Manuel Mujica Lainez – Tres cuentos



Casi siempre, prefiere recordarse a Manuel Mujica Lainez (1910-1984) en sus farandulescas fiestas de cumpleaños de la casa porteña de Belgrano, en ciertas esotéricas reuniones de la finca cordobesa “El Paraíso”, en la pose entre irónica y altiva elegida para dejarse fotografiar por la prensa. Amigos y detractores han elegido así, insistentemente, una imagen de Mujica Lainez –o de Manucho, como le decían– marcada por la frivolidad. Del lado del elogio, la frivolidad se convierte en un goce profundo de la vida, en una capacidad para disfrutar de lo cotidiano y compartirlo en familia y con amigos. Del lado de la crítica, en cambio, la frivolidad se despliega en otro sentido: Mujica Lainez sería fútil, veleidoso, inconstante; su obra, por extensión, insustancial y ligera. Frente a la obsecuencia del círculo de pertenencia y la excesiva demanda de los medios que logran convertirlo en una suerte de “opinólogo” de su época, un cierto menosprecio acompaña el rechazo de lo que representa su figura de escritor tanto por su conservadurismo político como por el éxito de sus libros. 
Estas dos posiciones, inauguradas en la década de 1960 y definitivamente congeladas a mediados de la de 1970, apenas dan cuenta, sin embargo, de las complejidades de un autor entregado por completo a la escritura y de los matices de una obra constituida a lo largo de medio siglo. Sin dejar de ser parcialmente acertadas, ambas visiones aparecen hoy como efectos de las poses del propio autor y como lugares comunes que una lectura actual debería poder desmontar. Si la dedicación exhibe la intensidad de su relación con las letras, la obra despliega las obsesiones de Mujica Lainez y los trabajos de su imaginación: las formas de la belleza, los laberintos del deseo, los desbordes de la sensualidad. Por eso es allí, en todo caso, donde habría que volver para buscar qué hay de cierto en la frivolidad de Manucho. 
Alejandra Laera
Monemvasía
Monemvasía, 6 de agosto de 1974. Aquí, en Monemvasía, me aguardaba el sitio que tanto he buscado o, por decirlo mejor, con el que tanto soñé. Aquí hubiera querido vivir. Mientras organizo la partida, garabateo estos párrafos. Algo, misterioso y profundo, me repite que no he de regresar. Y así como Maurice Barrès, luego de recorrer el pequeño monasterio de Dafni, cerca de Atenas, escribió que dejaba en Dafni su corazón, escribo yo ahora que dejo mi corazón en Monemvasía. Durante una semana, he gozado de su hospitalidad. Lecturas y relecturas me habían preparado para ella, porque desde que, muy lejos, en el interior de la Argentina y en el azar de un libro, el nombre de Monemvasía surgió por primera vez bajo mis ojos, comprendí que una atracción secreta, todavía inexplicable, comenzaba a operar, y que ya no cejaría hasta emprender la peregrinación que la tendría por término. Pensaba yo que era algo similar a lo que años atrás me sucedió con una ciudad italiana, pero me equivocaba. Aquel fue para mí un paraje inspirador, sugeridor, que me exigía ser trasladado a muchos cuadernos minuciosos, mientras que Monemvasía es el lugar de encantamiento que no requiere su transposición literaria, sino que simplemente me insinúa, me pide que me quede, porque aquí sería feliz. 
No bien comenzó a perfilarse su roca estriada de ocre, delante del barco que me traía desde el Pireo, al cabo de siete horas de viaje, supe que la realidad de Monemvasía no sólo no estaba destinada a defraudarme sino a sobrepasar la imagen fantástica que me había formado a través de arduas lecturas. Estaba delante de mí, extraña y obsesionante como un fondo de cuadro de Breughel. La peña eleva su orgullo hasta trescientos metros sobre el nivel del mar. El Egeo la circunda y suele azotarla con tenaz violencia. Un puente la une al territorio, al Peloponeso, de modo que según se la considere es una isla y es una península. Los antiguos valoraron el mérito estratégico de esa singularidad, a la que Monemvasía debió su fama durante siglos. Porque Monemvasía, hasta hace poco olvidada, fue célebre. En las centurias medievales, su nombre retumbó a través de Grecia y de Italia y resonó en Constantinopla. Era el baluarte último, la fortaleza invencible, el escudo del Peloponeso señorial, erguido siempre frente a las máquinas de guerra y a los asedios. Era, en verdad, el refugio, y esa calidad está tan adentrada en sus piedras, que así la he visto yo ahora, ahora mientras Monemvasía sobrevive en medio de ruinas nostálgicas: como un refugio. Lo fue de gente muy diversa. En tiempos de Justiniano, hallaron auxilio aquí los griegos que huían de los eslavos invasores, y a partir de entonces la escena se reprodujo, como si la inmensa roca, tantas veces comparada con Gibraltar, fuese una diosa armada. ¡En cuántas y cuántas ocasiones pretendieron reducirla! No lo consiguieron los normandos, y sí lo consiguió Guillaume de Villehardouin, uno de los barones franceses establecidos en el Peloponeso, fue después de tres años de un sitio atroz, en el curso del cual los monemvasiotas devoraron a los gatos y a las ratas y terminaron por devorar sus propios cadáveres. Durante trece años, Monemvasía perteneció a Villehardouin, quien levantó parte de sus murallas. Al promediar el siglo XIII, el emperador griego de Constantinopla lo derrotó a su vez y lo tomó prisionero. Para recuperar la libertad, el paladín debió entregar, entre otras plazas fuertes, a Monemvasía. Bizancio la dominó hasta el siglo XV, y mi ciudad conoció centurias de esplendor. Gran centro comercial, en cuyos muelles fondeaban las naves ricas que acudían de Oriente y de Europa, base militar y sede religiosa, acogió a filósofos, a sabios, a príncipes. Veneciana de 1446 a 1540; bizantina de nuevo; posesión del Papa, quien planeó ubicar en ella una academia consagrada a los estudios clásicos; veneciana una vez más; y turca; y veneciana y turca; hasta que en 1821 los patriotas helenos la sitiaron renovando la trágica historia de sus asedios crueles, y la liberaron por fin, con lo cual Monemvasía tuvo el privilegio de ser la primera ciudad griega que sacudió la otomana esclavitud… Cada una de esas etapas dejó su huella en su rostro. Aquí, en un relieve, es un descabezado león de Venecia; allá, un cañón turco; más allá, una cruz de Bizancio, un águila bicéfala. Tal paño de muralla, muy derruido, evidencia ser, por su 
composición, obra de los ingenieros de un dux; tal otro es muy anterior. De las viñas ilustres, apenas resta el recuerdo. En ellas afirmó Monemvasía, antaño, su prestigio refinado, porque con sus uvas se elaboraba el vino dulce que en Francia llamaban Malvoisie; en Italia, Malvasía; y Malmsey en Inglaterra. Pero los turcos arrasaron y quemaron las viñas. Sobre ellas, como sobre las murallas y sobre el caserío, anduvieron la Destrucción, la Decadencia y el Olvido, como fabulosas arañas que tejieran sus redes grises de fachada a fachada, de calleja a calleja, de ruina a ruina. ¿Será eso lo que me sedujo? ¿La poesía de esa desolación, de ese abandono? ¿La traza de madriguera, de laberinto pétreo, que todo tiene aquí? ¿El enorme silencio y el enorme canto del mar? Durante la semana entera, la luna blanqueó las fortificaciones, y el viento sopló en el puente que enlaza a la vieja Monemvasía con la actual, la sin carácter, la de los negocios y los cafés. Y durante la entera semana no paré de imaginar lo muy hermoso que sería vivir aquí. En ese tiempo, la exploré de punta a punta. Visité las iglesias de la parte baja, la de Elkómenos, donde se ha salvado, nadie sabe por qué prodigio, una admirable tabla pintada, una Crucifixión del 1300, en tanto que el icono del Cristo Llagado maravillótan intensamente al emperador Isaac el Ángel, que se lo llevó a Constantinopla. He trepado, como pude, las escaleras y senderos infinitos que a través de peñascos conducen a la parte más alta, allá donde, entre cisternas seculares que recogen el agua de lluvia, la pequeña iglesia de Santa Sofía, revestida, como por un manto multicolor, por su perfección arquitectural, ora junto al abismo. Y me he metido en el dédalo de las superpuestas callejuelas, como si me internase en un grabado negro y gris; me he asomado a habitaciones como grutas y a terrazas de la Bella Durmiente, que invade la hierba mustia o sombrea una higuera solitaria. De noche, apenas unos escasos faroles de aceite alumbran los peldaños que se hunden en la oscuridad y en la leyenda. Pero la luna suple y mejora cualquier iluminación. Y entonces uno esperaría que el Señor de Villehardouin, Príncipe de Acaia (el que casó muchas veces, y a los cuarenta años se consideraba viejo, quizás con razón), descendiera esos mismos escalones haciendo crujir sus metales, o que los subieran, desnudas las cimitarras, los soldados del Sultán. En lugar de ellos, unos pocos turistas requieren, a los tropezones, el socorro de la única taberna, y pronto se oye freír los pescados, las “barbunias”, que brillan como el casco de Villehardouin. De la posibilidad de la guerra y de los afanes de Chipre, nadie habla. Se habla mucho, eso sí, de política, porque los griegos son habladores, y desde temprano. Cuando cruzo a desayunarme, bajo un gran toldo, en un café de la zona nueva, ya están los griegos conversando y arrojando apasionadamente los dados sobre el tablero del juego de “tabli”, aunque no sea domingo. El barco que nos comunica con el Pireo y con Atenas viene dos veces por semana, el 
ómnibus diario que va a Esparta no trae más que periódicos en griego.Éste es, pues, un paraíso, al que embellecen el fulgor esmaltado del mar, la geometría policroma de las montañas y el dibujo poético del caserío. Sí, aquí habría que vivir, pero ¿por cuánto tiempo? Porque Monemvasía, como tantos otros lugares descollantes, empieza a demostrar que en su reclusión y alejamiento reside el peligro de su fin. Ya la acecha el turismo devorador; ya la señalan los periodistas; ya se la fotografía y comenta; ya los comerciantes se atreven a descontar su futuro; ya la rondan los ricos perezosos y celosos, cuyos yates comienzan a detenerse, aunque sea por unas horas, en el puerto, entre las barcas. Se aviva la curiosidad, ante la actitud de unos cuantos que, sagazmente, distinguieron las posibilidades de refugio que destacan a Monemvasía y que, como antes dije, constituyen su rasgo histórico esencial. Esos buscadores de paz, artistas, estudiosos, adquirieron, hace años, los vestigios de unas casas y las reconstruyeron. Entonces se vendían por cuarenta mil dracmas. Ahora, los asombrados propietarios –muchos de ellos ancianas o pescadores– piden un millón por meros escombros. Y lo obtienen. En las plazoletas, en los recodos de las escalinatas, noto los síntomas afiebrados de la restauración. Tensos piolines marcan niveles; acumúlanse tejas y vigas; se preservan las piedras venerables, los fragmentos de mármol. Felizmente, desde Mistra, cerca de Esparta, los arqueólogos velan, y los planos necesitan su aprobación para llevarse a cabo. Se desea conservarle a la población su fisonomía, y evidentemente se lo logra. Monemvasía colabora en la labor, ofreciendo sus tesoros. Así, por ejemplo cuando sin permiso me deslicé en una de esas casas que se reconstruyen, tuve la sorpresa de encontrarme, al bajar su escalera empinada, con una eclesiástica cripta que hasta hoy defendió el tiempo y que la piqueta devolvió a su dueño flamante. Y doquier aparecen las balas de piedra, redondas, de cualquier tamaño, que se emplean en la decoración. Todo esto está muy bien, y Monemvasía, apuntalada, refrescada, “maquillada”, exhibirá un rostro digno de sus épocas mejores. Conservará su rostro, pero ¿conservará su alma? Me parece difícil. El poder vigilante de los arqueólogos se reduce a lo exterior. Monemvasía, actualmente asediada, será invadida una vez más, en esta ocasión por la turba barullera de los que no pueden tolerar que otros se aíslen, sin aislarse ellos también, porque si el aislamiento significa un privilegio, entonces hay que aislarse, hay que pagar para aislarse, o sea para estar con los que se aíslan. Y al actuar así no advierten que lo que hacen no es ganar el privilegio, sino destruirlo, pues el aislamiento deja de ser tal, obviamente, si es compartido por la multitud: en este caso, por la peor multitud, esa, lujosa, que va de isla en isla, de valle en valle, de cumbre en cumbre, persiguiendo las huellas de los que en verdad necesitan estar solos, o acompañados por unos pocos que participan de su sensibilidad. Sí, Monemvasía saldrá ganando, y si yo volviera 
aquí dentro de cinco años, la vería transformada en una ciudad de cuento, un precioso entrecruzarse de almenas, de arcos, de puentes, de ojivas, de cúpulas, de tejados (de ventanas cerradas, asimismo tras las cuales se ampararán las víctimas del asedio)… una red de callejas románticas que transitarán grupos anhelosos, fotografiantes, precedidos por guías masculinos y femeninos que vociferarán en varios idiomas y con pronunciaciones múltiples el nombre de Villehardouin. Pero no volveré. 
De Placeres y fatigas de los viajes I-II (1984) 
La pulsera de cascabeles 1720
Por el ventanuco enrejado, Bingo espía a los negreros ingleses. Sus figuras se recortan en la barranca del Retiro, con fondo de crepúsculo, más allá de las higueras y de los naranjos. Fuman sus largas pipas de tierra blanca, con los sombreros echados hacia atrás, y sus casacas color pasa, color aceituna, color miel y color tabaco se empañan y confunden sus tonos frente al esclavo que llora. Bingo vuelve los ojos hacia su hermana muerta, que yace junto a él sobre el suelo duro. A lo largo de la habitación, apíñanse los cuerpos sudorosos. Hay treinta o cuarenta negros, hombres y mujeres, los unos sobre los otros, como fardos. Su tufo y sus gemidos se mezclan en el aire que anuncia el otoño, como si fueran una sola cosa palpable. 
En la barranca, los ingleses de la South Sea Company pasean lentamente. Rudyard, el ciego, tantea la tierra con su bastón. Ríe de las bromas de sus compañeros, con una risa pastosa que estremece sus hombros de gigante. Se han detenido frente a la fosa que cavan los africanos, más allá de la huerta. Ya sepultaron a doce apestados. Basta por hoy. 
Bingo salmodia con su voz gutural, extraña, una oración por la hermana que ha muerto. Su canto repta y ondula sobre las cabezas de los esclavos como si de repente hubiera entrado en la cuadra una 
ráfaga del viento de Guinea. Incorpóranse los otros encarcelados y mientras la noche desciende suman sus voces a la melopea dolorosa. 
Pero a los empleados de la South Sea Company poco les importan los himnos lúgubres. Están habituados a ellos. Tampoco les importa la peste que diezma a los cautivos. Mañana fondeará en el Riachuelo un barco que viene de África con cuatrocientos esclavos más. Los negocios marchan bien, muy bien para la Compañía. Hace siete años que adquirió el privilegio de introducir sus cargamentos en el Río de la Plata, y desde entonces más de una fortuna se labró en Londres, más de un aventurero adquirió carroza y se insinuó entre las bellas de Covent Garden y del Strand, porque en el otro extremo del mundo, en la diminuta Buenos Aires, los caballeros necesitan vivir como orientales opulentos, dentro de la sencillez de sus casas de vastos patios. 
Rudyard, el ciego, muerde la pipa blanca. Pronto llegará la hora de buscar a su favorita, a Temba, la muchachita frágil que lleva en la muñeca su pulsera de cobre con tres cascabeles. Ignora que Temba ha muerto también. Ignora que en ese mismo instante Bingo, su hermano, la está despojando del brazalete. 
Desnúdase la noche, velo a velo. El edificio de la factoría comienza a fundirse con las sombras. Los negreros se enorgullecen de él. Es uno de los pocos de Buenos Aires que cuenta con dos pisos. Se levanta en las afueras de la ciudad, entre enhiestos tunales, en un solar que antes perteneció al gobernador Robles, al general don Miguel de Riglos y a la Real Compañía portuguesa, y que se extiende con más de mil varas de frente, sobre el río, y una legua de fondo, hacia la llanura. 
A esa casa regresan los ingleses. Junto a la fosa, sobre la tierra removida, las palas quedaron espejeando, abandonadas a la luz de las estrellas. En la galería los hombres se separan de Rudyard. Ríen obscenamente porque saben a dónde va. Palmean las anchas espaldas del ciego, quien se aleja, vacilando, hacia la cuadra hedionda. 
Su mujer de la pulsera… su mujercita de la pulsera… Bajo los ojos incoloros, inmóviles, terribles, apagados para siempre por la enfermedad cruel de Guinea, se le frunce la nariz y le tiembla la papada colgante. Esto de la pulsera de cascabeles es invención suya, sólosuya. Cuando descargan en el Retiro una remesa de África, Rudyard anda una hora entre las hembras, manoseándolas o rozándolas apenas con las yemas sutiles. Hasta que escoge la preferida y le ciñe, para reconocerla entre el rebaño oscuro, la pulsera de cobre. Nunca se equivoca en la elección. Sus compañeros lo comentan chasqueando la lengua, maravillados. Ni tampoco osará la mujer quitarse la ajorca. Una lo hizo y recibió cien azotes, a la madrugada. Había muerto ya cuando iban por la mitad de la cuenta. Su cabeza pendía a un costado, como una gran borla crespa, y seguían azotándola. 
El ciego palpa los muros. Titubea su bastón. Su mujercita de la pulsera, miedosa, fina… Será su última noche, porque mañana 
aparecería por la factoría, después de atravesar la ciudad por el camino del bajo, desde la barraca del Riachuelo, la caravana de carne nueva. 
Descorre el cerrojo y empuja la puerta. Su enorme masa ventruda bloquea la entrada. Llama impaciente: 
—¡Temba! ¡Temba! 
En el rincón le responde el son familiar de los cascabeles, asustado. El ciego sonríe. Noche a noche repite la escena que le divierte. Se hace a un lado para que la muchacha pase. La cazará al vuelo, al cruzar la puerta, como si fuera un pájaro veloz, y la arrastrará al jardín. 
Bingo se alza y toca en silencio la mejilla de su hermana. Sesenta ojos están fijos en él. Brillan en la inmensa habitación, como luciérnagas. Sólo los ojos de Rudyard, espantosamente claros, no relampaguean. Todo calla en torno suyo. Se oyen las respiraciones jadeantes. El olor es tan recio que, con estar acostumbrado a él, el inglés se lleva una mano al rostro. 
El negro es elástico, delgado y pequeño como su hermana. Se le señala el esqueleto bajo la piel. Avanza encorvado hacia el enemigo y a su paso los cuerpos de ébano se apartan, sigilosos. 
—¡Temba! ¡Temba! 
Temba descansa para siempre, rígida, y Bingo levanta en la diestra, como una sonaja de bailarín, la pulsera de cobre. Sólo tres metros le separan ahora del gigante ciego. Calcula la distancia y de un brinco salta por el vano de la puerta. Rudyard le arroja el bastón entre las piernas, pero yerra el golpe. Las sonajas cantan su victoria afuera, en la galería. 
Rudyard asegura los cerrojos y se echa a reír. Arriba, los negreros ríen también, borrachos de gin, acodados sobre la mesa como personajes de Hogarth. Escuchan los trancos inseguros del ciego, los choques de su bastón contra las columnas, la vocecita de los cascabeles. 
—¡Temba! ¿Dónde estás? 
Temba está en la cuadra, con los brazos sobre los pechos de mármol negro. Los esclavos no osan acercarse. Se acurrucan en los rincones. Hoy no podrán dormir. Escuchan, escuchan, como sus amos, el claro repiqueteo de las bolas de cobre. 
Bingo baila, enloquecido, alrededor del hombracho. El inglés no para de reír y revolea su rama de pino. Han dejado el corredor y van el uno detrás del otro, hacia el declive de la barranca: el que huye, ágil como un simio; el perseguidor, pausado, macizo como un oso. Y todo el tiempo cantan los cascabeles. Hasta que Rudyard, fatigado, termina por enfurecer. Fustiga los limoneros, los perales. Embarulla los idiomas: 
—¡Temba! ¿Dónde te escondes? ¿Where are you, tigra? 
Sus botas destrozan las coles de la huerta, las cebollas, los ajos, las lechugas. 
Han alcanzado el lugar en el cual fueron sepultados los negros . Bingo salta sobre la fosa y hace sonar los cascabeles. Es como si una serpiente llamara entre las tunas, con sus crótalos, con su tentación. 
El ciego da un paso, dos, tres, balanceándose pesadamente, y su capuchón se derrumba en la humedad del hoyo. El negro no le concede un segundo de respiro. Levanta la pala como un hacha y, de un golpe, le parte el cráneo. Luego, sin un instante de reposo, empieza a cubrirlo de tierra. La pulsera de cascabeles lanza por última vez su pregón al aire, cuando cae en la fosa, sobre la casaca color aceituna. 
En la factoría roncan los ingleses su borrachera, y los esclavos despiertos se abrazan, tiritando de frío. 
De Misteriosa Buenos Aires (1951) 
Narciso
Si salía, encerraba a los gatos. Los buscaba, debajo de los muebles, en la ondulación de los cortinajes, detrás de los libros, y los llevaba en brazos, uno a uno, a su dormitorio. Allí se acomodaban sobre el sofá de felpa raída, hasta su regreso. Eran cuatro, cinco, seis, según los años, según se deshiciera de las crías, pero todos semejantes, grises y rayados y de un negro negrísimo. 
Serafín no los dejaba en la salita que completaba, con un baño minúsculo, su exiguo departamento, en aquella vieja casa convertida, tras mil zurcidos y parches, en inquilinato mezquino, por temor de que la gatería trepase a la cómoda encima de la cual el espejo ensanchaba su soberbia. 
Aquel heredado espejo constituía el solo lujo del ocupante. Era muy grande, con el marco dorado, enrulado, isabelino. Frente a él, cuando regresaba de la oficina, transcurría la mayor parte del tiempo de Serafín. Se sentaba a cierta distancia de la cómoda y contemplaba largamente, siempre en la misma actitud, la imagen que el marco ilustre le ofrecía: la de un muchacho de expresión misteriosa e innegable hermosura, que desde allí, la mano izquierda abierta como una flor en 
la solapa, lo miraba a él, fijos los ojos del uno en los del otro. Entonces los gatos cruzaban el vano del dormitorio y lo rodeaban en silencio. Sabían que para permanecer en la sala debían hacerse olvidar, que no debían perturbar el examen meditabundo del solitario, y, aterciopelados, fantasmales, se echaban en torno del contemplador. 
Las distracciones que antes debiera a la lectura y a la música propuesta por un antiguo fonógrafo habían terminado por dejar su sitio al único placer de la observación frente al espejo. Serafín se desquitaba así de las obligaciones tristes que le imponían las circunstancias. Nada, ni el libro más admirable, ni la melodía más sutil, podría procurarle la paz, la felicidad que adeudaba a la imagen del espejo. Volvía cansado, desilusionado, herido, a su íntimo refugio, y la pureza de aquel rostro, de aquella mano puesta en la solapa, le infundía nueva vitalidad. Pero no aplicaba el vigor que al espejo debía a ningún esfuerzo práctico. Ya casi no limpiaba las habitaciones, y la mugre se atascaba en el piso, en los muebles, en los muros, alrededor de la cama siempre deshecha. Apenas comía. Traía para los gatos, exclusivos partícipes de su clausura, unos trozos de carne, cuyos restos contribuían al desorden, y si los vecinos se quejaban del hedor que manaba de su departamento, se limitaba a encogerse de hombros, porque Serafín no lo percibía; Serafín no otorgaba importancia a nada que no fuese su espejo. Éste sí resplandecía, triunfal, en medio de la desolación y la acumulada basura. Brillaba su marco, y la imagen del muchacho hermoso parecía iluminada desde el interior. 
Los gatos, entretanto, vagaban como sombras. Una noche, mientras Serafín cumplía su vigilante tarea frente a la quieta figura, uno lanzó un maullido loco y saltó sobre la cómoda. Serafín lo apartó violentamente, y los felinos no reanudaron la tentativa, pero cualquiera que no fuese él, cualquiera que no estuviera ensimismado en la contemplación absorbente, hubiese advertido en la nerviosidad gatuna, en el llamear de sus pupilas, un contenido deseo, que mantenía trémulos, electrizados, a los acompañantes de su abandono. 
Serafín se sintió mal, muy mal, una tarde. Cuando regresó del trabajo, renunció por primera vez, desde que allí vivía, al goce secreto que el espejo le acordaba con invariable fidelidad, y se estiró en la cama. No había llevado comida, ni para los gatos ni para él. Con suaves maullidos, desconcertados por la traición a la costumbre, los gatos cercaron su lecho. El hambre los tornó audaces a medida que pasaban las horas, y valiéndose de dientes y uñas, tironearon de la colcha, pero su dueño inmóvil los dejó hacer. Llegó así la mañana y avanzó la tarde, sin que variara la posición del yacente, hasta que el reclamo voraz trastornó a los cautivos. Como si para ello se hubiesen concertado, irrumpieron en la salita, maullando desconsoladamente. 
Allá arriba, la victoria del espejo desdeñaba la miseria del conjunto. Atraía como una lámpara en la penumbra. Con ágiles brincos, los gatos 
invadieron la cómoda. Su furia se sumó a la alegría de sentirse libres y se pusieron a arañar el espejo. Entonces la gran imagen del muchacho desconocido que Serafín había encolado encima de la luna –y que podía ser un affiche o la fotografía de un cuadro famoso, o de un muchacho cualquiera, bello, nunca se supo, porque los vecinos que entraron después en la sala sólo vieron unos arrancados papeles– cedió a la ira de las garras, desgajada, lacerada, mutilada, descubriendo, bajo el simulacro de reflejo urdido por Serafín, chispas de cristal. 
Luego los gatos volvieron al dormitorio, donde el hombre horrible, el deforme, el Narciso desesperado, conservaba la mano izquierda abierta como una flor sobre la solapa, y empezaron a destrozarle la ropa . 
1969
De El brazalete y otros cuentos (1978) 
Los dominios de la belleza. Antología de relatos y crónicas Manuel Mujica Lainez / Alejandra Laera (Autor / Selección y prólogo). Fondo de Cultura Económica Argentina.

Notas de prensa
El talento debajo de los prejuicios, publicó Río Negro el 01/08/2006
El talento de Manucho, publicó La Prensa el 30/07/2006
El dandi en su paraíso, publicó El País - Babelia el 11/03/2006
Invitados a la lectura, publicó La Nación el 11/09/2005



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