Michel Foucault - Clasificar




1. Lo que dicen los historiadores 
Las historias de las ideas o de las ciencias —que sólo se designan aquí en su perfil medio— dan crédito al siglo XVII y sobre todo al XVIII de una nueva curiosidad: la que les hizo, si no descubrir, cuando menos ampliar y precisar hasta un grado inconcebible antes las ciencias de la vida. Tradicionalmente se da a este fenómeno un cierto número de causas y se le adscriben muchas manifestaciones esenciales. 
Del lado de los orígenes o motivos se colocan los nuevos privilegios de observación: los poderes que se le atribuirán, a partir de Bacon, y los perfeccionamientos técnicos que le otorga la invención del microscopio. También se colocan allí el prestigio entonces reciente de las ciencias físicas que proporcionaban un modelo de racionalidad; ya que se había podido analizar, por medio de la experimentación y de la teoría, las leyes del movimiento o las de la reflexión de un rayo luminoso, ¿acaso no era normal buscar, por medio de las experiencias, de las observaciones o de los cálculos, las leyes que permiten organizar el dominio más complejo y más cercano de los seres vivos? El mecanicismo cartesiano, que después se convirtió en un obstáculo, fue en un principio como el instrumento de una transferencia y habría conducido, un poco a pesar de sí mismo, de la racionalidad mecánica al descubrimiento de esa otra racionalidad que es la de lo vivo. Del lado de las causas, los historiadores ponen también, un poco revueltos, diversos puntos de atención: interés económico por la agricultura, del que los fisiócratas dan testimonio, pero también los primeros esfuerzos de la agronomía; a medio camino entre la economía y la teoría, la curiosidad por las plantas y los animales exóticos, a los que se trata de aclimatar y sobre los cuales los grandes viajes de investigación o de exploración —el de Tournefort al Medio Oriente, el de Adanson al Senegal— proporcionan descripciones, grabados y especímenes; y después, sobre todo, la valoración ética de la naturaleza, con todo ese movimiento, ambiguo en su principio, por el cual se "invierte" —ya se sea aristócrata o burgués— dinero y sentimiento en una tierra que por largos años las épocas precedentes habían abandonado. En el corazón del siglo XVIII, Rousseau herboriza. 
En el registro de las manifestaciones, los historiadores señalan enseguida las formas variadas que tomarán estas nuevas ciencias de la vida y el "espíritu", como se dice, que las dirigió. Primero fueron mecanicistas, bajo la influencia de Descartes, y justo hasta fines del siglo XVII; así, pues, los primeros esfuerzos de una química apenas esbozada las habría marcado, pero todo a lo largo del siglo XVIII, los temas vitalistas habrían tomado o retomado su privilegio para formularse al fin en una teoría unitaria —este "vitalismo" que profesaron, en formas un tanto diferentes, Bordeu y Barthes en Montpellier, Blumenbach en Alemania, Diderot y después Bichat en París. Bajo estos diferentes regímenes teóricos, se plantean cuestiones, casi siempre las mismas, que reciben cada vez soluciones diferentes: posibilidad de clasificar a los seres vivos — unos, como Linneo, sosteniendo que toda la naturaleza puede entrar en una taxinomia; otros, como Buffon, que es demasiado diversa y rica para ajustarse a un marco tan rígido; proceso de la generación, con aquellos, más mecanicistas, que son partidarios de la preformación, y los otros que creen en un desarrollo específico de los gérmenes; análisis de los funcionamientos (la circulación, según Harvey, la sensación, la motricidad y, hacia fines del siglo, la respiración). 
A través de estos problemas y de las discusiones que hicieron nacer, resulta un juego para los historiadores el reconstituir los grandes debates, de los que se dice que compartieron la opinión y las pasiones de los hombres, lo mismo que su razonamiento. Se cree volver a encontrar así el rastro de un conflicto mayor entre una teología que aloja, bajo cada forma y en todos los movimientos, la providencia de Dios, la simplicidad, el misterio y la solicitud de sus vías, y una ciencia que ya busca definir la autonomía de la naturaleza. Se encuentra también así de nuevo la contradicción entre una ciencia demasiado apegada a la vieja precedencia de la astronomía, de la mecánica y de la óptica y otra que supone ya que debe de haber algo irreductible y específico en los dominios de la vida. Por último, los historiadores ven dibujarse, como si fuera ante sus ojos, la oposición entre los que creen en la inmovilidad de la naturaleza—a la manera de Tournefort y de Linneo sobre todo— y los que, con Bonnet, Benoit de Maillet y Diderot, presienten ya la gran potencia creadora de la vida, su inagotable poder de transformación, su plasticidad y esta deriva que envuelve a todos sus productos, entre ellos nosotros mismos, en un tiempo del que nadie es dueño. Mucho antes de Darwin y de Lamarck, el gran debate del evolucionismo quedó abierto por el Telliamed, la Palingénésie y el Rêve de D'Alambert. El mecanicismo y la teología, apoyándose uno en otra o combatiéndose sin cesar, mantendrán la época clásica lo más cerca de su origen — por parte de Descartes y de Malebranche; frente a ellos, la irreligiosidad y algo así como una intuición confusa de la vida, en conflicto a su vez (como en Bonnet) o en complicidad (como en Diderot), la atraen hacia su porvenir más próximo: hacia ese siglo XIX del que se supone que ha dado a las tentativas, aun oscuras y encadenadas del siglo XVIII, su cumplimiento positivo y racional en una ciencia de la vida que no ha tenido necesidad de sacrificar la racionalidad para mantener en lo más vivo de su conciencia la especificidad de lo viviente y este calor, un poco subterráneo, que circula entre él —objeto de nuestro conocimiento— y nosotros que estamos allí para conocerlo. 
Es inútil volver a los supuestos de tal método. Bastará con mostrar aquí las consecuencias: la dificultad para apresar la red que puede enlazar unas con otras investigaciones tan diversas como las tentativas de llegar a una taxinomia y las observaciones microscópicas; la necesidad de registrar como hechos de observación los conflictos entre los "firmes" y los que no lo son, o entre los partidarios del método y los del sistema; la obligación de repartir el saber en dos tramos que se embrollan, si bien son extraños uno a otro: el primero se define por lo que ya se sabía por demás (la herencia aristotélica o escolástica, el peso del cartesianismo, el prestigio de Newton), el segundo por lo que no se sabía aún (la evolución, la especificidad de la vida, la noción de organismo); y sobre todo la aplicación de categorías que son rigurosamente anacrónicas con respecto a este saber. Entre todas, la más importante es evidentemente la de la vida. Se quieren hacer historias de la biología en el siglo XVIII, pero no se advierte que la biología no existía y que su corte del saber, que nos es familiar desde hace más de ciento cincuenta años, no es válido en un período anterior. Y si la biología era desconocida, lo era por una razón muy sencilla: la vida misma no existía. Lo único que existía eran los seres vivientes que aparecían a través de la reja del saber constituida por la historia natural, 

2. La historia natural 
¿Cómo pudo definir la época clásica este dominio de la "historia natural", cuya evidencia y unidad misma nos parecen ahora tan lejanas y como ya revueltas? ¿Cuál es el campo en el que la naturaleza apareció tan próxima a sí misma que los individuos que comprende pudieron ser clasificados, y tan alejada de sí misma que tenían que serlo por medio del análisis y la reflexión? 
Se tiene la impresión —y así se ha dicho con mucha frecuencia— de que la historia de la naturaleza ha debido aparecer al caer de nuevo el mecanicismo cartesiano. Cuando quedó finalmente en claro que era imposible hacer entrar el mundo entero dentro de las leyes del movimiento rectilíneo, cuando la complejidad del vegetal y del animal hubieron resistido lo suficiente a las formas simples de la sustancia extensa, fue necesario que la naturaleza se manifestara en su extraña riqueza; y la minuciosa observación de los seres vivientes nacería sobre esta playa de la que el cartesianismo acababa de retirarse. Por desgracia, las cosas no suceden con esta sencillez. Es muy posible —aunque habría que examinarlo— que una ciencia nazca de otra; pero una ciencia nunca puede nacer de la ausencia de otra, ni del fracaso, ni de los obstáculos encontrados por otra. De hecho, la posibilidad de la historia natural, con Ray, Jonston, Christoph Knaut, es contemporánea del cartesianismo y no de su fracaso. La misma episteme autorizó la mecánica de Descartes hasta d'Alambert y la historia natural de Tournefort a Daubenton. 
Para que apareciera la historia natural, no fue necesario que la naturaleza se espesara, se oscureciera y multiplicara sus mecanismos hasta adquirir el peso opaco de una historia que sólo es posible retrazar y describir, sin poderla medir, calcular, ni explicar; lo que ha sido necesario —y es todo lo contrario— es que la Historia se convierta en Natural. Lo que existía en el siglo XVI y hasta media-dos del XVII eran historias: Belon había escrito una Histoire de la nature des Oiseaux; Duret, una Histoire admirable des Plantes; Aldrovandi, una Histoire des Serpents et des Dragons. En 1657, Jonston publicó una Historia naturalis de quadripedidus. Desde luego, esta fecha de nacimiento no es rigurosa, (1) sólo sirve para simbolizar un punto de referencia y señalar, de lejos, el enigma manifiesto de un acontecimiento. Este acontecimiento es la súbita decantación, en el dominio de la Historia, de dos órdenes, desde entonces diferentes, de conocimiento. Hasta Aldrovandi, la historia era el tejido inextricable y perfectamente unitario, de lo que se ve de las cosas y de todos los signos descubiertos o depositados en ellas: hacer la historia de una planta o de un animal era lo mismo que decir cuáles son sus elementos o sus órganos, qué semejanzas se le pueden encontrar, las virtudes que se le prestan, las leyendas e historias en las que ha estado mezclado, los blasones en los que figura, los medicamentos que se fabrican con su sustancia, los alimentos que proporciona, lo que los antiguos dicen sobre él, lo que los viajeros pueden decir. La historia de un ser vivo era este mismo ser, en el interior de toda esa red semántica que lo enlaza con el mundo. La partición, para nosotros evidente, entre lo que nosotros vemos, y lo que los otros han observado o trasmitido, y lo que otros por último han imaginado o creído ingenuamente, esta gran tripartición, tan sencilla en apariencia y tan inmediata, entre la observación, el documento y la fábula no existía aún. Y no era que la ciencia vacilara entre una vocación racional y todo el peso de una tradición ingenua, sino que había una razón muy precisa y apremiante: los signos formaban parte de las cosas, en tanto que en el siglo XVII se convierten en modos de representación. 
¿Al escribir Jonston su Historia naturalis de quadripedidus sabía más sobre el tema que Aldrovandi medio siglo antes? No mucho más, dicen los historiadores. Pero no es ésta la cuestión o, si se quiere plantearla en estos términos, habría que responder que Jonston sabía mucho menos que Aldrovandi. Éste despliega, a propósito de todo animal estudiado, y en el mismo nivel, la descripción de su anatomía y las formas de capturarlo; su utilización alegórica y su modo de generación; su habitat y los palacios de su leyenda; su nutrición y la mejor manera de ponerlo en salsa. Jonston subdivide su capítulo sobre el caballo en doce rúbricas: nombre, partes anatómicas, lugar de habitación, edades, generación, voz, movimientos, simpatía y antipatía, usos, usos medicinales. (2) Nada de esto falta en Aldrovandi, pero hay mucho más. Y la diferencia esencial está en lo que falta. Se ha hecho a un lado, como una parte muerta e inútil, toda la semántica animal. Las palabras que se entrelazaban con el animal han sido desatadas y sustraídas: y el ser vivo, en su anatomía, en su forma, en sus costumbres, en su nacimiento y en su muerte, aparece como desnudo. La historia natural encuentra su lugar en esta distancia, ahora abierta, entre las cosas y las palabras — distancia silenciosa, carente de toda sedimentación verbal y, sin embargo, articulada según los elementos de la representación, justo aquellos que podrán ser nombrados con pleno derecho. Las cosas llegan hasta las riberas del discurso porque aparecen en el hueco de la representación. El momento en el que se renuncia a calcular no es aquel en el que al fin se empieza a observar. La constitución de la historia natural, con el clima empírico en el que se desarrolla, no es la experiencia que fuerza, de buen o de mal grado, el acceso a un conocimiento que guardaba antes la verdad de la naturaleza; la historia natural —que justo por ello aparece en ese momento— es el espacio abierto en la representación por un análisis que se anticipa a la posibilidad de nombrar; es la posibilidad de ver lo que se podrá decir, pero que no se podría decir en consecuencia ni ver a distancia si las cosas y las palabras, distintas unas de otras, no se comunicaran desde el inicio del juego en una representación. El orden descriptivo que Linneo, mucho después de Jonston, propondrá a la historia naturales muy característico. Según él, todo capítulo concerniente a un animal cualquiera debe seguir el curso siguiente: nombre, teoría, género, especie, atributos, uso y, para terminar, luterana. Todo el lenguaje depositado por el tiempo sobre las cosas es rechazado hasta el último límite, como un suplemento en el que el discurso se contara a sí mismo y relatara los descubrimientos, las tradiciones, las creencias, las figuras poéticas. Antes de este lenguaje del lenguaje lo que aparece es la cosa misma, con sus características propias pero en el interior de esta realidad que, desde el principio, ha quedado recortada por el nombre. La instauración que la época clásica hace de una ciencia natural no es el efecto directo o indirecto de la transferencia de una racionalidad ya formada (a propósito de la geometría o de la mecánica). Es una formación distinta que tiene su arqueología propia, si bien está ligada (aunque en el modo de la correlación y de la simultaneidad) con la teoría general de los signos y el proyecto de la mathesis universal. 
Cambia ahora de valor el viejo nombre de historia y, quizá, re-cobra una de sus significaciones arcaicas. En todo caso, si es verdad que el historiador era, para el pensamiento griego, aquel que ve y cuenta lo que ha visto, no siempre ha sido esto en nuestra cultura. Muy tarde, en el umbral de la época clásica, tomó o retomó este papel. Hasta mediados del siglo XVII, la tarea del historiador era establecer una gran recopilación de documentos y de signos —de todo aquello que, a través de todo el mundo, podía formar una marca. Era él el encargado de devolver al lenguaje todas las palabras huidas. Su existencia no se definía tanto por la mirada sino por la repetición, por una segunda palabra que pronunciaba de nuevo tantas palabras ensordecidas. La época clásica da a la historia un sentido completamente distinto: el de poner, por primera vez, una mirada minuciosa sobre las cosas mismas y transcribir, en seguida, lo que recoge por medio de palabras lisas, neutras y fieles. Se comprende que, en esta "purificación", la primera forma de historia que se constituyó fue la historia de la naturaleza. Pues no necesita para construirse más que palabras, aplicadas sin intermediario alguno, a las cosas mismas. Los documentos de esta nueva historia no son otras palabras, textos o archivos, sino espacios claros en los que las cosas se yuxtaponen: herbarios, colecciones, jardines; el lugar de esta historia es un rectángulo intemporal en el que los seres, despojados de todo comentario, de todo lenguaje circundante, se presentan unos al lado de los otros, con sus superficies visibles, aproximados de acuerdo con sus rasgos comunes y, con ello, virtualmente analizados y portadores de su solo nombre. Se ha dicho con frecuencia que la constitución de los jardines botánicos y las colecciones zoológicas traducía una nueva curiosidad por las plantas y las bestias exóticas. De hecho, desde mucho tiempo atrás, éstas habían llamado la atención. Lo que ha cambiado es el espacio en el que se puede verlas y desde el cual se puede describirlas. En el Renacimiento, la extrañeza animal era un espectáculo; figuraba en las fiestas, en las justas, en los combates ficticios o reales, en las reconstituciones legendarias en las que el bestiario desarrollaba sus fábulas sin edad. El gabinete de historia natural y el jardín, tal como se les ha instalado en la época clásica, sustituyen el desfile circular del "espécimen" por la exposición en "cuadro" de las cosas. Lo que se ha deslizado entre estos teatros y este catálogo no es el deseo de saber, sino una nueva manera de anudar las cosas a la vez con la mirada y con el discurso. Una nueva manera de hacer la historia. 
Y conocemos la importancia metodológica que tomaron estos espacios y estas distribuciones "naturales" para la clasificación, a fines del siglo XVIII, de las palabras, de las lenguas, de las raíces, de los documentos, de los archivos, en suma, para la constitución de todo un medio ambiente de la historia (en el sentido familiar del término) en el que el siglo XIX encontrara de nuevo, siguiendo este cuadro puro de las cosas, la posibilidad renovada de hablar sobre las palabras. Y de hablar no en el estilo del comentario, sino según un modo que se considerará tan positivo, tan objetivo, como el de la historia natural. 
La conservación, cada vez más completa, de lo escrito, la instauración de archivos, su clasificación, la reorganización de las bibliotecas, el establecimiento de catálogos, de registros, de inventarios representan, a finales de la época clásica, más que una nueva sensibilidad con respecto al tiempo, a su pasado, al espesor de la historia, una manera de introducir en el lenguaje ya depositado y en las huellas que ha dejado un orden que es del mismo tipo que el que se estableció entre los vivientes. Y en este tiempo clasificado, en este devenir cuadriculado y espacializado emprenderán los historiadores del siglo XIX la tarea de escribir una historia finalmente "verdadera"—es decir, liberada de la racionalidad clásica, de su ordenamiento y de su teodicea, restituida a la violencia irruptora del tiempo. 

3. La estructura 
Así dispuesta y entendida, la historia natural tiene como condición de posibilidad la pertenencia común de las cosas y del lenguaje a la representación; pero no existe como tarea sino en la medida en que las cosas y el lenguaje se encuentran separados. Así, pues, deberá reducir esta distancia para llevar al lenguaje lo más cerca posible de la mirada, y a las cosas miradas lo más cerca de las palabras. La historia natural no es otra cosa que la denominación de lo visible. De allí su aparente simplicidad y este modo que de lejos parece ingenuo, ya que la historia natural resulta simple e impuesta por la evidencia de las cosas. Se tiene la impresión de que con Toumefort, Linneo o Buffon se ha empezado a decir al fin lo que siempre había sido visible, pero que había permanecido mudo ante una especie de invencible distracción de la mirada. De hecho, no es una milenaria desatención lo que se disipa de pronto, sino que se constituye en todo su espesor un nuevo campo de visibilidad. 
La historia natural no se hizo posible porque se haya mirado mejor y más de cerca. En sentido estricto, puede decirse que la época clásica se ingenió si no para ver lo menos posible, sí para restringir voluntariamente el campo de su experiencia. La observación, a partir del siglo XVII, es un conocimiento sensible repleto de condiciones sistemáticamente negativas. Desde luego, se excluye el hablar de oídas; pero se excluye también el gusto y el sabor, ya que por su incertidumbre, por su variabilidad, no permiten hacer un análisis de los elementos distintos que sea universalmente aceptable. Limitación muy estricta del tacto a la designación de algunas oposiciones muy evidentes (como las de lo liso y lo rugoso); privilegio casi exclusivo de la vista, que es el sentido de la evidencia y de la extensión y, en consecuencia, de un análisis partes extra partes admitido por todo el mundo; en el siglo XVIII, el ciego puede muy bien ser geómetra, pero no naturalista. (3) Sin embargo, no todo lo que se ofrece a la mirada resulta utilizable: los colores, en particular, apenas pueden fundamentar comparaciones útiles. El campo de visibilidad en el que la observación va a tomar sus poderes no es más que el residuo de estas exclusiones: una visibilidad librada de cualquier otra carga sensible y pintada además de gris. Este campo define, mucho más que la recepción atenta a las cosas mismas, la posibilidad de la historia natural y de la aparición de sus objetos filtrados: líneas, superficies, formas, relieves. 
Se dirá, quizá, que el uso del microscopio compensa estas restricciones; y que si se restringiera la experiencia sensible por el lado de sus márgenes más dudosos, se extendería hacia los nuevos objetos de una observación controlada técnicamente. De hecho, el mismo conjunto de condiciones negativas que limita el dominio de la experiencia, hace posible la utilización de los instrumentos de óptica. A fin de intentar una mejor observación a través de un lente, es necesario renunciar a conocer por medio de los otros sentidos o de oídas. Un cambio de escala al nivel de la mirada debe tener un valor mayor que las correlaciones entre los diversos testimonios que pueden suministrar las impresiones, las lecturas o las lecciones. Si el ajuste indefinido de lo visible en su propia extensión se ofrece mejor a la mirada por medio del microscopio, no está liberado. Y la mejor prueba de ello es, sin duda, que los instrumentos de óptica son utilizados sobre todo para resolver los problemas de la generalización: es decir, para descubrir cómo las formas, las disposiciones, las proporciones características de los individuos adultos y de su especie pueden trasmitirse a través de las edades, conservando su rigurosa identidad. El microscopio no ha sido llamado para rebasar los límites del dominio fundamental de visibilidad, sino para resolver uno de los problemas que plantea —la conservación de las formas visibles a lo largo de las generaciones. El uso del microscopio se funda en una relación no instrumental entre las cosas y los ojos. Relación que define la historia natural. ¿Acaso no decía Linneo que los naturalia, por oposición a los coelestia y a los elementa, estaban destinados a ofrecerse directamente a los sentidos? (4) Y Tournefort consideraba que para conocer las plantas, "antes que escrutar cada una de sus variaciones con un escrúpulo religioso", resulta mejor analizarlas "tal como se presentan ante los ojos". (5) 
Así, pues, observar es contentarse con ver. Ver sistemáticamente pocas cosas. Ver aquello que, en la riqueza un tanto confusa de la representación, puede ser analizado, reconocido por todos y recibir así un nombre que cualquiera podrá entender: "Todas las similitudes oscuras —dice Linneo— sólo son introducidas para vergüenza del arte". (6) Las representaciones visuales, desplegadas en sí mismas, vacías de toda semejanza, limpias hasta de sus colores, van por fin a dar ala historia natural lo que constituye su objeto propio: mismo que ella hará pasar a esta lengua bien hecha que cree construir. Ese objeto es la extensión de la que están constituidos los seres de la naturaleza —extensión que puede ser afectada por cuatro variables. Y sólo por cuatro: forma de los elementos, cantidad de esos elementos, manera en que se distribuyen en el espacio los unos con relación a los otros, magnitud relativa de cada uno. Como decía Linneo, en un texto capital, "toda nota debe ser extraída del número, de la figura, de la proporción, de la situación". (7) Por ejemplo, al estudiar los órganos sexuales de la planta será suficiente, aunque indispensable, con enumerar los estambres y el pistilo (o, en algún caso, con verificar su ausencia), con definir la forma que tienen, de acuerdo con qué figura geométrica están repartidos en la flor (círculo, hexágono, triángulo), qué tamaño tienen en relación con los otros órganos. Estas cuatro variables que se pueden aplicar de la misma manera alas cinco partes de la planta —raíces, tallos, hojas, flores, frutos—especifican lo bastante la extensión que se ofrece a la representación como para poder articularla en una descripción que sea aceptable para todos: ante el mismo individuo, cada quien podrá hacer la misma descripción; y, a la inversa, a partir de tal descripción cada quien podrá reconocer los individuos que pertenecen a ella. En esta articulación fundamental de lo visible, el primer enfrentamiento del lenguaje y las cosas podrá establecerse de una manera que excluye toda incertidumbre. 
Cada parte, visiblemente distinta, de una planta o de un animales, pues, descriptible en la medida en que puede tomar cuatro series de valores. Estos cuatro valores que afectan un órgano o un elemento cualquiera y lo determinan es lo que los botánicos llaman su estructura. "Por estructura de las partes de las plantas se entiende la composición y disposición de las piezas que forman su cuerpo." (8) También permite describir lo que se ve de dos maneras que no son contradictorias ni exclusivas. El número y la magnitud pueden asignarse siempre por medio de una cuenta o de una medición; se puede así expresarlas en términos cuantitativos. En cambio, las formas y las disposiciones deben ser descritas por otros procedimientos: sea por la identificación con formas geométricas, sea por analogías que deben tener "la mayor evidencia". (9) Así, se pueden describir ciertas formas bastante complejas a partir de su semejanza, muy visible, con el cuerpo humano, que sirve como una especie de reserva a los modelos de la visibilidad y sirve espontáneamente de articulación entre lo que se puede ver y lo que se puede decir. (10) 
La estructura, al limitar y filtrar lo visible, le permite transcribirse al lenguaje. Gracias a ella, la visibilidad del animal o de la planta pasa entera al discurso que la recoge. Y, quizá, llegado al límite, pueda restituirse a sí misma a la mirada a través de las palabras, como en los caligramas botánicos que soñaba Linneo. (11) Quería que el orden de la descripción, su repartición en parágrafos y hasta sus modalidades tipográficas reprodujeran la figura de la planta misma. Que el texto, en sus formas, disposición y cantidad variables, tuviera una estructura vegetal. "Es hermoso seguir la naturaleza: pasar de la raíz a los tallos, a los peciolos, a las hojas, a los pedúnculos, a las flores." Sería necesario separar la descripción en tantos apartes como partes existen en la planta, que se imprimiera con tipos gruesos lo que se refiera a las partes principales, y en letra pequeña el análisis de las "partes de partes". Se añadirá lo que por lo demás se conoce de la planta a la manera de un dibujante que completa su esbozo con juegos de luz y de sombra: "el sombreado contendrá exactamente toda la historia de la planta, como sus nombres, su estructura, su conjunto exterior, su naturaleza, su uso". Traspuesta al lenguaje, la planta viene a grabarse en él y, bajo los ojos del lector, recompone su forma pura. El libro se convierte en el herbario de las estructuras. Y que no se diga que no es más que la fantasía de un sistemático que no representa la historia natural en toda su extensión. En Buffon, que fue un adversario constante de Linneo, existe la misma estructura y desempeña el mismo papel: "El método de inspección se efectuará sobre la forma, la magnitud, las diferentes partes, su número, su posición, sobre la sustancia misma de la cosa." (12) Buffon y Linneo ponen la misma rejilla; su mirada ocupa la misma superficie de contacto sobre las cosas; las mismas casillas negras dejan un lugar a lo invisible; se ofrecen a las palabras los mismos terrenos claros y distintos. 
Por medio de la estructura, lo que la representación da confusamente y en la forma de la simultaneidad, es analizado y ofrecido así al desarrollo lineal del lenguaje. En efecto, la descripción es con respecto al objeto que se ve, lo que la proposición con respecto a la representación que expresa: su ponerse en serie, elemento tras elemento. Pero recordemos que el lenguaje, en su forma empírica, implicaba una teoría de la proposición y otra de la articulación. En sí misma, la proposición permanece vacía; en cuanto a la articulación, ésta no formaba en verdad el discurso sino a condición de estar ligada por la función evidente o secreta del verbo ser. La historia natural es una ciencia, es decir, una lengua, pero fundada y bien hecha: su desarrollo preposicional es, con todo derecho, una articulación; el poner en serie lineal los elementos recorta la representación sobre un modo evidente y universal. En tanto que una misma representación puede dar lugar a un número considerable de proposiciones, pues los nombres que la llenan la articulan de modos diferentes, un solo y único animal, una sola y única planta, serán descritos de la misma manera, en la medida en que la estructura reine de la representación al lenguaje. La teoría de la estructura que recorre, en toda su extensión, la historia natural de la época clásica, sobrepone, en una sola y única función, los papeles que desempeñan en el lenguaje la proposición y la articulación. 
Por ello, liga la posibilidad de una historia natural a la mathesis. En efecto, remite todo el campo de lo visible a un sistema de variables, cuyos valores pueden ser asignados, todos ellos, si no por una cantidad, sí por lo menos por una descripción perfectamente clara y siempre acabada. Así, pues, se puede establecer, entre los seres naturales, un sistema de identidades y el orden de las diferencias. Adanson consideraba que algún día se podría tratar la botánica como una ciencia rigurosamente matemática y que sería factible plantear los problemas como se hace en álgebra o en geometría: "encontrar el punto más sensible que establece la línea de separación o de discusión entre la familia de las escabiosas y la de los caprifolios"; o aun encontrar un género conocido de plantas (natural o artificial, esto no importa) que esté en el justo medio entre la familia de las apocináceas y la de la borraja. (13) La gran proliferación de los seres por la superficie del globo puede entrar, gracias a la estructura, a la vez en la sucesión de un lenguaje descriptivo y en el campo de una mathesis que será ciencia general del orden. Y esta relación constitutiva, tan compleja, se instaura en la aparente simplicidad de un visible descrito. 
Todo esto tiene una gran importancia para la definición de la historia natural según su objeto. Éste es dado por las superficies y las líneas, no por funcionamientos o tejidos invisibles. La planta y el animal se ven menos en su unidad orgánica que por el corte visible de sus órganos. Son patas y cascos, flores y frutos, antes de ser(espiración o líquidos internos. La historia natural recorre un espacio de variables visibles, simultáneas, concomitantes, sin relación interna de subordinación o de organización. La anatomía, en los siglos XVII y XVIII, ha perdido el papel rector que tenía desde el Renacimiento y que volverá a tener en la época de Cuvier; no se trata de que la curiosidad haya disminuido entretanto, ni de que el saber haya retrocedido, sino de que la disposición fundamental de lo visible y lo enunciable no pasa ya por el espesor del cuerpo. De allí, la precedencia epistemológica de la botánica: el espacio común a las palabras y a las cosas constituía para las plantas una reja mucho más acogedora, mucho menos "negra" que para los animales; en la medida en que muchos órganos constitutivos son visibles sobre la planta y no lo son entre los animales, el conocimiento taxonómico a partir de variables inmediatamente perceptibles ha sido mucho más rico y coherente en el orden botánico que en el orden zoológico. Es necesario, pues, regresar a lo que se dice por lo común: el que se haya hecho un examen de los métodos de clasificación no se debe a que durante los siglos XVII y XVIII haya habido un interés por la botánica. Sino que, dado que no se podía saber y decir a no ser en un espacio taxinómico de visibilidad, el conocimiento de las plantas debía llevar al de los animales. 
Los jardines botánicos y los gabinetes de historia natural eran, en el nivel de las instituciones, los correlativos necesarios de este corte. Y su importancia, con respecto a la cultura clásica, no se refiere esencialmente a lo que permitían ver, sino a lo que guardaban y a lo que, por esta obliteración, dejaban surgir: sustraen la anatomía y el funcionamiento, ocultan el organismo, para suscitar ante los ojos que esperan la verdad el relieve visible de las formas, con sus elementos, su modo de dispersión y sus medidas. Son el libro ordenado de las estructuras, el espacio en el que se combinan los caracteres yen el que se despliegan las clasificaciones. Un día, a fines del siglo XVIII, Cuvier meterá mano a las exquisiteces de museo, las romperá, y disecará toda la conserva clásica de la visibilidad animal. Este gesto iconoclasta, que Lamarck nunca se atrevió a hacer, no traduce una nueva curiosidad por un secreto que no se había tenido ni la preocupación, ni el valor, ni la posibilidad de conocer. Es, lo que resulta mucho más grave, una mutación en el espacio natural de la cultura occidental: el fin de la historia, en el sentido de Tournefort, de Linneo, de Buffon, de Adanson, y también en el sentido en que la entendía Boissier de Sauvages al oponer el conocimiento histórico de lo visible al filosófico de lo invisible, de lo oculto y de las causas; yserá también el principio de lo que permite, al sustituir la clasificación por la anatomía, la estructura por el organismo, el caráctervisible por la subordinación interna, el cuadro por la serie, precipitar hacia el viejo mundo plano y grabado en negro y blanco, los animales y las plantas, toda una masa profunda de tiempo a la cual se ledará el nombre renovado de historia. 

4. El carácter 
La estructura es esta designación de lo visible que, por una especie de prelingüística triple, le permite transcribirse en el lenguaje. Perola descripción que así se obtiene no es más que una forma de nombre propio: deja a cada ser su individualidad estricta y no enuncia ni el cuadro al que pertenece, ni la proximidad que lo rodea, ni el lugar que ocupa. Es pura y simple designación. Pero, a fin de que la historia natural se convierta en lenguaje, es necesario que la descripción se convierta en "nombre común". Ya se ha visto cómo, en el lenguaje espontáneo, las primeras designaciones que no concernían sino a representaciones singulares, después de originarse en el lenguaje de la acción y en las raíces primitivas, habían adquirido poco a poco, por la fuerza de la derivación, valores más generales. Perola historia natural es una lengua bien hecha: no debe aceptar ni la constricción de la derivación ni la de su figura; no debe dar crédito a ninguna etimología. (15) Era necesario que reuniera en una sola y única operación lo que el lenguaje cotidiano mantiene separado: debe designar a la vez muy precisamente todos los seres naturales y situarlos al mismo tiempo en el sistema de identidades y de diferencias que los relaciona y los distingue unos de otros. La historia natural debe asegurar, de un solo golpe, una designación cierta y una derivación dominada. Y como la teoría de la estructura dobla una sobre la otra la articulación y la proposición, de la misma manera, la teoría del carácter debe identificar los valores que designan y el espacio en el que se derivan. "Conocer las plantas —decía Tournefort— es saber con precisión los nombres que les han sido dados en relación con la estructura de algunas de sus partes... La idea del carácter que distingue esencialmente unas plantas de otras, debe ir unida invariablemente al nombre de cada planta." (16) El establecimiento del carácter es, a la vez, fácil y difícil. Fácil, ya que la historia natural no tiene que establecer un sistema de nombres a partir de representaciones difíciles de analizar, sino que fundamentarlo en un lenguaje que ya se ha desarrollado en la descripción. Se nombrará no a partir de lo que se ve, sino a partir de los elementos que la estructura ha dejado pasar ya al interior del discurso. Se trata de construir un segundo lenguaje a partir de este primer lenguaje, pero cierto y universal. Sin embargo, pronto aparece una dificultad mayor. Para establecer las identidades y las diferencias entre todos los seres naturales, habría que tener en cuenta cada uno de los rasgos que pudieran ser mencionados en una descripción. Tarea infinita que haría retroceder el advenimiento de la historia natural a una inaccesible lejanía, si no existieran técnicas para cambiar la dificultad y limitar el trabajo de comparación. Es posible verificar, a priori, que estas técnicas son de dos tipos. O bien hacer comparaciones totales, aunque en el interior de grupos empíricamente constituidos en los que el número de las semejanzas es evidentemente tan elevado que la enumeración de las diferencias no tardará en terminarse; y así podrá asegurarse, cada vez más de cerca, el establecimiento de las identidades y de las distinciones. O bien elegir un conjunto acabado y relativamente limitado de rasgos, en los que se estudiará, en todos los individuos que se presenten, las constantes y las variaciones. Este último procedimiento es lo que se llamó el Sistema. El otro, el Método. Se los opone, como se opone Linneo a Buffon, a Adanson, a Antoine-Laurent de Jussieu. Como se opone una concepción rígida y clara de la naturaleza a la percepción fina e inmediata de sus parentescos. Como se opone la idea de una naturaleza inmóvil a la de una continuidad numerosísima de seres que se comunican entre sí, se confunden y, quizá, se transforman unos en otros... Sin embargo, lo esencial no estriba en este conflicto entre las grandes instituciones de la naturaleza. Está, más bien, en la red de necesidad que en este punto ha hecho posible e indispensable la elección entre dos maneras de formar la historia natural como una lengua. Todo lo demás no es sino una consecuencia lógica e inevitable de ello. 
El Sistema delimita tales o cuales de los elementos que su descripción yuxtapone con minuciosidad. Estos elementos definen la estructura privilegiada y, en verdad, exclusiva a propósito de la cual se estudiará el conjunto de identidades o de diferencias. Toda diferencia que no remita a uno de estos elementos será considerada como indiferente. Si, como lo hizo Linneo, se elige como nota característica "todas las partes diferentes de la fructificación", (17) deberá descuidarse sistemáticamente una diferencia de hoja, de tallo, de raíz o de peciolo. De igual manera, cualquier identidad que no sea la de uno de estos elementos carecerá de valor para la definición del carácter. En cambio, cuando en dos individuos son semejantes estos elementos, reciben una denominación común. La estructura elegida para ser el lugar de las identidades y de las diferencias pertinentes es lo que recibe el nombre de carácter. Según Linneo, el carácter se compondrá de la "descripción más cuidadosa de la fructificación de la primera especie. Todas las otras especies del género se comparan con la primera, desterrando todas las notas discordantes; por último, después de este trabajo, se produce el carácter". (18) 
El sistema es arbitrario en su punto de partida ya que descuida, de manera concertada, toda diferencia y toda identidad que no se remitan a la estructura privilegiada. Pero nada impide que un día se pueda descubrir, por medio de esta técnica, un sistema natural; a todas las diferencias en el carácter corresponderían diferencias del mismo valor en la estructura general de la planta; y, a la inversa, todos los individuos o todas las especies reunidas bajo un carácter común tendrían en cada una de sus partes la misma relación de semejanza. Pero no es posible alcanzar el sistema natural sino después de haber establecido con certeza un sistema artificial, cuando menos en ciertos dominios del mundo vegetal o animal. Por ello, Linneo no intenta establecer de inmediato un sistema natural, "antes de que sea perfectamente conocido todo lo pertinente" (19) con respecto a su sistema. Es verdad que el método natural constituye "el primero y el último voto de los botánicos", y todos sus "fragmentos deben ser investigados con el mayor cuidado", (20) como lo hizo el propio Linneo en sus Classes Plantarum; sin embargo, a falta de este método natural aún por venir en su forma cierta y acabada, "los sistemas artificiales son absolutamente necesarios". (21) 
Además, el sistema es relativo: puede funcionar con la precisión que se desee. Si el carácter elegido está formado por una estructura grande, con un número elevado de variables, las diferencias aparecerán muy pronto, en cuanto se pase de un individuo a otro, aun si le está muy próximo: el carácter está, así, muy cerca de la pura y simple descripción. (22) Si, por el contrario, la estructura privilegiada es estrecha y conlleva pocas variables, las diferencias serán raras y los individuos se agruparán en masas compactas. El carácter se elegirá en función de la finura de la clasificación que se quiera obtener. Para fundar los géneros, Tournefort ha elegido como carácter la combinación de la flor y el fruto. No a la manera de Césalpin, porque fueran las partes más útiles de la planta, sino porque permitían una combinatoria numéricamente satisfactoria: los elementos tomados de otras tres partes (raíces, tallos y hojas) eran en efecto demasiado numerosos para ser tratados en conjunto y demasiado pocos si se los consideraba por separado. (23) Linneo calculó que los 38 órganos de la generación, cada uno de los cuales conlleva las cuatro variables del número, la figura, la situación y la proposición, autorizarían configuraciones que bastarían para definir los géneros. (24) Si se quiere obtener grupos más numerosos que los géneros, es necesario acudir a caracteres más restringidos ("caracteres facticios convenidos entre los botánicos"), por ejemplo, sólo los estambres o sólo el pistilo: será así posible distinguir las clases o los órdenes. (25) Así, todo el dominio del reino vegetal o animal podrá cuadricularse. Cada grupo podrá recibir un nombre. En tal medida que una especie, sin tener que ser descrita, podrá ser designada con la mayor precisión posible por medio de los nombres de los diferentes con-juntos en los que está encasillada. Su nombre completo atraviesa toda la red de caracteres que se han establecido hasta las clases más elevadas. Pero, como observa Linneo, este nombre, por comodidad, debe seguir siendo "silencioso" en parte (no se nombran la clase y el orden), aunque, por otro lado, debe ser "sonoro": es necesario nombrar el género, la especie y la variedad. (26) La planta así reconocida en su carácter esencial y designada a partir de él, enunciará al mismo tiempo lo que la designa precisamente, el parentesco que la liga a las que le son semejantes y pertenecen al mismo género(así, pues, a la misma familia y al mismo orden). Recibirá a la vez su propio nombre y toda la serie .(manifiesta u oculta) de los nombres comunes en los que se aloja. "El nombre genérico es, por así decirlo, la moneda de buena ley en nuestra república botánica." (27) La historia natural habrá cumplido con su tarea fundamental que es "la disposición y la denominación". (28) 
El Método es la otra técnica para resolver el mismo problema. En vez de recortar, dentro de la totalidad descrita, los elementos —escasos o numerosos— que servirán como caracteres, el método consiste en deducirlos progresivamente. Deducir hay que tomarlo aquí en el sentido de sustraer. Se parte —fue esto lo que hizo Adanson en el examen de las plantas del Senegal— (29) de una especie elegida arbitrariamente o dada de antemano por el azar del encuentro. Se la describe por entero de acuerdo con todas sus partes y fijando todos los valores que las variables han tomado en ella. Trabajo que se recomienza en la especie siguiente, dada también por lo arbitrario de la representación; la descripción debe ser tan total como la primera vez, salvo que nada de lo que ha sido mencionado en la primera descripción debe repetirse en la segunda. Sólo se mencionan las diferencias. Lo mismo debe hacerse en la tercera con respecto a las dos primeras y así indefinidamente. De modo que a final de cuentas todos los rasgos diferentes hayan sido mencionados una vez, pero nunca más de una vez. Y, al agrupar en torno de las primeras descripciones las que se han hecho después y que se aligeran a medida que se va progresando, se ve dibujarse en medio del caos primitivo el cuadro general de los parentescos. El carácter que distingue cada especie o cada género es el único rasgo mencionado sobre el fondo de las identidades silenciosas. De hecho, una técnica semejante sería, sin duda, la más segura, pero el número de las especies existentes es tal que no podría llegarse al fin. Sin embargo, el examen de las especies encontradas revela la existencia de grandes "familias",es decir, de grupos muy grandes en los cuales las especies y los géneros tienen un número considerable de identidades. Tan considerable, que se señalan por rasgos muy numerosos, aun a la mirada menos analítica; la semejanza entre todas las especies de ranúnculos o entre todas las especies de acónito cae inmediatamente bajo la vista. En este punto, es necesario invertir la marcha a fin de que la tarea no sea infinita. Se admiten las grandes familias, evidentemente reconocidas y cuyas primeras descripciones han definido, como a ciegas, los grandes rasgos. Estos rasgos comunes son los que ahora se establecen de manera positiva; después, cada vez que se encuentre un género o una especie que se destaque manifiestamente, bastará con indicar qué diferencia los distingue de los otros y les sirve como de ámbito natural. El conocimiento de cada especie podrá adquirirse fácilmente a partir de esta caracterización general: "Dividiremos cada uno de los tres reinos en muchas familias que agruparán todos los seres que tienen entre sí relaciones notables, pasaremos revista a todos los caracteres generales y particulares de los seres contenidos en estas familias"; de esta manera "se podrá estar seguro de relacionar todos estos seres con sus familias naturales; así, empezando por la garduña y el lobo, el peno y el oso, se conocerá lo suficiente al león, al tigre, a la hiena que son animales de la misma familia".(30) 
En seguida se ve lo que opone el método al sistema. Sólo puede haber un método; en cambio, se puede inventar y aplicar un número considerable de sistemas: Adanson definió sesenta y cinco. (31) El sistema es arbitrario en todo su desarrollo, pero una vez que se ha definido, en el punto de partida, el sistema de variables —el carácter— ya no es posible modificarlo, añadirle o restarle un solo elemento. El método es impuesto desde fuera, por las semejanzas globales que manifiestan las cosas; transcribe de inmediato la percepción en el discurso; permanece, en su punto de partida, más cerca de la descripción; pero siempre le es posible agregar al carácter general que define empíricamente las modificaciones que se impongan: un rasgo que se considere como esencial para un grupo de plantas o de animales puede muy bien no ser más que una particularidad de algunos, si se descubre que, sin poseerla, pertenecen de manera evidente a la misma familia; el método debe estar siempre dispuesto a rectificarse a sí mismo. Como dice Adanson, el sistema es como "la regla de la falsa posición en el cálculo": resulta de una decisión, pero debe ser absolutamente coherente; el método, por el contrario, es "un arreglo cualquiera de objetos o de hechos relacionados por las conveniencias o cualesquiera semejanzas, que se expresa por medio de una noción general y aplicable a todos esos objetos, sin considerar, empero, esta noción fundamental o este principio como absoluto ni invariable, ni tan general que no pueda admitir excepción... El método no difiere del sistema a no ser por la idea que el autor una a sus principios, al considerarlos como variables en el método y como absolutos en el sistema". (32) Es más, el sistema no puede reconocer entre las estructuras del animal o del vegetal más que relaciones de coordinación: ya que el carácter ha sido elegido no por razón de su importancia funcional, sino por razón de su eficacia combinatoria, y nada prueba que, en la jerarquía interior del individuo, tal forma de pistilo, tal disposición de los estambres entrañe tal estructura: si la semilla de la adoxa está entre el cáliz y la corola o en el yaro y los estambres están colocados entre los pistilos, éstos no son ahí ni más ni menos que "estructuras singulares": (33) su poca importancia no proviene de su rareza, por cuanto una división igual del cáliz y la corola no tiene más valor que el de su frecuencia. (34) En cambio, el método, por ir de las identidades y las diferencias más generales a las que lo son menos, es susceptible de hacer surgir relaciones verticales de subordinación. En efecto, permite ver cuáles son los caracteres lo bastante importantes para no ser desmentidos jamás en una familia dada. Con respecto al sistema, lo inverso es muy importante: los caracteres más esenciales permiten distinguir las familias mayores y más evidentemente distintas, ya que, para Tournefort o Linneo, el carácter esencial definía el género; y era suficiente para la "convención" de los naturalistas el escoger un carácter facticio para distinguir las clases o los órdenes. En el método, la organización general y sus dependencias internas lo remiten a la traslación lateral de un grupo constante de variables. 
A pesar de estas diferencias, el sistema y el método descansan en el mismo pedestal epistemológico. Se lo puede definir en una palabra, diciendo que, en el saber clásico, el conocimiento de los individuos empíricos sólo puede ser adquirido sobre el cuadro continuo, ordenado y universal de todas las diferencias posibles. En el siglo XVI, la identidad de las plantas y de los animales quedaba asegurada por la marca positiva (con frecuencia visible, a veces oculta)de la que eran portadores: por ejemplo, lo que distinguía las diversas especies de pájaros no era tanto las diferencias entre ellas, sino el hecho de que ésta ahuyentara la noche, aquélla viviera en el aguay que la otra se alimentara de carne viva. (35) Todo ser era portador de una marca y la especie se medía según la extensión de un blasón común. Tanto que cada especie se señalaba por sí misma, enunciaba su individualidad, independientemente de todas las otras: éstas bien hubieran podido no existir, los criterios de definición no se habrían modificado por ello con respecto a las únicas que hubieran permanecido visibles. Pero, a partir del siglo XVII, ya no puede haber más signos que los que se encuentran en el análisis de las representaciones según las identidades y las diferencias. Es decir, que toda designación debe hacerse de acuerdo con una cierta relación con todas las otras designaciones posibles. Conocer lo que pertenece como propio a un individuo es tener para sí la clasificación o la posibilidad de clasificar el conjunto de los otros. La identidad y lo que la marca se definen por el resto de las diferencias. Un animal o una planta no es lo que indica —o traiciona— el estigma que se descubre impreso en él; es lo que no son los otros; no existe en sí mismo sino en la medida en que se distingue. Método y sistema no son sino dos maneras de definir las identidades por la red general de las diferencias. Más tarde, a partir de Cuvier, la identidad de las especies se fijará también por un juego de diferencias, pero éstas aparecerán sobre el fondo de las grandes unidades orgánicas que tienen sus sistemas internos de dependencias (esqueleto, respiración, circulación):los invertebrados no sólo serán definidos por la ausencia de vértebras, sino por un cierto modo de respiración, por la existencia de un cierto tipo de circulación y por toda una cohesión orgánica que dibuja una unidad positiva. Las leyes internas del organismo se convertirán, ocupando el lugar de los caracteres diferenciales, en el objeto de las ciencias de la naturaleza. La clasificación, como problema fundamental y constitutivo de la historia natural se aloja históricamente y de manera necesaria entre una teoría de la marca y una teoría del organismo. 

5. Lo continuo y la catástrofe 
En el corazón mismo de esta lengua bien hecha en que se ha convertido la historia natural, perdura un problema. Podría muy bien ocurrir que, a pesar de todo, la transformación de la estructura en carácter no fuera posible y que el nombre común jamás pudiera nacer del nombre propio. ¿Quién puede garantizar que las descripciones no hayan de desplegar elementos tan diversos de un individuo al siguiente o de una especie a otra, que toda tentativa de fundar un nombre común fracasaría de antemano? ¿Quién puede asegurar que cada estructura no está rigurosamente aislada de cualquier otra y que no funciona como una marca individual? A fin de que pueda aparecer el carácter más simple, es necesario que, cuando menos, un elemento de la estructura observada en primer lugar se repita en otra. Pues el orden general de las diferencias que permite establecerla disposición de las especies implica un cierto juego de similitudes. Problema que resulta isomorfo con respecto al que ya encontramos a propósito del lenguaje: (36) a fin de que sea posible un nombre común, es necesario que haya entre las cosas esta semejanza inmediata que permita a los elementos significantes el correr a lo largo de las representaciones, el deslizarse por su superficie, el asirse a sus similitudes para formar, por último, designaciones colectivas. Pero para esbozar este espacio retórico en el que los nombres toman poco apoco su valor general, no era necesario determinar el estatuto de esta semejanza ni tampoco si en verdad estaba fundada; bastaba con que diera fuerza suficiente a la imaginación. Sin embargo, para la historia natural, lengua bien hecha, estas analogías de la imaginación no pueden tener el valor de garantías; era necesario que la historia natural, amenazada bajo el mismo título que cualquier otro lenguaje, encontrara el medio de rodear la duda radical que Hume planteaba con respecto a la necesidad de la repetición en la experiencia. En la naturaleza debe haber continuidad. 
Esta exigencia de una naturaleza continua no tiene, desde luego, la misma forma en los sistemas y en los métodos. Para los sistemáticos, la continuidad sólo está hecha por la yuxtaposición sin falla de las diferentes regiones que los caracteres permiten distinguir claramente; basta con una gradación ininterrumpida de valores para tomar, en el dominio entero de las especies, la estructura elegida como carácter; a partir de este principio, parecerá que todos estos valores estarán ocupados por seres reales, aun si todavía no se los conoce."El sistema indica las plantas, aun aquellas de las que no hace mención; lo que no podría hacer jamás la enumeración de un catálogo." (37) Y sobre esta continuidad de yuxtaposición, las categorías no serán simplemente convenciones arbitrarias; podrán corresponder(si están establecidas de la manera adecuada) a regiones que existen claramente sobre esta capa ininterrumpida de la naturaleza; serán terrenos más vastos, pero también más reales que los individuos. Así, el sistema sexual ha permitido descubrir, según Linneo, géneros indudablemente fundados: "Sabed que no es el carácter el que constituye el género, sino el género el que constituye el carácter; que el carácter procede del género, y no éste de aquél". (38) En cambio, en los métodos, para los que las semejanzas, en su forma maciza y evidente, son dadas de antemano, la continuidad de la naturaleza no será este postulado puramente negativo (nada de espacios en blanco entre las categorías distintas), sino una exigencia positiva: toda la naturaleza forma una gran trama en la que los seres se asemejan cada vez más, en la que los individuos vecinos son infinitamente semejantes entre sí; tanto que cualquier corte que no indique la diferencia ínfima del individuo, sino de las categorías mayores, es siempre irreal. Continuidad de fusión en la que toda generalidad es nominal. Nuestras ideas generales —dice Buffon— "son relativas a una escala continua de objeto, de la que no nos damos cuenta con claridad sino en su medio y cuyas extremidades huyen y escapan siempre en mayor medida a nuestras consideraciones... Mientras más se aumente el número de las divisiones de las producciones naturales, más se acercará a lo verdadero, ya que no existen realmente en la naturaleza más que individuos, y los géneros, los órdenes, las clases, sólo existen en nuestra imaginación". (39) Y Bonnet decía, en este mismo sentido, que "no hay saltos en la naturaleza: todo está graduado, matizado. Si entre dos seres cualesquiera existiera un vacío ¿cuál sería la razón del paso de uno a otro? No hay un punto por encima o por debajo del cual se aproximen por ciertos caracteres y se alejen por otros". Siempre se puede, pues, descubrir "producciones medias" como por ejemplo el pólipo entre el vegetal y el animal, la ardilla voladora entre el pájaro y el cuadrúpedo, el mono entre el cuadrúpedo y el hombre. En consecuencia, nuestras distribuciones en especies y en clases "son puramente nominales"; no representan más que "medios relativos a nuestras necesidades y nuestros límites de conocimiento".(40) 
En el siglo XVIII, la continuidad de la naturaleza es exigida por toda la historia natural, es decir, por todo el esfuerzo por instaurar en la naturaleza un orden y descubrir sus categorías generales, ya sean reales y prescritas por distinciones evidentes, o cómodas y simplemente destacadas por nuestra imaginación. Sólo el continuo puede garantizar que la naturaleza se repite y que, en consecuencia, la estructura puede convertirse en carácter. Pero pronto esta exigencia se desdobla. Pues si fuera algo dado a la experiencia, en su movimiento ininterrumpido, el recorrer exactamente, paso a paso, el continuo de los individuos, de las variedades, de las especies, de los géneros, de las clases, no sería necesario constituir una ciencia; las designaciones descriptivas se generalizarían con pleno derecho y el lenguaje de las cosas, por un movimiento espontáneo, se constituiría en discurso científico. Las identidades de la naturaleza se ofrecerían como con todas sus letras a la imaginación y el deslizamiento espontáneo de las palabras en su espacio retórico reproduciría en líneas plenas la identidad de los seres en su generalidad creciente. La historia natural se haría inútil o, más bien, estaría ya hecha por el lenguaje cotidiano de los hombres; la gramática general sería al mismo tiempo la taxinomia. universal de los seres. Pero si una historia natural, perfectamente distinta del análisis de las palabras, resulta indispensable, es porque la experiencia no nos entrega, tal cual, el continuo de la naturaleza. Lo da a la vez desmenuzado —ya que hay muchas lagunas en la serie de valores efectivamente ocupados por las variables (hay seres posibles cuyo lugar puede verificarse, pero que nunca se ha tenido ocasión de observar)— y revuelto, ya que el espacio real, geográfico y terrestre, en el que nos encontramos, nos muestra a los seres embrollados unos con otros, en un orden que, con relación a la gran capa de las taxinomias, no es más que azar, desorden y perturbación. Linneo hizo observar que al asociar en los mismos lugares a la lernaea (que es un animal) y la conserva (que es un alga), o aun la esponja y el coral, la naturaleza no une, como lo querría el orden de las clasificaciones,"las plantas más perfectas con los animales llamados muy imperfectos, sino que combina los animales imperfectos con las plantas imperfectas".(41) Y Adanson verificó que la naturaleza "es una mezcla confusa de seres que el azar parece haber acercado: aquí el oro se mezcla con otro metal, con una piedra, con una tierra; allá la violeta crece al lado del roble. Entre estas plantas vagan igualmente los cuadrúpedos, los reptiles y los insectos; los peces se confunden, por así decirlo, con el elemento acuoso en el que nadan y con las plantas que crecen en el fondo de las aguas... Esta mezcla es tan general y tan múltiple que parece ser una de las leyes de la naturaleza". (42) 
Ahora bien, este embrollamiento es el resultado de una serie cronológica de acontecimientos. Éstos tienen su punto de partida y su primer lugar de aplicación, no en las especies vivas mismas, sino en el espacio en el que se alojan. Se producen en la relación de la Tierra con el Sol, en el régimen de climas, en los avatares de la corteza terrestre; lo que logran primero son los mares y los continentes, la superficie del globo; los vivientes no son tocados sino de manera secundaria, de rechazo: el Calor los atrae o los aleja, los volcanes los destruyen; desaparecen junto con las tierras que se hunden. Por ejemplo, tal como suponía Buffon, (43) es posible que la tierra haya sido incandescente en su origen, antes de enfriarse poco a poco; los animales habituados a vivir en temperaturas más altas, se han reagrupado en la única región tórrida actual, en tanto que las tierras templadas o frías se poblaron de especies que hasta entonces no habían tenido ocasión de aparecer. Con las revoluciones en la historia de la tierra, el espacio taxinómico (en el que las vecindades son del orden del carácter y no del modo de vida) se encontró repartido en un espacio concreto que lo trastornó. Además: es indudable que fue roto y muchas especies, vecinas de las que conocemos o intermediarias entre terrenos taxinómicos que nos son familiares, han desaparecido y sólo dejaron tras ellas huellas difíciles de descifrar. En todo caso, esta serie histórica de acontecimientos se suma a la capa de los seres: no le pertenece propiamente, se desarrolla en el espacio real del mundo y no en aquel, analítico, de las clasificaciones; lo que pone en duda es el mundo como lugar de los seres y no los seres en cuanto tienen la propiedad de ser vivientes. Una historicidad, que simbolizan los relatos bíblicos, afecta directamente nuestro sistema astronómico e indirectamente la red taxinómica de las especies; y además del Génesis y el Diluvio, es posible que "nuestro globo haya sufrido otras revoluciones que no nos han sido reveladas. Conviene a todo el sistema astronómico y los enlaces que unen este globo con los otros cuerpos celestes y, en particular, con el sol y los cometas pueden haber sido la fuente de muchas revoluciones de las que no queda ninguna huella perceptible para nosotros y de las que, quizá, los habitantes de los mundos vecinos pueden tener algún conocimiento". (44) 
Así, pues, la historia natural supone, para poder existir como ciencia, dos conjuntos: uno de ellos está constituido por la red continua de los seres; esta continuidad puede tomar diversas formas espaciales; Charles Bonnet la piensa o bien bajo la forma de una gran escala lineal cuyas extremidades son una muy simple y la otra muy complicada, y que tiene en el centro una estrecha región media, única que nos ha sido develada, o bien bajo la forma de un tronco central del que partirían de un lado una rama (la de los mariscos con los cangrejos de mar y río como ramificación complementaria) y del otro la serie de los insectos que abrace insectos y ranas; (45) Buffon define esta misma continuidad "como una gran trama o, más bien, como un haz que de intervalo en intervalo hace brotar ramas laterales para reunirse con haces de otro orden"; (46) Pallas sueña con una figura poliédrica; (47) J. Hermann quería constituir un modelo de tres dimensiones compuesto por hilos que, partiendo todos de un punto común, se separaran unos de otros "extendiéndose por un gran número de ramas laterales", para después reunirse de nuevo. (48) De estas configuraciones espaciales que describen, cada una a su manera, la continuidad taxinómica, se distingue la serie de los acontecimientos; ésta es discontinua y diferente en cada uno de sus episodios, pero su conjunto no puede esbozar sino una línea simple que es la del tiempo (y que puede concebirse como recta, quebrada o circular). En su forma concreta y en el espesor que le es propio, la naturaleza entera se aloja entre la capa de la taxinomia y la línea de las revoluciones. Los "cuadros" que forma bajo la mirada de los hombres y que el discurso de la ciencia está encargado de recorrer, son los fragmentos de la gran superficie de especies vivas, tal como ha sido recortada, revuelta y congelada entre dos vueltas del tiempo. 
Vemos cómo resulta superficial el oponer, como dos opiniones diferentes y rivales en sus opciones fundamentales, un "fijismo" que se contenta con clasificar los seres de la naturaleza en un cuadro permanente, y una especie de "evolucionismo" que sostendría una historia inmemorial de la naturaleza y una profunda presión de seres a través de su continuidad. La solidez sin lagunas de una red de especies y de géneros y la serie de los acontecimientos que la han roto forman parte, en un mismo nivel, de la base epistemológica a partir de la cual fue posible en la época clásica un saber como historia natural. No son dos maneras distintas de percibir la naturaleza radicalmente opuestas, ya que están comprometidas en elecciones filosóficas más viejas y más fundamentales que cualquier ciencia; son dos exigencias simultáneas en la red arqueológica que define el saber de la naturaleza durante la época clásica. Pero estas dos exigencias son complementarias y, por ello, irreductibles. La serie temporal no puede integrarse a la gradación de los seres. Las épocas de la naturaleza no prescriben el tiempo interior de los seres y de su continuidad; dictan las intemperies que no han dejado de dispersarlos, de destruirlos, de mezclarlos, de separarlos, de entrelazarlos. No hay y no puede haber ni siquiera la sospecha de un evolucionismo o de un transformismo en el pensamiento clásico; pues el tiempo nunca es concebido como principio de desarrollo para los seres vivos en su organización interna; sólo se lo percibe a título de revolución posible en el espacio exterior en el que viven. 

6. Monstruos y fósiles 
Se nos objetará que, mucho antes de Lamarck, hubo todo un pensamiento de tipo evolucionista. Que su importancia fue grande a mediados del siglo XVIII hasta que Cuvier señala su detención. Que Bonnet, Maupertuis, Diderot, Robinet y Benoit de Maillet articularon muy claramente la idea de que las formas vivas pueden pasar de unas a otras, que las especies actuales son sin duda el resultado de transformaciones antiguas y que todo el mundo vivo se dirige, quizá, hacia un punto futuro, en tal grado que no puede asegurarse de ninguna forma viva que haya sido adquirida definitivamente y esté estabilizada para siempre. De hecho, tales análisis son incompatibles con lo que actualmente entendemos como pensamiento evolucionista. En efecto, su propósito es el cuadro de las identidades y de las diferencias en la serie de acontecimientos sucesivos. Y para pensar la unidad de este cuadro y de esta serie sólo tiene dos medios a su disposición. 
El primero consiste en integrar la serie de las sucesiones con la continuidad de los seres y su distribución en cuadro. Todos los seres que la taxinomia ha dispuesto en una simultaneidad ininterrumpida están, pues, sometidos al tiempo. No en el sentido de que la serie temporal haya hecho nacer una multiplicidad de especies que una mirada horizontal podría disponer luego de acuerdo con un cuadriculado clasificador, sino en el sentido de que todos los puntos de la taxinomia están afectados por un índice temporal, de suerte que la "evolución" no es más que el desplazamiento solidario y general de la escala, desde el primero hasta el último de sus elementos. Este sistema es el de Charles Bonnet. Implica, en primer lugar, que la cadena de los seres, tendida a través de una serie innumerable de anillos hacia la perfección absoluta de Dios, no la alcanza actualmente; (49) que todavía es infinita la distancia entre Dios y la menos defectuosa de las criaturas; y que, en esta distancia quizá infranqueable, no deja de avanzar hacia una perfección mayor toda la trama ininterrumpida de los seres. Implica también que esta "evolución" mantiene intacta la relación que existe entre las diferentes especies: si una de ellas, al perfeccionarse, alcanza el grado de complejidad que posee de antemano la del grado inmediatamente superior, ésta sin embargo no se reúne con aquélla, pues, llevada por el mismo movimiento, ha tenido que perfeccionarse en una proporción equivalente: "Habrá un progreso continuo y más o menos lento de todas las especies hacia una perfección superior, de modo que todos los grados de la escala serán continuamente variables en una relación determinada y constante... El hombre, trasportado a una morada más adecuada a la eminencia de sus facultades, dejará al mono y al elefante ese primer lugar que ocupaba entre los animales de nuestro planeta... Habrá Newtons entre los monos y Vaubans entre los castores. Las ostras y los pólipos serán, en relación con las especies más elevadas, lo que los pájaros y los cuadrúpedos son con respecto al hombre". (50) Este "evolucionismo" no es una manera de concebir la aparición de los seres unos a partir de los otros; es, en realidad, una manera de generalizar el principio de continuidad y la ley que quiere que los seres formen una capa sin interrupción. Añade, en un estilo leibniziano, (51) el continuo del tiempo al continuo del espacio y a la infinita multiplicidad de los seres, el infinito de su perfeccionamiento. No se trata de una jerarquización progresiva, sino del desarrollo constante y global de una jerarquía ya instaurada. Lo que supone, en última instancia, que el tiempo, lejos de ser un principio de la taxinomia, no es más que uno de sus factores. Y que está preestablecido lo mismo que todos los otros valores tomados por todas las otras variables. Así, pues, es necesario que Bonnet sea preformacionista —y esto en un grado mucho mayor que lo que nosotros comprendemos, a partir del siglo XIX, por "evolucionismo"; está obligado a suponer que los avalares o las catástrofes del globo han sido dispuestos de antemano como otras tantas ocasiones para que la cadena infinita de los seres se acabe en el sentido de un mejoramiento infinito: "Estas evoluciones han estado previstas e inscritas en los gérmenes de los animales desde el primer día de la creación. Pues estas evoluciones están ligadas con las revoluciones en todo el sistema solar que Dios ha ordenado de antemano". El mundo entero ha sido larva; helo aquí crisálida; un día, sin duda alguna, se convertirá en mariposa. (52) Y todas las especies serán arrastradas de la misma manera por esta gran mudanza. Como vemos, tal sistema no es un evolucionismo que empiece por trastornar el viejo dogma de la fijeza; es una taxinomia que implica, además, al tiempo. Una clasificación generalizada. 
La otra forma de "evolucionismo" consiste en hacer que el tiempo desempeñe un papel del todo opuesto. Ya no sirve para desplazar sobre la línea finita o infinita del perfeccionamiento el conjunto del cuadro clasificador, sino para hacer aparecer, unos tras otros, todos los casos que, juntos, formarán la red continua de las especies. Hace tomar sucesivamente a las variables de lo vivo todos los valores posibles: es un ejemplo de una caracterización que se hace poco a poco y como elemento tras elemento. Las semejanzas o las identidades parciales que sostienen la posibilidad de una taxinomia serían pues las marcas expuestas en el presente de un solo y mismo ser vivo, que persiste a través de los avatares de la naturaleza y llena así todas las posibilidades que el cuadro taxinómico deja abiertas. Por ejemplo, como observa Benolt de Maillet, si las aves tienen alas como los peces aletas, es porque fueron, la época del gran reflujo de las aguas primigenias, besugos que se quedaron en seco o delfines que pasaron para siempre a una patria aérea. "El semen de estos peces, llevado por las salinas, puede haber dado lugar a la primera transmigración de la especie de su habitación marítima a la terrestre. Aunque hayan perecido cien millones sin haber podido aclimatarse, fue suficiente con que dos pudieran hacerlo para que surgiera la especie." (53) Los cambios en las condiciones de vida de los seres vivos parecen entrañar tanto ahí como en ciertas formas de evolucionismo, la aparición de especies nuevas. Pero el modo de acción del aire, del agua, del clima, de la tierra sobre los animales no es el de un medio sobre una función y sobre los órganos en los que se cumple; los elementos exteriores sólo intervienen a título de ocasión para hacer aparecer un carácter. Y esta aparición, siempre y cuando esté cronológicamente condicionada por tal acontecimiento del globo, se hace posible a priori por el cuadro general de las variables que define todas las formas eventuales de lo vivo. El semi evolucionismo del siglo XVIII parece presagiar tanto la variación espontánea del carácter, tal como la encontramos en Darwin, como la acción positiva del medio, tal como la describirá Lamarck. Pero esto es una ilusión retrospectiva: para esta forma de pensamiento, en efecto, la sucesión del tiempo no puede dibujar nunca más que la línea a lo largo de la cual se suceden todos los valores posibles de las variables preestablecidas. Y, en consecuencia, es necesario definir un principio de modificación interior del ser vivo que le permita, al presentarse una peripecia natural, el tomar un carácter nuevo. 
Así, pues, nos encontramos ante un nuevo punto de elección: ya sea suponer en lo viviente una aptitud espontánea para cambiar deforma (o, cuando menos, para adquirir a través de las generaciones un carácter ligeramente diferente del que se había dado original-mente; tanto que terminará, poco a poco, por hacerse irreconocible),ya sea también el atribuirle la búsqueda oscura de una especie terminal que poseerá los caracteres de todas aquellas que la han precedido, pero con un grado más alto de complejidad y de perfección. 
El primer sistema es el de los errores al infinito —tal como lo encontramos en Maupertuis. El cuadro de las especies que la historia natural puede establecer habría sido adquirido, pieza por pieza, por el equilibrio constante en la naturaleza, entre una memoria que asegura la continuidad (mantiene a las especies en el tiempo y en la semejanza de una a otra) y una tendencia a la desviación que asegura, a la vez, la historia, las diferencias y la dispersión. Maupertuis supone que las partículas de materia están dotadas de actividad y de memoria. Atraídas unas por otras, las menos activas forman sustancias minerales; las más activas dibujan el cuerpo, más complejo, de los animales. Estas formas, que se deben a la atracción y al azar, desaparecen cuando no pueden subsistir. Las que se conservan dan nacimiento a nuevos individuos, cuya memoria mantiene los caracteres de la pareja progenitora. Y esto sigue siendo así hasta que una desviación de las partículas —un azar— hace nacer una nueva especie que la fuerza obstinada del recuerdo mantiene a su vez: "La diversidad infinita de los animales provendría de repetidos rodeos". (54) Así, cada vez más de cerca, los seres vivos adquieren por variaciones sucesivas todos los caracteres que conocemos de ellos, y la capa coherente y sólida que forman no es, cuando se les ve en la dimensión del tiempo, más que el resultado fragmentario de un continuo mucho más cerrado, mucho más acabado: un continuo tejido por un número incalculable de pequeñas diferencias olvidadas o abortadas. Las especies visibles que se ofrecen a nuestro análisis han sido recortadas sobre el fondo incesante de monstruosidades que aparecen, centellean, caen al abismo, y a veces, se mantienen. Y aquí está el punto fundamental: la naturaleza sólo tiene una historia en la medida en que es susceptible de una continuidad. Por tomar, por turno, todos los caracteres posibles (cada valor de todas las variables) se presenta bajo la forma de la sucesión. 
No corre distinta suerte el sistema inverso del prototipo y de la especie terminal. En este caso, hay que suponer, con J. B. Robinet, que la continuidad no está asegurada por la memoria, sino por un proyecto. Proyecto de un ser complejo hacia el que se encamina la naturaleza a partir de elementos simples que compone y arregla poco a poco: "Al principio, los elementos se combinan. Un pequeño número de principios simples sirve de base a todos los cuerpos"; son éstos los que presiden exclusivamente la organización de los minerales; después "la magnificencia de la naturaleza" no deja de aumentar "hasta llegar a los seres que pasean sobre la superficie del globo"; "la variación de los órganos en cuanto al número, el tamaño, la finura, la textura interna, la figura externa, da nuevas especies que se dividen y subdividen hasta el infinito por nuevos arreglos". (55) Y así sucesivamente hasta llegar al arreglo más complejo que conocemos. De suerte que toda la continuidad de la naturaleza se aloja entre un prototipo, absolutamente arcaico, enterrado más profundamente que cualquier historia, y la complicación extrema de este modelo, tal como se puede observar, cuando menos sobre el globo terrestre, en la persona del ser humano. (56) Entre estos dos extremos existen todos los grados posibles de complejidad y de combinación: como una inmensa serie de ensayos, algunos de los cuales han persistido bajo la forma de especies constantes y otros de los cuales han sido absorbidos. Los monstruos no pertenecen a otra "naturaleza" que las especies mismas: "Creemos que las formas más extrañas en apariencia... pertenecen necesaria y esencialmente al plan universal del ser; que son metamorfosis del prototipo, tan naturales como las otras, ya sea que nos ofrezcan fenómenos diferentes o que sirvan de paso a las formas vecinas; que preparan y ordenan las combinaciones que las siguen, del mismo modo que ellas son ordenadas por las que las preceden; que contribuyen al orden de las cosas, lejos de perturbarlo. Quizá la naturaleza sólo llega a producir seres más regulares y una organización más simétrica a fuerza de seres". (57) Tanto en Robinet como en Maupertuis, la sucesión y la historia sólo son, con respecto a la naturaleza, medios de recorrer la trama de las variaciones infinitas de las que es susceptible. Así, pues, no es el tiempo ni la duración el que asegura, a través de la diversidad de los medios, la continuidad y la especificación de los seres vivos; sino que, sobre el fondo continuo de todas las variaciones posibles, el tiempo dibuja un recorrido en el cual los climas y la geografía sólo toman en cuenta las regiones privilegiadas y destinadas a mantenerse. El continuo no es el surco visible de una historia fundamental en la que un mismo principio vivo lucharía como un medio variable. Pues el continuo precede al tiempo. Es su condición. Y con relación a él, la historia no puede desempeñar más que un papel negativo: cuenta y hace subsistir o descuida y deja desaparecer. 
De aquí, dos consecuencias. Primero, la necesidad de hacer intervenir a los monstruos —que son como el ruido de fundo, el murmullo ininterrumpido de la naturaleza. En efecto, si se necesita que el tiempo, que es limitado, recorra —quizá haya recorrido ya—todo el continuo de la naturaleza, debe admitirse que un número considerable de variaciones posibles se ha tachado, después borrado; así como la catástrofe geológica era necesaria para que se pudiera pasar del cuadro taxinómico al continuo, a través de una experiencia mezclada, caótica y desgarrada, así la proliferación de monstruos sin futuro es necesaria para que se pueda redescender del continuo al cuadro a través de una serie temporal. Dicho de otra manera, lo que en un sentido debe leerse como el drama de la tierra y de las aguas, debe leerse, en otro sentido, como una aberración aparente de las formas. El monstruo asegura, en el tiempo y con respecto a nuestro saber teórico, una continuidad que los diluvios, los volcanes y los continentes hundidos mezclan en el espacio para nuestra experiencia cotidiana. La otra consecuencia es que a lo largo de una historia tal, los signos de la continuidad no pertenecen más que al orden de la semejanza. Dado que ninguna relación entre el medio y el organismo (58) define esta historia, las formas vivas sufrirán todas las metamorfosis posibles y no dejarán tras ellas, como señal del trayecto recorrido, más que referencias de las similitudes. Por ejemplo,¿en qué se puede reconocer que la naturaleza no ha dejado de esbozar, a partir del prototipo primitivo, la figura del hombre, provisionalmente terminal? En que ha abandonado en su recorrido mil formas que dibujaban el modelo rudimentario. ¿Cuántos fósiles son, con respecto a la oreja, el cráneo o las partes sexuales del hombre como otras tantas estatuas de yeso, modeladas un día y dejadas después por una forma más perfeccionada? "La especie que se asemeja al corazón humano y que por esa causa se llama antropocardita... merece una atención especial. Su sustancia es un guijarro por dentro. La forma de un corazón ha sido imitada lo mejor posible. Se distingue el tronco de la vena cava, con una porción de sus dos cortes. Se ve también salir del ventrículo izquierdo el tronco de la gran arteria con su parte inferior o descendente." (59) El fósil, con su naturaleza mixta de animal y mineral es el lugar privilegiado de una semejanza que el historiador del continuo exige, en tanto que el espacio de la taxinomia la descompone rigurosamente. 
El monstruo y el fósil desempeñan un papel muy preciso en esta configuración. A partir del poder del continuo que posee la naturaleza, el monstruo hace aparecer la diferencia: ésta, que aún carece de ley, no tiene una estructura bien definida; el monstruo es la cepa de la especificación, pero ésta no es más que una subespecie en la lenta obstinación de la historia. El fósil es el que permite subsistirlas semejanzas a través de todas las desviaciones recorridas por la naturaleza; funciona como una forma lejana y aproximativa de identidad; señala un semicarácter en el cambio del tiempo. Porque el monstruo y el fósil no son otra cosa que la proyección hacia atrás de estas diferencias y de estas identidades que definen, para la taxinomia, la estructura y después el carácter. Forman, entre el cuadro y el continuo, la región sombría, móvil, temblorosa en la que lo que el análisis definirá como identidad no es aún sino analogía muda; y lo que definirá como diferencia asignable y constante no es aún sino variación libre y azarosa. Pero, a decir verdad, la historia de la naturaleza es tan imposible de pensar para la historia natural, y la disposición epistemológica dibujada por el cuadro y el continuo tan fundamental, que el devenir sólo puede tener un lugar intermedio y medido por las solas exigencias del conjunto. Por ello, no interviene a no ser en el paso necesario de uno a otro. Es como un conjunto de intemperies ajenas a los seres vivos y que únicamente llegan a ellos desde el exterior. Es como un movimiento sin cesar trazado pero detenido en su esbozo y perceptible sólo en los bordes del cuadro, en sus márgenes descuidados: y así, sobre el fondo del continuo, el monstruo cuenta, como en una caricatura, la génesis de las diferencias, y el fósil recuerda, en la incertidumbre de sus semejanzas, losprimeros intentos obstinados de identidad. 

7. El discurso de la naturaleza 
La teoría de la historia natural no puede disociarse de la del lenguaje. Y, sin embargo, no se trata de una transferencia de método de una a otra. Ni de una comunicación de conceptos o del prestigio de un modelo que, por haber "logrado éxito" en una parte, fuera ensayado en el terreno vecino. Tampoco se trata de una racionalidad más general que impondría formas idénticas a la reflexión sobre la gramática y a la taxinomia. Sino de una disposición fundamental, del saber que ordena el conocimiento de los seres según la posibilidad de representarlos en un sistema de nombres. Sin duda, hubo en esta región que ahora llamamos vida muchas otras investigaciones aparte de los esfuerzos de clasificación, muchos otros análisis aparte del de las identidades y las diferencias. Pero todos descansaban sobre una especie de a priori histórico que los autorizaba en su dispersión, en sus proyectos singulares y divergentes y que hacía igualmente posibles todos los debates de opiniones a los que daban lugar. Este a priori no está constituido por un grupo de problemas constantes que los fenómenos concretos planteen sin cesar como otros tantos enigmas para la curiosidad de los hombres; tampoco está formado por un cierto estado de los conocimientos, sedimentado en el curso de las edades precedentes y que sirve de suelo a los progresos más o menos desiguales o rápidos de la racionalidad; tampoco está determinado, sin duda alguna, por lo que llamamos la mentalidad o los "marcos del pensamiento" de una época dada, si con ello debe entenderse el perfil histórico de los intereses especulativos, de las credulidades o de las grandes opciones teóricas. Este a priori es lo que, en una época dada, recorta un campo posible del saber dentro de la experiencia, define el modo de ser de los objetos que aparecen en él, otorga poder teórico a la mirada cotidiana y define las condiciones en las que puede sustentarse un discurso, reconocido como verdadero, sobre las cosas. El a priori histórico que, en el siglo XVIII, fundamentó las investigaciones o los debates sobre la existencia de los géneros, la estabilidad de las especies, la trasmisión de los caracteres a través de las generaciones, es la existencia de una historia natural: organización de un cierto visible como dominio del saber, definición de las cuatro variables de la descripción, constitución de un espacio de vecindades en el que cualquier individuo, sea el que fuere, puede colocarse. La historia natural de la época clásica no corresponde al puro y simple descubrimiento de un objeto nuevo de curiosidad; recubre una serie de operaciones complejas que introducen en un conjunto de representaciones la posibilidad de un orden constante. Constituye, en cuanto descriptible y ordenable a la vez, todo un dominio de empiricidad. Lo que la emparienta con las teorías del lenguaje, la distingue de lo que entendemos, a partir del siglo XIX, por biología y la hace desempeñar un cierto papel crítico en el pensamiento clásico. 
La historia natural es contemporánea del lenguaje: tiene el mismo nivel que el juego espontáneo que analiza las representaciones en el recuerdo, fija los elementos comunes e impone, por último, los nombres. Clasificar y hablar tienen su lugar de origen en ese mismo espacio que la representación abre en el interior de sí misma ya que está destinada al tiempo, a la memoria, a la reflexión, a la continuidad. Pero la historia natural no puede ni debe existir como lengua independiente de todas las demás a no ser que sea una lengua bien hecha. Y universalmente valiosa. En el lenguaje espontáneo y "mal hecho", los cuatro elementos (proposición, articulación, designación y derivación) dejan entre ellos intersticios abiertos: las experiencias de cada uno, las necesidades o las pasiones, los hábitos, los prejuicios, una atención más o menos despierta han constituido centenares de lenguajes diferentes, que no se distinguen sólo por la forma de las palabras, sino, sobre todo, por la manera en que estas palabras recortan la representación. La historia natural sólo será una lengua bien hecha si el juego queda cerrado: si la exactitud descriptiva hace de cada proposición un recorte constante de lo real (si siempre es posible atribuir a la representación lo que se articula) y si la designación de cada ser indica con todo derecho el lugar que ocupa en la disposición general del conjunto. En el lenguaje, la función del verbo es universal y vacía; prescribe solamente la forma más general de la proposición; y en el interior de ésta juegan los nombres su sistema de articulación; la historia natural reagrupa estas dos funciones en la unidad de la estructura que articula unas con otras todas las variables que pueden atribuirse a un ser. Y en tanto que, en el lenguaje, la designación está expuesta, en su funcionamiento individual, al azar de las derivaciones que dan su amplitud y su extensión a los nombres comunes, el carácter, tal como lo establece la historia natural, permite a la vez marcar al individuo y situarlo en un espacio de generalidades que se encajan unas en otras. Tanto que, por encima de las palabras de todos los días (y a través de ellas, ya que puede utilizárselas muy bien para las primeras descripciones) se construye el edificio de una lengua de segundo grado en la que reinan, por fin, los Nombres exactos de las cosas: "El método, alma de la ciencia, designa a primera vista cualquier cuerpo de la naturaleza de tal manera que este cuerpo enuncie el nombre que le es propio y que este nombre haga recordar todos los conocimientos que hayan podido adquirirse en el curso del tiempo sobre el cuerpo así denominado: tanto que en la confusión extrema se descubre el orden soberano de la naturaleza". (60) 
Pero esta denominación esencial —este paso de la estructura visible al carácter taxinómico— remite a una exigencia costosa. El lenguaje espontáneo, a fin de cumplir y rizar la figura que va de la función monótona del verbo ser a la derivación y al recorrido del espacio retórico, sólo tenía necesidad del juego de la imaginación: es decir, de las semejanzas inmediatas. En cambio, para que la taxinomia sea posible es necesario que la naturaleza sea realmente continua y en su plenitud misma. Allí donde el lenguaje exigía la similitud de las impresiones, la clasificación exige el principio de la menor diferencia posible entre las cosas. Ahora bien, este continuum, que aparece así en el fondo de la denominación, en la abertura que se deja entre la descripción y la disposición, está supuesto como muy anterior al lenguaje y como su condición. Y no sólo porque pueda fundamentar un lenguaje bien hecho, sino porque da cuenta de todo lenguaje en general. Sin duda alguna, es la continuidad de la naturaleza la que da a la memoria la oportunidad de ejercitarse, dado que una representación, confusa y mal percibida por cualquier identidad, hace recordar otra y permite aplicar a ambas el signo arbitrario de un nombre común. Lo que en la imaginación se daba como una similitud ciega no era más que el rastro irreflexivo y revuelto de la gran trama ininterrumpida de las identidades y de las diferencias. La imaginación (aquella que autoriza al lenguaje al permitir la comparación) formaba, sin que se supiera entonces, el lugar ambiguo en el que la continuidad rota, pero insistente, de la naturaleza se reunía con la continuidad vacía, pero atenta, de la conciencia tanto que no habría sido posible hablar ni habría habido lugar para el menor nombre si, en el fondo de las cosas, antes de toda representación, la naturaleza no hubiera sido continua. Para establecer el gran cuadro sin falla de las especies, los géneros y las clases ha sido necesario que la historia natural utilice, critique, clasifique y, por último, reconstituya con nuevos gastos un lenguaje cuya condición de posibilidad residía justamente en este continuo. Las cosas y las palabras se entrecruzan con todo rigor: la naturaleza sólo se ofrece a través de la reja de las denominaciones y ella que, sin tales nombres, permanecería muda e invisible, centellea a lo lejos tras ellos, continuamente presente más allá de esta cuadrícula que la ofrece, sin embargo, al saber y sólo la hace visible atravesada de una a otra parte por el lenguaje. Es por ello por lo que, sin duda alguna, la historia natural, en la época clásica, no pudo constituirse como biología. En efecto, hasta fines del siglo XVIII, la vida no existía. Sólo los seres vivos. Éstos forman una clase o, más bien, varias en la serie de todas las cosas del mundo: y si se puede hablar de vida es sólo como un carácter—en el sentido taxinómico de la palabra— en la distribución universal de los seres. Se tiene la costumbre de repartir las cosas de la naturaleza en tres clases: los minerales, a los que se reconoce crecimiento, pero no movimiento ni sensibilidad; los vegetales, que pueden crecer y son susceptibles de sensación; los animales que se desplazan espontáneamente. (61) En lo que se refiere a la vida y al umbral que instaura, se los puede hacer deslizarse, según el criterio que se adopte, todo a lo largo de esta escala. Si, con Maupertuis, se la define por la movilidad y las relaciones de afinidad que atraen los elementos unos hacia otros y los mantienen unidos, es necesario alojarla vida en las partículas más simples de la materia. Se está obligado a situarla mucho más alto en la serie si se la define por un carácter cargado y complejo, como lo hacía Linneo, al fijar como criterio el nacimiento (por semen o brote), la nutrición (por intususcepción) el envejecimiento, el movimiento externo, la propulsión interna de líquidos, las enfermedades, la muerte, la presencia de vasos, glándulas, epidermis y utrículos. (62) La vida no constituye un umbral manifiesto a partir del cual se requieran formas completamente nuevas del saber. Es una categoría de clasificación, relativa, lo mismo que todas las demás, al criterio que uno se fije. Y como todas las demás, sometida a ciertas imprecisiones en cuanto se trata de fijar sus fronteras. Así como el zoófito está en la franja ambigua entre los animales y las plantas, así los fósiles y los metales se alojan en este límite incierto en el que no se sabe si hablar o no de vida. Pero el corte entre lo vivo y lo no vivo nunca es problema decisivo. (63) Como dice Linneo, el naturalista —aquel al que llama historiens naturalis— "distingue por la vista las partes de los cuerpos naturales, los describe convenientemente según el número, la figura, la posición y la proporción, y les da nombre". (64) El naturalista es el hombre de lo visible estructurado y de la denominación característica. No de la vida. 
Así, pues, no es necesario relacionar la historia natural, tal como se desplegó durante la época clásica, con una filosofía, aunque fuera oscura y hasta balbuciente, de la vida. En realidad, se entre cruza con una teoría de las palabras. La historia natural está situada, a la vez, antes y después del lenguaje; deshace el lenguaje cotidiano, pero con el fin de rehacerlo y descubrir lo que lo ha hecho posible a través de las semejanzas ciegas de la imaginación; lo critica, pero para descubrir en él el fundamento. Si lo retoma y quiere cumplirlo a la perfección es porque también retorna a su origen. Franquea este vocabulario cotidiano que le sirve de suelo inmediato y, más allá de él, va en busca de lo que ha podido constituir su razón de ser; pero, a la inversa, se aloja por completo en un espacio del lenguaje, ya que es esencialmente un uso concertado de los nombres y su último fin es dar a las cosas su verdadera denominación. Entre el lenguaje y la teoría de la naturaleza existe, pues, una relación de tipo crítico; en efecto, conocer la naturaleza es construir, a partir del lenguaje, un lenguaje verdadero que descubrirá en qué condiciones es posible cualquier lenguaje y dentro de qué límites puede tener un dominio de validez. La cuestión crítica existió, sin duda, en el siglo XVIII, si bien ligada a la forma de un saber determinado. Por esta razón no podía adquirir autonomía y valor de interrogación radical: no ha dejado de rondar en una región en la que se planteaba el problema de la semejanza, de la fuerza de la imaginación, de la naturaleza y de la naturaleza humana, del valor de las y abstractas, en suma, de las relaciones entre la percepción de la similitud y la validez del concepto. En la época clásica —Locke y Linneo, Buffon y Hume dan testimonio de ello— la cuestión crítica es la del fundamento de la semejanza y de la existencia del género. 
A fines del siglo XVIII, aparecerá una nueva configuración que resolverá definitivamente, a los ojos del hombre moderno, el viejo espacio de la historia natural. Por una parte, la crítica se desplaza y se separa del suelo en que había nacido. En tanto que Hume hacía del problema de la causalidad un caso de interrogación general acerca de las semejanzas (65) Kant, al aislar la causalidad, invierte la cuestión: allí donde se trataba de establecer las relaciones de identidad y de distinción sobre el fondo continuo de las similitudes, hace aparecer el problema inverso de la síntesis de lo diverso. De golpe, la cuestión crítica se remite del concepto al juicio, de la existencia del género (obtenida por el análisis de las representaciones) a la posibilidad de ligar entre ellas las representaciones, del derecho de nombrar al fundamento de la atribución, de la articulación nominal a la proposición misma y al verbo ser que la establece. Se encuentra, pues, completamente generalizada. En vez de tener validez por razón de las solas relaciones de la naturaleza y de la naturaleza humana, se plantea la interrogación acerca de la posibilidad misma de todo conocimiento. 
Pero, por otro lado, en la misma época, la vida adquiere su autonomía en relación con los conceptos de la clasificación. Escapa a esta relación crítica que, en el siglo XVIII, era constitutiva del saber de la naturaleza. Escapa, lo que quiere decir dos cosas: la vida se convierte en objeto de conocimiento entre los demás y, con este título, dispensa de toda crítica en general; pero también resiste a esta jurisdicción crítica, que retoma por su cuenta y que traslada, en su propio nombre, a todo conocimiento posible. En tal medida, que alo largo del siglo XIX, de Kant a Dilthey y a Bergson, los pensamientos críticos y las filosofías de la vida se encontrarán en una posición de recuperación y de disputa recíprocas. 

(1) J. Ray, en 1686, escribió aún una Historia plantarum generalis. 
 (2) Jonston, Historia naturalis de quadripedidus, Amsterdam, 1657, pp. 1-11. 
(3) Diderot, Lettre sur les aveugles. Cf. Linneo: "Deben rechazarse... todas las notas accidentales que no existen en la planta ni para el ojo, ni para el tacto"(Philosophie botanique, p. 258). 
(4) Linneo, Systema naturae, p. 214. Acerca de la utilidad limitada del micros copio, cf. ibid., pp. 220-1. 
(5) Tournefort, Isagoge in rem herbariam, 1719, trad. francesa en Becker-Toumefort, París, 1956, p. 295. Buffon reprocha al método de Linneo el descansar sobre caracteres tan tenues que obliga a utilizar el microscopio. De un naturalista a otro, este reproche de servirse de un instrumento de óptica tiene el valor de una objeción teórica. 
(6) Linneo, Philosophie botanique, § 299. 
(7) Id., ibid., § 167; cf. también § 327. 
(8) Tournefort, Elements de botanique, p. 558. 
(9) Linneo, Philosophie botanique, § 299. 
(10) Linneo, Philosophie botanique, § 331, enumera las partes del cuerpo humano que pueden servir de arquetipos ya sea con respecto a las dimensiones, yabsea sobre todo con respecto a las formas: cabellos, uñas, pulgares, palmas, ojo, oreja, dedo, ombligo, pene, vulva, mama. 
(11) Id., ibid., §§ 328-9. 
(12) Buffon, Maniere de traiter l'Histoire naturelle, Oeuvres completes t. I  p. 21. 
(13) Adanson, Famille des plantes, t. I, prefacio, p. CCI. 
(14) Boissier de Sauvages, Nosologie méthodique, trad. francesa, Lyon, 1772, t. I, pp. 91-2. 
(15) Linneo, Philosophie botanique, § 258. 
(16) Toumefort, Elements de botanique, pp. 1-2. 
(17) Linneo, Philosophie botanique, § 192. 
(18) Id., ibid, § 193. 
(19) Linneo, Systema naturae, § 12. 
(20) Linneo, Philosophie botanique, § 77. 
(21) Linneo, Systema naturae, § 12. 
(22) "El carácter natural de la especie es la descripción", Linneo, Philosophie botanique, § 193. 
(23) Tournefort, Elements de botanique, p. 27. 
(24) Linneo, Pliilosophie botanique, § 167. 
(25) Linneo, Systéme sexuel des végétaux, p. 21. 
(26) Linneo, Philosophie botanique, § 212. 
(27) Id., ibid., § 284. 
(28) Id., ibid., § 151. Estas dos funciones, garantizadas por el carácter, corresponden exactamente a las funciones de designación y de derivación que asegura, en el lenguaje, el nombre común.  
(29) Adanson, Histoire naturell du Sénégal, París, 1757. 
(30) Adanson, Cours d'histoire naturelle, 1772; ed. de 1845, p. 17. 
(31) Adanson, Familles des plantes, París, 1763. 
(32) Adanson, Familles des plantes, t. I, prefacio. 
(33) Linneo, Philosophie botanique, § 105. 
(34) Id., ibid., § 94. 
(35) Cf. P. Belon, Histoire de la nature des oiseaux. 36 Cf. supra, p. 131. 
(37) Linneo, Philosophie botanique, § 156. 
(38) Id., ibid., § 169. 
(39) Buffon, Discours sur la maniere de traiter l'histoire naturelle, Oeuvres completes, t. I, pp. 36 y 39. 
(40) Cf. Bonnet, Contemplation de la nature, primera parte, Oeuvres completes, t. iv, pp. 35-6. 
(41) Linneo, Philosophie botanique. 
(42) Adanson, Cours d'histoire naturelle, 1772, ed. París, 1845, pp. 4-5. 
(43) Buffon, Histoire de la Terre. 
(44) C. Bonnet, Palingénésie philosophique, Oeuvres, t. vii, p. 122. 
(45) C. Bonnet, Contemplation de la nature, cap. xx, pp. 130-8. 
(46) Buffon, Histoire nttturelle des oiseaux, 1770, t. i, p. 396. 
(47) Pallas, Elenchus Zoophytorum, 1786. 
(48) J. Hermann, Tabulae affinitatum animalium, Estrasburgo, 1783, p. 24. 
(49) C. Bonnet, Contemplation de la nature, primera parte, Oeuvres completes, t. iv, pp. 34 ss. 
(50) C. Bonnet, Palingénésis philosophique, Oeuvres completes, t. VII, pp. 149-150. 
(51) C. Bonnet, Oeuvres completes, t. III, p. 173, cita una carta de Leibniz a Hermann acerca de la cadena de los seres. 
(52) C. Bonnet, Pdingénésíe phüosophique, Oeuvret completes, t. VII, p. 193. 
(53)  Benott de Maillet, Telliamed ou les entretiens d'un philosophe chinois avec un missionaire français, Amsterdam, 1748, p. 142. 
(54) Maupertuis, Essai sur la formation des corps organisés, Berlín, 1754, p. 41. 
(55) J. B. Robinet, De la nature, 3a ed., 1766, pp. 25-8. 
(56) J. B. Robinet, Considérations philosophiques sur la gradation naturelle des formes de l'être, París, 1768, pp. 4-5. 57 Id., ibid., p. 198. 
(58) Acerca de la inexistencia de la noción biológica de "medio" en el siglo XVIII, cf. G. Canguilhem, La connaissance de la vie, París, 2a ed., 1965, pp. 129-54. 
(59) J. B. Robinet, Considerátions philosophiques sur la gradation naturelle des formes de l'être, p. 19. 
(60) Linneo, Systema naturae, 1766, p. 13. 
(61) Cf., por ejemplo, Linneo, Systema naturae, 1756, p. 215. 
(62) Linneo, Philosophie botanique, § 133. Cf. también, Systéme sexuel des végétaux, p. 1. - 63 
(63) Bonnet admitía una división cuatripartita en la naturaleza: seres brutos desorganizados, seres organizados inanimados (vegetales), seres organizados animados (animales) y seres organizados animados y racionales (hombres). Cf. Contemplation de la nature, segunda parte, cap. I. 
(64) Linneo, Systema naturae, p. 215. 
(65) Hume, A Treatise on Human Nature, trad. francesa de Leroy, t. I, pp. 80 v 239 ss. 

Foucault, Michel – Las palabras y las cosas. Una arqueología de las ciencias humanas. Siglo XXI Editores, México, 1972. Capítulo quinto. Pags. 126-163. Traducción de Elsa Cecilia Frost.

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