, además, sin cuero cabelludo.
Yo nací para llamarme Ramón, y hasta podría decir que tengo la cara redonda y carillena de Ramón, digna de esa gran O sobre la que carga el nombre, y que es exaltada por su acento que sólo la imprenta me escamotea porque las mayúsculas no suelen estar acentuadas.

Capítulo XXV

 La adolescencia es cosa bárbara, es comerse con la mirada los langostinos crudos que se ven en las pescaderías, querer cazar osos blancos en los escaparates de las peleterías, pedir un periódico que no se vende nada y que no tienen en el puesto de diarios, temer convertirse en regadera y creer que una mujer hermosa pura y vacante nos va a detener en la calle para decirnos que nos adora.

Capítulo XXIX

No quiero haber vivido mucho, ni viajado mucho, ni amado mucho, ni escrito mucho, sino haber levantado mucho la vista hacia las cosas asistido por mi alma limpia y altruista de pobre de solemnidad, y haber comprendido en esa contemplación y con tolerancia la inanidad de todo, y que entre lo inane lo que lo es menos es lo bueno y lo bello, entendiendo por bondad el cariño desinteresado por las ideas, por las cosas visibles e invisibles, por las personas nobles, y entendiendo por lo bello lo que ya está revelado como tal o lo que lleva latente y aun en secreto la belleza futura y sólo se sabe que es así por lo que se oye en los sueños y en los suspiros.

Capítulo XLI

Yo ya tengo siete plumas estilográficas en funciones; pero he tenido más, que se me han perdido, me las han quitado o se me han muerto. Mis plumas supervivientes podrán decir lo que dicen, con más presunción que dolor, los vástagos vivos de las grandes familias: "Éramos veinte, pero sólo vivimos siete".
Hay la pluma que produce erratas quizá por propia comodidad, que sugiere la confusión, que no remata las letras. Hay la que tiene buena letra, la buena letra que a mí me falta casi siempre. Hay la que quiere a toda costa hacer letra redondilla, con los ojos de las oes muy hechos y cerrados. Hay la que tiene una letra cercenada, enconada, más sincera que las demás y con la que el pensamiento disfruta rematando ideas. Hay la que quiere describir y se esmera en eso. Hay la novelesca, que va trazando los tipos y sus pasiones como si se confesase, como si le dictase cada personaje y cada situación las palabras necesarias. Y hay muchas clases más, con distintos pruritos cada una, con su facilidad y su dificultad correspondientes.

Capítulo XLVII

La escritura es una petulancia contra la muerte.

Capítulo XLVIII

Ya estoy metido en la profesión de literato que consiste en perder el dinero que no se gana.
Mi estancia frente a la mesa ha sido ímproba porque lo que más sé es que si no se ponen unas palabras detrás de otras no hay literatura, muchas palabras unas detrás de otras, millones de palabras.
 Algunos atacan mi prolificidad, cuando yo tengo el remordimiento de haber producido poco. ¡Qué otras novelas estaría en vísperas de hacer si hubiera acabado todas las que aún no he escrito y de las que sólo algunas están ya casi escritas!
El sistema de la creación literaria es escribir sin parar y sin acordarse de personajes anteriores, seguido y al azar, recorriendo los caminos más diversos y aprovechando los seres que nos aludan en el camino o las cosas de nombre vivo o muerto que encontremos al margen del recorrido.
La literatura no es más que tener talento literario y meterse en casa a escribir, sin pensar si se está haciendo por la vida o por la muerte.
De mi fecundidad se ha querido hacer un arma contra mí. Pero ¿cómo voy yo a no encontrar injusto eso si a cada cosa le sigo dedicando la atención entrañable que necesita y no puedo realizar mis proyectos y veo retrasadas mis últimas obras en las casas editoras?
En esa época hubiera matado al que me dijese que la literatura no lo era todo.
Un escritor es lo que se llama un alma en pena, una alma en pena de oraciones, creaciones, palabras, necesidad de vivir la suposición y el invento de algo superior que falta en la vida.

Capítulo LVI
Cuando alaban una cosa mía suelo exclamar: "¡Mis miserias me ha costado!"
La literatura no es un medio para comer, pero hay que ir comiendo mientras se escribe la literatura.
 Lo que pasa es que el escritor no puede estar pensando en pequeñeces y eso le mete en el hambre. Hay muchos interesados en que no coma el escritor, porque su hambre es contraste de otras harturas.

Capítulo LIX

Con todo lo que se vive y lo que se escribe no se logra dominar la vida por un momento encontrándole el sabor indudable e inolvidable.
 Desde luego la señal de la realidad no está en la tecnología del conocimiento, es una chispa, una cuchara de madera, un hierro en la nieve.
 Lo que más he buscado es el asa de la realidad para asirme a ella, para agarrarme.
 La realidad es mentira. Eso se nota sobre todo cuando la relata un buen novelista de realidades pero más aun cuando es un mal novelista.
 No, esa realidad chabacana además es mentira y pone en ridículo y declara premioso el tiempo que corre.
 Entonces ¿cómo agarrar la evidencia?
 Ahí está el quid.
 No se sabe.
 Desde luego no está en la realidad superficial, porque esa realidad nos ha engañado y es muy absurdo que encima la ponderemos, la describamos y repitamos su infidelidad dolorosa.
En mis muchos libros, si hay algo importante son las señales de esa realidad imponderable que he encontrado a través de la vida.
 ¿Cuál es el asa fehaciente de la realidad? ¿Ese olor de olla de arroz que acaban de limpiar? ¿Ese momento en que la gallina se baja sus bombachas y pone el huevo? ¿Ese goce de coronas cuando las flores han muerto? ¿Esa maleta nueva en que los punzones de las hebillas aún entran con dificultad en los agujeros de las correas? ¿Ese vibrar de cristales en que el cristalino del ojo entra en inquietud? ¿El disparo de esos cañoncitos de balcón que hacen su salva cuando el rayo de sol meridiano enciende la pólvora con la lupa? ¿El pío-pío de esos pájaros de alero que cuidan las cornisas? ¿El pisar el pedregullo del jardín y tomar chocolate con migas? ¿Ese espacio abandonado ingratamente por todos en la plataforma del tren? ¿Ese olor a coche frío de la vuelta de los entierros? ¿Ese cristal hecho como con alambres de niebla y detrás de cuya opaca trama se ve la más indiscreta sombra? ¿Aquellas máquinas para hacer cigarrillos que estaban entre trompetillas para sordos y máquinas de recortarse las uñas? ¿Ese babeo de la máquina del tren a la sombra del andén? ¿Quizás el ver al partir de viaje esas luces que corren a través de las ventanillas del tren parado y sin luz en la vía paralela a la nuestra?
 Estoy en diálogo perpetuo conmigo mismo buscando esa señal de lo real absoluto.
No encuentro la señal, no la encuentro.

Capítulo LXI

Al hablar de las mujeres me refiero entre otras a esas mujeres que se adelantan o se intercalan en nuestro camino para que no nos casemos con otras peores.
Yo no doy importancia más que a la inteligencia original y al amor, y todo lo que no proceda de esas dos fuentes me tiene sin cuidado.
La mujer es en realidad el lazarillo del hombre y el hombre el lazarillo de la mujer en la noche inhospitalaria del mundo.
Hay que ser feliz sin que ellas lo sepan.
El hombre debe saber devolver a la noche la mujer que se empeña en irse a la noche.

Capítulo LXVIII

 Tengo que confesarlo porque va llegando en mi vida la hora de las grandes confesiones. Soy un terrible e impenitente clavador de clavos.
 Los clavos me apasionan y tengo siempre una gran caja con compartimientos llena de clavos de todas clases y tamaños.
Hasta que el recién mudado no clava sus primeros clavos los carros de mudanza podrían venir otra vez por él y llevarle con rumbo desconocido a él y sus muebles.
La autoridad del dueño de su guarida consiste en clavar los clavos sin consultar y no escatimar su uso ni su abuso.
 A lo más preguntar a la mujer si el cuadro está demasiado bajo o demasiado alto y como última indicación si está torcido o derecho.
 Yo he sido un clavador de clavos interminable y como no sólo he colgado cuadros de las paredes, sino que he clavado estampas en innumerable superposición, conozco bien las leyes de la clavazón y puedo resumirlas en un decálogo que sirva de advertencia al buen clavador:
1° No penséis en los vecinos cuando claváis un clavo porque lo clavaréis torcido.
2° No calculéis el daño que os harías en los nudillos si se os escapa el martillo porque os daréis el martillazo.
3° No tengáis clavos en la mano izquierda mientras clavéis un clavo con la derecha porque os los clavaréis.
4° Contad con que la fuerza del martillo viene de atrás y no de frente a vosotros. La inteligencia del martillo es occipital.
5° Saber bien a qué se destina cada clavo, si para una percha, para un cuadro, para una jaula, para una librería.
6° Si alguien os ayuda, procurar que sea él el que reciba los golpes perdidos.
7° No olvidéis el martillo en lo alto de la escalera porque recibiréis el más tremendo capón de la Providencia cuando se os caiga encima.
8° Subid siempre a lo alto con el clavo que vais a clavar, con el martillo y con varios clavos de repuesto en el bolsillo para no estar subiendo y bajando, pues por cada clavo que logréis clavar se os escaparán cuatro o cinco.
9° Hay que ser implacable con el clavo, con la pared y con el martillo.
10° Clavo torcido clavo nocivo, inseguro y con remordimientos de conciencia.

Capítulo LXXIV

El primer viaje a América fue en el verano de 1931. Me decidí a cambiar completamente de destino, ya que el que tenía se había desgajado.
Voy a América atraído por una luz de horizontes que a lo que menos se parece es a un semáforo porque es una luz de pleno día.
La clave inefable de Buenos Aires la encontré allí, y me expliqué ese fondo mágico, de corazón del mejor pisapapeles del mundo, que existe en la ciudad más interesante y cortés de América.
En Buenos Aires me puse a vivir de nuevo como si me fuese a ir nunca.
Di conferencias sobre el arte y la poesía, pero el éxito principal se debió a mi invención de las conferencias maleta, prestidigitación cándida alrededor de los objetos más diversos que sacaba de mi gran valija y que renovaba a cada nueva conferencia.
Pero yo ya no estaba como conferenciante, yo estaba como enamorado.
 Mi vida en Buenos Aires se inquietó desde el primer momento porque había conocido a la había de ser mi mujer, a Luisa Sofovich, porteña nacida el año 12, de padres rusos, y con un niño de meses de su primer matrimonio.
 La gracia clara de Buenos Aires relucía en su sencillez, y noté en sus ojos la certeza de la comprensión y la puntería del matiz en auxilio de la palabra.
 En la raza nueva Luisa era la muchacha –exótica americanizada y españolizada– llena de fe en la literatura y en el amor.
 Ella era el grito de la respuesta después de haberme pasado muchos años viajando hasta exhaustar el otro hemisferio, y lo maravilloso es que la esfinge americana cerraba el arcano con sus palabras, me conmovía con sus aprensiones, y me decía "ya llegastes" con una afirmación que desvanecía la duda de vivir.
 Muchas vueltas di por el mundo buscándola y he de confesar que mi visita a América fue una última carta en la posibilidad de encontrarla. Probablemente sin ese deseo de probar la última suerte en busca de un perfil en que encajase el recorte del azar, no hubiese salido de Madrid y hubiera renunciado a ese viaje como renuncié a tantas cosas.
 Mujer de claridad –aun con los misterios de sus dos natividades–, tenía un gran estilo su alma, despectiva y sensible como si tuviese puestos los ojos en un horizonte final de Arte puro.
 Para mi fue el deslumbramiento de lo que buscaba del otro lado de lo supuesto como el último eco del logro supremo de la esperanza.
 Por eso, acabados todos los viajes, todas las ceremonias y todas las despedidas, saltamos al Cap Arcona y nos fuimos a España.

Capítulo LXXIX

Yo trabajo las novelas y los libros entre innumerables pausas en que escribo innumerables artículos.
 ¡Conozco las tapias del tiempo como un condenado! ¡Cuántas más obras hubiera escrito si no tuviese que vivir de los artículos!
 Hay muchos días que escribo seis o siete.
Junto a esa labor periodística de diarios, son innumerables mis artículos para revistas.
 Toda esa ímproba labor me ha quitado el tiempo en estos años difíciles para dedicarme a la novela y el libro.
El artículo es un bistec de escritor que se corta él a sí mismo carneando en su propia anatomía.
 Por eso hay que pagárselo.
Sólo sé que sólo gracias al periódico vive el escritor, pues los libros son largos de escribir y cortos de venta.

Capítulo LXXXIII

La literatura no es sólo la obra hecha sino la independencia y la dignidad en que se vivió mientras se hacía, manteniéndose insobornable, que es la única condición que nos asemeja a Dios.
Hay que ser ilusionista de la vida y así tener optimismo, que es no querer acogerse a la comodidad del gusano de tierra, que es arrojarse en brazos del pesimismo.
 Hay que tener esperanza, que es lo que tira de la vida hacia el porvenir.

Capítulo LXXXIX

El escritor que es sólo escritor no tiene más remedio que utilizar la noche para su labor, porque puede poner en fila de utilización catorce o diez y seis horas seguidas, y en esas horas de portal cerrado nadie le llama, le distrae o le irrita.
 Yo llevo muchos años de nocturnidad en que no están exceptuados ni los sábados ni los domingos.
 En España me acostaba a las siete de la mañana, pero en América hay que trabajar más para poder subsistir y me acuesto a las nueve o a las diez de la mañana.
 A las tres de la tarde –con toda fijeza, haya dormido poco o mucho– amanezco a la vida, un poco deslumbrado por su luz pero animoso y despierto.
Me gusta vivir en la noche porque los vivos son iguales a los muertos en el sueño. (Muchas veces hemos estado muertos en sueños y Dios ha tenido la consideración de resucitarnos.)
Mi vigilia es la de estar despierto y en guardia, evitando que la muerte se lleve a los que duermen con las ventanas abiertas a mi alrededor. ¡No me lo agradecerán lo bastante, pero la muerte alarmada huye al ver un testigo sempiterno!
En la noche de Buenos Aires mis únicos hermanos con la luz encendida son los ascensores.

Capítulo XCI


Soy tan yo mismo que no puedo hablar conmigo. Toda la vida he estado identificándome conmigo mismo.
No quiero ser más que siempre el mismo y sentir esa identidad de conciencia y de vida hasta la muerte.
 Mi obra tengo que declarar que es inexistente. He tenido que escribir demasiados artículos para vivir y, por tanto, lo que ha salido entremedias no sé lo que es y no puedo responsabilizarme de ello.
 Entremedias de esa ímproba labor para ser independiente, sonriente y sin obligaciones políticas de intriga, he escrito y conglomerado numerosas obras literarias; pero siempre medio sonámbulo y salido del mundo, ya más allá de las horas probables de la vida, sin esas largas horas de tranquilidad que necesita la obra literaria. ¡Si yo hubiese podido enfilar veinte creaciones sin intermedios!
Cada vez creo más que no existe el tú ni existe el yo; existe sólo la recepción y el ir viviendo hasta morir.
Hay que renovarlo todo, escribirlo de otra manera, y discutirlo todo como se discute una idea en el alma.
Así, a los que creen que yo he escrito tanto les diría que no he escrito nada, aunque, eso sí, yo les diría que he estado siempre sobre la pista de lo que pudo haber sido certeza y convicción literaria con cierto asombro y cierta gracia.
Si los demás no se dejan robar su dinero, yo no quiero dejar robar lo único que tengo, mi silencio y mi soledad.

Capítulo XCII

La muerte es un traspiés, una impaciencia, una precipitación en el aturdimiento, una distracción de pasar por el hoyo abierto de los cables o del registro subterráneo del gas.

Capítulo XCVII

El arte es uno contra todos si todos no lo ven y a lo hecho pecho. El escritor es el vengador.
 El arte siempre está más arriba en lo alto o en lo bajo.
 El arte es la mentira que es superior a la verdad y la verdad que es superior a la mentira.

Capítulo XCVIII

Después de todo, si morimos de eso no morimos de lo otro.
Dios castiga con la muerte a los buenos y a los malos para no equivocarse.
Lo malo es oír el canto del pájaro que murió hace mucho.
El Arte es morir por el Arte aun sin haber acabado de hacer Arte.
¿Un cura en el ascensor? Yo me bajo. Me confesaría.
El peine entorna los ojos al peinarnos.
La mano es el guante de la sangre.

Capítulo XCIX


Luisita es el perfecto ideal femenino, con su cara de pensamiento y de belleza, cierta en su destino espiritual, respondiendo siempre a mis sencillas llamadas.
 Son ya diez y siete años de no separarnos ni un momento –gasta moño para que la peluquería no tenga que entretenerla con trenzados y ondulaciones– y se podría decir con absoluta verdad que no nos hemos separado ni una hora, pues hasta en las sabáticas noches de Pombo yo desaparecía del café media hora y en raudo taxi que me traía y me llevaba la veía un momento y la consolaba de la ausencia llena de gritos y discusiones.
 Lámpara mía, yo también he unido mi luz a la suya y nuestras veladas se han completado en la cordial luz que necesita la pareja humana para no sufrir de soledad.
 La idea en su desesperación de muerte se ha compensado gracias a ella y los dos hemos sonreído al destino.
Hemos parado el tiempo como hemos podido, en esa afinidad de hombre y mujer que es lo único que lo detiene un poco aparentemente.

Capítulo CI

Ya ha llegado la hora del resumen.
 Mi resumen es que no he visto más que cometer grandes injusticias al tiempo, siendo por eso que ya no me importa desaparecer.
¡Morir lo menos engañados que podamos!
...me asomo a las librerías donde los libros nuevos suelen decir lo mismo que los libros antiguos. ¡Es tan difícil escribir un libro verdaderamente nuevo!
Todo hay que sacrificárselo al ideal. Ser idealista es lo imprescindible: sin perjuicio de no perder de vista la realidad y luchar con ella para que respete nuestro ideal.
He intentado tener toda la dignidad que he podido.
 Nunca estaré con los hipócritas ni con los hiperbólicos, y no tomaré parte en coas secretas.
Me hubiera gustado ser un retrato anónimo.
 Devolvería cuanto pudiese devolver de la notoriedad. Lo que me sobrase después de poder vivir al día.
 He tenido una gloria que me ha permitido que no me diesen demasiado la lata los demás. De la gloria no quiero ni esos cuernos que pone la corona de laurel en la frente.
 Mi triunfo es que sin dejar de aparecer me he disimulado.
Figurar y desaparecer, tener declarada intimidad con algunos ciudadanos que nos sorprenden en el café o en la calle, ser visto y no visto gracias a un mimetismo de distraído y de desprendido, escribir, lanzar libro tras libro y no sentirse aludido cuando se hable de esos libros.
En el no ser nada no he tenido que ser profesor, ni simular reticencias de profesor. Nada de eso, absolutamente nada de eso, y sin embargo vivir, asistir al espectáculo del mundo muy en medio de él, muriendo en pie.
El mundo le quiere ver a uno vencido y no perdona al invencible; quiere que uno esté llorando y durmiendo y yo río y estoy despierto; quiere que uno sea un invertido –quieras o no quieras en el culo te pinto un loro–, pero yo he podido vivir sin tener que incurrir en eso porque hay muchos mundos en el mundo.
Estoy en el momento en que todas mis admiradoras se tiñen.
Todos se van muriendo. ¡Pero qué trabajo hasta dejarles a todos colocados en sus nichos y hasta entrar uno en el propio! Ya pueden pasar todas las palomas que quieran, que yo me estoy muriendo en la terraza desde que comencé a mirar al mundo.
Parece que literatura hace que se pase el tiempo sin sentirlo, y si el escritor ha sido feliz lo fue de un modo extrañamente vertiginoso. (Todas las ventajas son para el lector.)
 Sin embargo, el artista no es viejo y tiene la edad de la bohemia, en que siempre se es joven.
Yo tengo la peor de las incumbencias: decir lo que no se dijo nunca.
 Así he logrado algo acabado en lo inacabado.
El mayor tesoro para el escritor es la soledad.
Así, haciendo esta vida, mi soledad ha de estar de acuerdo y en proporción a mi miseria.
 Ya sé que nadie quiere que yo sea rico. Ni yo tampoco. Pero con todo, soy un millonario sin millones.
 Que nadie se revuelva contra la idea de soledad.
Estoy en ese momento en que exclaman al vernos: "¡Cómo te pareces a tu padre!"
Al mirarme en un espejo que súbitamente me refleja me encuentro realmente parecido a mi padre. ¿Seré mi padre?
En esa angustia del espejo he querido gritar: "¡No quiero ser mi padre! ¡No quiero ser mi padre!"
...veo que el vivir es meterse en ese atolladero sin notarlo.
¿Quién me robó? ¿Es que se quedó con mi posibilidad aquel niño que haciéndose el inocente me preguntó la hora?
El lazarillo que lleva uno al lado es ciego, y precisamente él nos debe dirigir, porque nuestra vista es la que nos equivoca.
Sólo acaricio ese sueño de que sea mi premio de haber vivido como viví, el vivir en la ciudad del puro silogismo, cosa que no se realizará, porque artista significa "el que no realiza sus sueños", siendo quizá por eso el ser que está siempre soñándolos, y, por lo tanto, no se duerme en ellos y los describe para consolar a una humanidad sin sueños.

Epílogo

 En resumidas cuentas, viví y no supe lo que era vivir.
 Sin embargo, el gran consuelo de perder la vida es que uno muere pero los grandes ideales van a seguir viviendo, y nunca el mal podrá en definitiva con el bien.
No se muere por una enfermedad sino por cansancio de vivir, porque la vida quiere dormir, ¡dormir!, dormir en la muerte.
Hay que tener también en cuenta que siempre que se muere alguien se repite la muerte de todos, y al morir uno se descansa de ver el desesperante caso de ver morir a los demás.
 ¡Ah, después que yo me muera ya no veré morir a nadie!
Hay un momento en que está uno dispuesto a recibir todas las noticias, hasta la de su muerte. La vida es más corta que lo que se escribió.
Yo sé que si estuviese en España a la hora de la muerte –ya que cuando aquí son las 11 allí son las 3– llegaría a vivir cuatro horas más, ¡pero cuatro horas más, qué importan al moribundo!
 Y ahora, después de estas palabras, doy por terminada la edición príncipe de mi autobiografía, en que creo haber dejado concentrada mi conciencia y mi historia, pero si alguien dudase de la veracidad y exactitud de lo que digo: ¡que le fría un huevo!
(Todo lo dicho en este libro vale hasta hoy, 10 de junio de 1948, día en que comienzo a escribir un libro aun más sincero y más escandaloso que se titulará "Lo que no dije en mi Automoribundia".)

(Ramón Gómez de la Serna,
Automoribundia, Buenos Aires: Sudamericana, 1948.)

Fuente: http://www.geocities.com/greguerias/

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