Juan Goytisolo – Don Quijote, don Juan y la Celestina




En la literatura española de los siglos XVI y XVII echan raíces algunos de los mitos que devendrán más tarde el símbolo y, a veces, la máscara de los españoles: don Quijote, don Juan, la Celestina. Junto a la literatura representativa de la opinión cristiano-vieja (romancero, novela de caballería, drama de honor, auto sacramental), una minoría de disconformes (ordinariamente conversos o descendientes de ellos) produce una serie de obras cuyo común denominador pudiera cifrarse en la voluntad (más o menos abierta) de trastornar los valores establecidos y ofrecer la imagen de un mundo desquiciado en el que el margen existente entre el «ser» y el «deber ser», la realidad y el deseo constituye un abismo infranqueable. Una literatura, pues, menos armoniosa que conflictiva, y cuyo poder de provocación se disimula mediante la elaboración de un universo autónomo e imaginario (como en El Quijote) o de un mundo unidimensional, embebido de humor negro y de pesimismo. En el momento en que el ideal castellano del héroe religioso y guerrero que lucha por Dios y por la patria se convierte en una realidad exaltante y grandiosa, la novela picaresca crea la imagen invertida de él: el negativo fotográfico del antihéroe. Al linaje limpio e hidalgo de los cristianos de cepa vieja, el pícaro opone, con insolente orgullo, su antilinaje de ladrones, criminales, verdugos, brujas y prostitutas. Al heroísmo del soldado español, que combate por la fe contra turcos y protestantes y somete al dominio del rey de España inmensas extensiones de tierra desde California al estrecho de Magallanes, Estebanillo responde con la frase de «y así no me daba tres pitos que bajase el turco, ni un clavo que subiese el persiano, ni que cayese la torre de Valladolid. Echaba mi barriga al sol.., y me reía de los puntos de honra y de los embelecos del pundonor». Alistado en los ejércitos españoles, el mismo Estebanillo confiesa: «Yo iba a esta guerra tan neutral que no me metía en dibujos ni trataba de otra cosa sino de henchir mi barriga»; y, frente a la impaciencia de eternidad del «muero porque no muero», mantiene, con crudo cinismo, su empeño de vivir «aquí y ahora»: condenado a muerte por deserción e indultado al último momento, escribirá burlonamente más tarde: «Los amigos me consolaban diciéndome que me animara, que aquél era camino que lo habíamos de hacer todos, que sólo les llevaba la delantera; y en lo último se engañaron, porque yo me he quedado de retaguardia y ellos han llevado la delantera, perdonando verdugos, pidiendo misas y haciendo alzar dedos». En la picaresca nos movemos, pues, en un mundo de antivalores (cobardía, robo, mentira, etc.) que contrasta cruelmente con la imagen sublimada que el español se esfuerza en dar de sí mismo y, en algunos casos extremos, como en Estebanillo González, asistimos, de hecho, a una tentativa de reivindicación de sentimientos y acciones generalmente tenidos por viles y abyectos: el pícaro vive y actúa en el no man's land que media entre la realidad y el ideal, acampando en un presente mudable y problemático, al margen de la sociedad y de sus principios. 
 El Quijote refleja igualmente la dualidad de la picaresca: don Quijote toma sus deseos por realidades y confunde el «ser» con el «deber ser»; pero allí está, junto a él, Sancho Panza, para restablecer la verdad y mostrar la distancia que separa lo vivo de lo pintado. Desde hace tiempo, los estudiosos de Cervantes han interpretado su héroe como una parodia de los protagonistas de los libros de caballería en una época en que las armas españolas empezaban a decaer y el país se arruinaba y los españoles perdían la confianza en sí mismos. Esto es probablemente cierto, pero la riqueza de la obra cervantina no se agota, ni mucho menos, en una sola interpretación. Cervantes maneja con mano maestra una ironía polifacética y su libro admite infinidad de interpretaciones. Don Quijote y Sancho son, sin duda, cara y cruz de una misma moneda, los elementos complementarios y opuestos que integran la moderna personalidad española (idealismo y materialismo, fe e incredulidad, etc.); pero muy pocos comentaristas han observado que las relaciones que se crean entre los dos personajes provocan una serie de influencias mutuas e interferencias. Ni don Quijote ni Sancho Panza son los mismos el día que el segundo decide servir al primero, o el día en que, vencido don Quijote por el Caballero de la Blanca Luna, regresa a morir a su aldea, escoltado de su fiel Sancho. Durante el período que media entre los dos episodios, Sancho se «quijotiza» y don Quijote se contamina a veces del realismo un tanto cínico de Sancho Panza. Así, mientras que, por seguir a su amo, el materialista Sancho renuncia al gobierno de su ínsula («Vuesas mercedes se queden con Dios y digan al Duque mi señor que desnudo nací, desnudo me hallo: no pierdo ni gano; quiero decir que sin blanca entré en este gobierno y sin ella salgo, bien al revés de como suelen salir los gobernadores de otras ínsulas»), don Quijote, consciente de los embustes de Sancho respecto de la imaginaria y burlesca excursión aérea a lomos de Clavileño, le responde: «Sancho, pues vos queréis que se os crea lo que habéis visto en el cielo, yo quiero que vos me creáis a mí lo que vi en la cueva de Montesinos. Y no os digo más». Como escribe el poeta Luis Cernuda: «Es quizá la única ocasión en que sorprendemos a don Quijote en una actitud semejante, como si él mismo dudara de la realidad de sus aventuras. Pero no deja de ser significativo». Españoles hasta la médula de los huesos, los personajes de Cervantes no emiten juicios lógicos, sino que se expresan, por lo común, mediante una terminología de valores. Para ellos, la razón o sinrazón está en las personas, no en la 
realidad objetiva de sus pensamientos —rasgo nacional éste que, todavía hoy, lleva a confundir autores y obras, a negar conceptos y abstracciones legales para buscar el «yo real» que se supone escondido tras ellos y a caer muy a menudo en el culto a la fobia, la adoración supersticiosa de las «figuras» o los estériles y vanos procesos de intenciones. 

En La Celestina encontramos, por primera vez, una inversión de la jerarquía de valores que influirá luego, decisivamente, en la creación de la picaresca. Hasta entonces, en las novelas u obras dramáticas el amor entre los personajes se desenvolvía en un doble plano: amor ideal y sublimado, a lo Petrarca, entre los señores; amor carnal, «bajo», entre los servidores y personajes humildes. Américo Castro ha subrayado con acierto que en la obra de Rojas, mientras prostitutas como Elicia y Areusa se hacen cortejar como grandes damas, el amor de Calixto por Melibea es de un orden claramente sexual, teñido incluso de ciertos ribetes de sadismo: «No me destroces ni me maltrates como sueles —suplica Melibea—, ¿qué provecho te trae dañar mis vestiduras?». Las cortesanas se burlan alegremente de la elevada condición de la heroína y, expresando el sentir común de los conversos, condenados por la opinión cristiano-vieja, Areusa proclama: «Ninguna cosa es más lejos de la verdad que la vulgar opinión... Ruin sea quien por ruin se tiene; las obras hacen linaje, que al fin todos somos hijos de Adán y de Eva». 

Si Fernando de Rojas se sirve de dos meretrices para exponer el punto de vista de los cristianos nuevos (él mismo era ex illis), Melibea y, sobre todo, Calixto encarnan, a su manera, el agudo conflicto que opone el antierotismo cristiano y la sensualidad musulmana. El personaje de Celestina, la vieja alcahueta, entronca con la literatura arábiga de Al-Andalus: morisca sin duda, como todas las hechiceras de la época, Celestina será el instrumento necesario para satisfacer la imperiosa y brutal pasión de Calixto. Éste, aunque noble y caballero, es ya, como los españoles futuros, una víctima de la lucha entre dos civilizaciones opuestas: la mahometana y la cristiana. Calixto tiene la sensualidad desbordante del musulmán y la conciencia atormentada del cristiano, o, si se quiere, un alma de cristiano y un cuerpo árabe. Desde la época de los Reyes Católicos, los escritores españoles suelen atribuir todos los desvíos, errores y herejías al sexo (Menéndez Pelayo es un ejemplo típico) y, en 1555, fray Felipe de Meneses no vacilaba en escribir: «Esta inclinación a la sensualidad, a mi juicio, no es natural de la nación española»; pero la realidad era muy otra, y los españoles de entonces, como los de ahora, viven en su carne y espíritu el insoluble conflicto. El pecado inherente al placer sexual encuentra un símbolo en la figura físicamente odiosa y repugnante de Celestina: en Calixto hallamos, en germen, el mito futuro de don Juan, que, desde Tirso a Zorrilla, fluye a lo largo de la literatura española y alcanza, a partir del siglo XVIII, dimensiones universales. Don Juan no es un homosexual que se ignora, como pretendía Marañón: es el resultado de la dualidad cristiano-musulmana y, por tanto, un personaje esencialmente español a quien la nostalgia del harén lleva a buscar su presa en la comunidad femenina que exteriormente más se le asemeja: el convento. Calixto y don Juan no podían surgir sino en España y, como don Quijote y los antihéroes de la picaresca, son una expresión literaria de la convivencia secular de españoles cristianos, musulmanes y judíos, convivencia cuya supresión ha marcado de modo profundo el carácter español y cuyas huellas advertimos aún en nuestros días. 





Juan Goytisolo España y los españoles 
Editorial Lumen, Barcelona. 



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