ARNOLD J. TOYNBEE - La naturaleza de los crecimientos de las civilizaciones



Dos pistas falsas 
Hemos encontrado por observación que la incitación más estimulante es la de un término medio entre un exceso de rigor y una falta de él, puesto que una incitación deficiente puede fracasar por completo en estimular a la parte incitada, mientras que una incitación excesiva puede quebrar su espíritu. ¿Pero qué hay de la incitación con que puede contender apenas? A primera vista, ésta es la incitación más estimulante imaginable; y en los casos concretos de los polinesios, los esquimales, los nómadas, los osmanlíes y los espartanos, hemos observado que tales incitaciones propicias para provocar un tour de force. Hemos observado también, sin embargo, que en el próximo capítulo de la historia estos tours de force imponen a aquellos que los han realizado una penalidad en forma de detención en su desarrollo. Por consiguiente, a la larga, tenemos que afirmar que el provocar la mayor respuesta inmediata no es la última prueba de que una incitación dada constituye la óptima desde el punto de vista de provocar la mayor respuesta en general y al fin. La verdadera incitación óptima es la que no sólo estimula a la parte incitada a realizar una sola respuesta con éxito, sino que también la estimula para adquirir un ímpetu que la lleva un paso más allá: del triunfo, a una nueva lucha; de la solución de un problema, a la presentación de otro; de Yin a Yang, otra vez. El movimiento finito único de una perturbación a una restauración del equilibrio no es bastante, si a la génesis ha de seguir el crecimiento. y para convertir el movimiento en un ritmo repetidor, recurrente, debe haber un élan vital (para emplear el término de Bergson) que lleve a la parte incitada, a través del equilibrio, a un desequilibrio que la exponga a una nueva incitación, así la inspire para dar una nueva respuesta en forma de un ulterior equilibrio que termine en un desequilibrio ulterior, y así sucesivamente en una progresión que es potencialmente infinita. 
Este élan, que actúa a través de una serie de desequilibrios, puede percibirse en el curso de la Civilización Helénica desde su génesis hasta su cenit en el siglo V a.C. 
La primera incitación presentada a la recién nacida Civilización Helénica fue la incitación del caos y la noche antigua. La desintegración de la paterna Sociedad Minoica había dejado un montón de escombros sociales: minoicos abandonados sobre la costa y aqueos y dorios varados. ¿Quedaría el sedimento de una antigua civilización enterrado bajo la capa que el nuevo torrente de barbarie había dejado en su inundación? ¿Serían dominados los raros trozos de tierras bajas del paisaje aqueo por la aridez de las tierras altas que los rodeaban? ¿Quedarían los pacíficos cultivadores de las llanuras a merced de los pastores y bandoleros de las montañas? 
Se respondió victoriosamente a esta primera incitación; se decidió que la Hélade sería un mundo de ciudades y no de aldeas, de agricultura y no de pastoreo. de orden y no de anarquía. Sin embargo, el mismo éxito de su respuesta a esta primera incitación expuso a los vencedores a una segunda. Pues la victoria que aseguró la pacífica prosecución de la agricultura en las tierras bajas dio ímpetu al crecimiento de población, y este ímpetu no llegó a detenerse cuando la población alcanzó la máxima densidad que podía soportar la agricultura en el hogar helénico. Así, el mismo éxito de la respuesta a la primera incitación expuso a la Sociedad Helénica infante a una segunda, y ella respondió a esta incitación maltusiana con tanto éxito como a la incitación del caos. 
La helénica a la incitación de la superpoblación adoptó la forma de una serie de experimentos alternativos. Se adoptó primero el expediente fácil y obvio, y se aplicó hasta que comenzó a producir resultados decrecientes. esto se adoptó y aplicó en lugar del primero un expediente más difícil y menos evidente, hasta que esta vez se logró una solución al problema. 
El primer método fue emplear las técnicas y las instituciones que los habitantes de las tierras bajas de la Hélade habían creado en el proceso de imponer sus voluntades sobre sus vecinos montañeses en su hogar, con el fin de conquistar nuevos dominios para el helenismo en ultramar. Con el instrumento militar de la falange hoplita y el instrumento político del Estado-ciudad, un enjambre de pioneers helénicos establecieron una Magna Grecia en el talón de Italia a expensas de ítalos y chones bárbaros, un nuevo Peloponeso en Sicilia a expensas de sículos bárbaros, una nueva pentápolis helénica en Cirenaica a expensas de los libios bárbaros, y una Calcídice en la costa N. del Egeo a expensas de tracios bárbaros. Sin embargo, una vez más, el mismo éxito de la respuesta trajo consigo una nueva incitación a los victoriosos. Pues lo que éstos habían hecho era en sí mismo una incitación a los otros pueblos mediterráneos; y eventualmente los pueblos no-helénicos fueron estimulados a poner término a la expansión de la Hélade: en parte resistiendo a la agresión helénica con artes y armas tomadas prestadas a la Hélade, y en parte coordinando sus propias fuerzas en una escala mayor de la que los helenos mismos eran capaces de alcanzar. Así, la expansión helénica que había comenzado en el siglo VIII a. c., fue detenida en el curso del VI. Pero a la vez la Sociedad Helénica se veía enfrentada aún con la incitación de la superpoblación. 
En esta nueva crisis de la historia helénica el descubrimiento requerido lo hizo Atenas, que llegó a ser la "educación de la Hélade", al aprender, y enseñar, a transformar la expansión de la Sociedad Helénica de un proceso extensivo en otro intensivo, transformación significativa de la que hablaremos algo más en este capítulo. 
Parecería que las civilizaciones crecieran por un élan que las lleva de la incitación, a través de la respuesta, a otra incitación; y este crecimiento tiene aspectos extensos e internos. En el macrocosmos el crecimiento se revela como un dominio progresivo sobre el contorno externo; en microcosmos como una progresiva autodeterminación o autoarticulación. En una u otra de estas manifestaciones tenemos un posible criterio del progreso del élan mismo. Examinemos cada una de estas manifestaciones desde ese punto de vista. 
Considerando primero la progresiva conquista del contorno externo, encontraremos que es conveniente subdividirlo en el contorno humano, que para toda sociedad consiste en las otras sociedades humanas con que se encuentra en contacto, y en el contorno físico constituido por la naturaleza no humana. La conquista progresiva del contorno humano se expresará normalmente la forma de una extensión geográfica de la sociedad en cuestión, mientras que la conquista progresiva del contorno no humano se expresará normalmente en la forma de perfeccionamiento en la técnica. Comencemos por la primera, a saber, por la expansión geográfica, y veamos hasta qué punto merece ésta que se la considere como criterio adecuado del crecimiento real de una civilización. 
Nuestros lectores difícilmente disentirán de nosotros si sin más trabajo y sin en reunir datos más aplastantes, que expansión geográfica, o el "correrla sobre el mapa", no es criterio alguno de crecimiento real de una civilización. veces encontramos un periodo de expansión geográfica coincide en fecha con un progreso cualitativo es una manifestación de él, como en el caso de la primera expansión helénica que acabamos de citar en otra conexión. Más a menudo la expansión geográfica es concomitante con una decadencia real y coincide con unos "tiempos revueltos" o un Estado universal: periodos ambos de desintegración. La razón no hay que buscarla muy lejos. Los tiempos revueltos producen el militarismo, que es una perversión del espíritu humano llevado por canales de destrucción mutua; y el militarista de mayor éxito llega a ser, en general, fundador de un Estado universal. La expansión geográfica es un producto secundario de este militarismo: los interludios en que los poderosos hombres de armas vuelven espalda a sus rivales de dentro de su propia sociedad para lanzar sus asaltos sobre las sociedades vecinas. 
El militarismo, como veremos en un punto ulterior de este Estudio, ha sido por mucho la causa más común de los colapsos de civilizaciones durante los últimos cuatro o cinco milenios que han presenciado la veintena, más o menos, de colapsos que se han registrado hoy. El militarismo produce el colapso de una civilización al hacer que los Estados locales en que está articulada la sociedad entren en conflicto con otros en destructoras luchas fratricidas. En este proceso suicida toda la estructura social se convierte en combustible para alimentar la llama devoradora en el pecho de bronce de Moloch. Este arte único de la guerra realiza progresos a de artes diversas de la paz; y antes de este ritual mortal haya completado la destrucción de todos adeptos, éstos pueden haberse hecho tan expertos en el uso de instrumentos de destrucción que, si a llegan a detenerse por un momento en su orgía de aniquilación mutua y a volver armas durante una estación contra el pecho ele los extranjeros, son de llevárselos a todos por delante. 
En realidad, un estudio de la historia podría sugerir una conclusión exactamente opuesta a la que hemos rechazado. Hemos ya observado que, en una etapa de su historia, la Sociedad Helénica hizo frente a la incitación de la superpoblación mediante la expansión geográfica: y que de unos dos siglos (circa 750-550 a. c.) esta expansión fue detenida por las potencias no helénicas que la rodeaban. Después de esto, la Sociedad estuvo a la defensiva, asaltada por los penas del E. en sus tierras nativas y por los cartagineses del O. en sus dominios más recientemente adquiridos. Durante esta época, como Tucídides la vio, "la Hélade estuvo reprimida por todas partes durante un largo periodo de tiempo", y como la vio Heródoto, "estuvo dominada por más disturbios en las veinte generaciones precedentes". (1) El lector moderno encuentra difícil comprender que estas melancólicas frases, los dos más grandes historiadores están describiendo época que, a la de la posteridad, aparece como la cima de la Civilización Helénica: la época en que el genio helénico realizó aquellos grandes actos de creación, en todos los campos de la vida social, que han hecho inmortal al helenismo. Heródoto y Tucídídes pensaron como lo hicieron sobre esta época creadora porque era una época en que, en contraste con su predecesora, expansión geográfica de la Hélade estuvo contenida. Sin embargo, Ha puede discutir que durante este siglo el élan del crecimiento ele la Civilización Helénica fue mayor que antes o después. y si estos historiadores pudieran haber estado de sobrehumana que hubiese permitido ver lo que siguió, quedado observar colapso señalado por la guerra Atenas Peloponeso fue seguido por una nueva explosión de expansión geográfica –la expansión del helenismo por tierra, inaugurada por Alejandro– que sobrepasó por mucho en material a expansión marítima la Hélade. Durante los dos siglos que siguieron del Helesponto por Alejandro, el helenismo se expandió por Asia el valle del Nilo a expensas de tollas las demás civilizaciones que encontró: Siriaca, la Egipciaca, la Babilónica, la Indica. Y durante unos dos siglos después de esto continuó expandiéndose, bajo égida romana, por las comarcas bárbaras del interior de Europa y el noroeste de África. Sin embargo éstos fueron los siglos durante los cuales la Civilización Helénica estaba palpablemente en proceso de desintegración. 
Pasaremos ahora a la próxima división de nuestro tema y consideraremos si la conquista progresiva del contorno físico por perfeccionamiento de la técnica es capaz de proporcionarnos un criterio adecuado respecto al verdadero crecimiento de una civilización. ¿Existen pruebas de una correlación positiva entre un perfeccionamiento en la técnica y un progreso en el crecimiento social? 
Cuando volvernos a los hechos encontramos casos de perfeccionamiento técnico mientras las civilizaciones permanecen estáticas o están en decadencia, así como ejemplos de situación opuesta, en que la técnica permanece estática mientras las civilizaciones están en movimiento, unas veces hacia adelante y otras hacia atrás, sea el caso. 
Por ejemplo, cada una de las civilizaciones detenidas ha desarrollado una técnica elevada. Los polinesios se han distinguido como navegantes, los esquimales como pescadores, los espartanos como soldados, los nómadas como domadores de caballos, los osmanlíes como domadores de hombres. Todos éstos son casos en que las civilizaciones han permanecido estáticas mientras se ha perfeccionado la técnica. 
Un ejemplo de perfeccionamiento técnico mientras una civilización decae es ofrecido por el contraste entre la edad paleolítica superior en Europa y la neolítica inferior, que es su sucesora inmediata en la serie tecnológica. La sociedad paleolítica superior se satisfizo con instrumentos de un arte rudo, pero desarrolló un fino sentido estético y no dejó de descubrir ciertos medios simples para darle una expansión pictórica. Los diestros y bosquejos al carbón de animales que sobreviven en las paredes de las cuevas-moradas del hombre paleolítico suscitan nuestra admiración. La sociedad neolítica inferior se tomó un enorme trabajo en equiparse con instrumentos finamente confeccionados, y posiblemente lo hizo en una lucha por su existencia con el hombre paleolítico, en que el Homo pictor fue y dejó al Hamo faber dueño del campo. En todo caso, el cambio que inaugura un sorprendente progreso en forma de técnica, constituye manifiestamente un retroceso en forma de civilización; pues el arte del hombre paleolítico murió con él.
Procopio de Cesarea, el último de los grandes historiadores helénicos, prologa su historia de las guerras del emperador Justiniano -guerras que realmente resonaron como toques de muerte de la Sociedad Helénica- con la pretensión de que asunto era superior en interés a los escogidos por sus predecesores, porque la técnica militar de sus propios contemporáneos era superior a la empleada en cualquier guerra anterior. En verdad, si fuéramos a aislar la historia de la técnica de la guerra de los otros puntos de la historia helénica, encontraríamos un progreso continuo desde el principio hasta el final, a través del periodo de crecimiento de esta civilización así como en el de su decadencia; encontraríamos que cada paso en el progreso de esta técnica ha sido estimulado por sucesos que eran desastrosos para la civilización. 
Para comenzar, la invención de la falange espartana, la primera señal conocida de perfeccionamiento militar helénico, fue resultado de la segunda guerra mesenio-espartana que detuvo prematuramente a la Civilización Helénica en Esparta. La próxima señal de perfeccionamiento fue la diferenciación de la infantería helénica en dos tipos extremos: el falangista macedónico y el peltasta ateniense. La falange macedónica, armada con largas picas de dos manos en lugar de la lanza corta de una mano, fue más formidable en sus efectos que su predecesora espartana, pero era también más pesada y más vulnerable una vez que perdía la formación. No podía entrar de modo seguro en acción a menos que sus flancos estuvieran guardados por peltastas, un nuevo tipo de infantería ligera, a los que se sacaba de las filas y se preparaba para escaramuzas. Este segundo perfecciona; miento fue resultado de un siglo de lucha mortal, desde el estallido de la guerra ateniense-peloponesa hasta la victoria macedónica sobre los tebanos y atenienses en (431-338 a. c.), que vio el primer colapso de la Civilización Helénica. La próxima señal de perfeccionamiento la dieron los romanos cuando lograron combinar las ventajas y evitar los defectos de los peltastas y los falangistas en la táctica y equipo del legionario. El legionario estaba armado con un par de lanzas arrojadizas y una espada corta, y entraba en acción en orden abierto en dos olas, con una tercera en reserva, armada y ordenada al estilo de la antigua falange. Este tercer perfeccionamiento fue resultado de un nuevo brote de guerra mortal, desde el comienzo de la segunda Guerra Púnica en 220 a. c., hasta el fin de la tercera guerra romano-macedónica! en 168 a. c. El cuarto y último perfeccionamiento fue la mejora de la legión, proceso comenzado por Mario completado por César, que fue resultado de un siglo de revoluciones y guerras civiles romanas, y terminó en el establecimiento del Imperio Romano como Estado universal helénico. El catafracto de Justiniano -el caballero con armadura sobre una monta acorazada que Procopio presenta a sus lectores como el chef-d'oeuvre de la técnica militar helénica-no representa un paso más allá en esta línea indígena helénica de desarrollo. El catafracto fue una adaptación, hecha por las últimas generaciones decadentes de la Sociedad Helénica, del instrumento militar de sus contemporáneos iranios, vecinos y adversarios, que habían dado a conocer primero a Roma sus proezas cuando derrotaron a Craso en Carras en 55 a. c. 
Tampoco el arte de la guerra es el único género de técnica que puede realizar sus progresos en razón inversa al progreso general del cuerpo social. Tomemos ahora una técnica que está lo más alejada posible del arte de la guerra: la técnica de la agricultura, que se considera generalmente como el arte soberano de la paz par excellence, Si a la historia helénica, encontraremos que un perfeccionamiento en la técnica de este arte ha sido el acompañamiento de la decadencia de una 
Al principio parece que entramos en una historia diferente. Mientras que el primer perfeccionamiento en el arte helénico de la guerra fue comprado al precio de una detención en el crecimiento de la comunidad particular que lo inventó, el primer perfeccionamiento comparable en la helénica tuvo consecuencias más felices. Cuando el Ática, por iniciativa de Salón, abrió el camino desde un régimen de cultivo mixto a un régimen de especializada para la exportación, este avance técnico fue seguido por una explosión de energía y crecimiento en todas las esferas de la vida ática. El próximo capítulo de la historia, sin embargo, toma un giro diferente y siniestro. El estadio inmediato del avance técnico fue un aumento en la escala de operaciones mediante la organización de la producción en masa, basada en el trabajo de esclavos. Este paso parece haberse dado en las comunidades helénicas coloniales de Sicilia, y quizá primero en Agrigento: los griegos sicilianos, en efecto, encontraron un mercado expansivo para su vino y su aceite entre los bárbaros vecinos. Aquí el avance técnico fue contrapesado por un colapso social, pues la nueva esclavitud de plantaciones era un social mucho más serio que la antigua esclavitud doméstica. Era peor moral y estadísticamente. Era impersonal e inhumana, y lo era en gran escala. Saltó en su momento de las comunidades griegas de Sicilia a la gran área de la Italia Meridional que había quedado abandonada y devastada por la segunda Guerra Púnica. Dondequiera que se estableció, aumentó la productividad de la tierra y los beneficios del capitalista, pero redujo la tierra a una esterilidad social; pues dondequiera que surgieron las plantaciones de esclavos, desplazaron y empobrecieron al hacendado campesino de un modo tan inexorable corno la mala moneda desaloja a la buena. La consecuencia social fue la despoblación del campo y la creación de un proletariado parasitario en las ciudades, y más particularmente en Roma misma. Ninguno de los esfuerzos de las sucesivas generaciones de reformadores romanos, desde los Gracos en adelante, pudieron sacar al mundo romano de este agostamiento social que les había impuesto el último avance en la técnica agrícola. El sistema de la esclavitud de plantaciones persistió hasta que se derrumbó espontáneamente a consecuencia del colapso de la economía monetaria, de la que dependía para sus beneficios. Este lapso financiero fue parte de la débácle social general, del siglo III d.c.; y débácle fue el resultado, en parte, de la enfermedad agraria que había estado devorando los tejidos del cuerpo romano durante los cuatro siglos anteriores. Así este cáncer social se extinguió eventualmente al causar la muerte de la sociedad en la que se había formado. 

El progreso hacia la autodeterminación 
La historia del desarrollo de la técnica, como la historia de la expansión no nos ha proporcionado un criterio de crecimiento de las civilizaciones, pero revela un principio por el que está gobernado el progreso técnico, que puede describirse como la ley de la simplificación progresiva. La pesada y abultada máquina de vapor con su complicado "camino permanente" es sustituida por la limpia y manejable máquina de combustión interna que puede seguir los caminos con la rapidez de un ferrocarril y con casi toda la libertad de acción de un peatón. El telégrafo con hilos es reemplazado por el telégrafo sin hilos. Los caracteres increíblemente complicados de escrituras cínica y egipciaca son sustituidos por el claro y fácil alfabeto latino. El lenguaje mismo muestra misma tendencia a simplificarse abandonando las declinaciones en favor de palabras auxiliares, como puede verse con un examen comparado de las lenguas de la familia indoeuropea. El sánscrito, el ejemplo superviviente antiguo de esta familia despliega una asombrosa de declinaciones junto a sorprendente pobreza de partículas. El inglés moderno, en el otro extremo de escala, ha soltado casi sus declinaciones pero se ha resarcido con el desarrollo de preposiciones y verbos auxiliares. El griego clásico representa un término medio entre estos extremos. En el mundo occidental se ha simplificado el vestido desde la bárbara complejidad de la indumentaria isabelina a las modas sencillas de la actualidad. La astronomía copernicana, que sustituyó al sistema tolemaico, presenta en términos geométricos mucho más simples una explicación igualmente coherente de un radio de movimientos mucho más amplio los cuerpos celestes. 
Quizá la palabra simplificación no es totalmente exacta, o menos no enteramente adecuada para describir estos cambios. Simplificación es una palabra negativa y representa omisiones y eliminaciones, mientras que lo que ha ocurrido en cada uno de casos no es una disminución sino un acrecentamiento de eficiencia práctica o de .satisfacción estética o de comprensión intelectual. El resultado no es una pérdida, sino una ganancia; y esta ganancia es el resultado de un proceso de simplificación porque el proceso libera fuerzas que están presas en un medio material, y por tanto ponerlas en libertad supone no sólo una simplificación del aparato, sino una transferencia subsiguiente de energía cambio o acento desde una esfera inferior del ser o de la acción a una superior. podamos describir el proceso de un modo más claro si lo llamamos, no simplificación, sino eterealización. 
En la esfera dominio humano sobre la naturaleza física, este proceso ha sido con un toque finamente imaginativo por un antropólogo moderno: 
Estamos abandonando el estamos perdiendo el contacto: nuestras huellas son cada más débiles. El pedernal dura para siempre, el cobre para una civilización, el hierro para generaciones, y el acero para una ¿Quién será capaz de trazar la ruta del expreso aéreo Londres-Pekín cuando haya pasado la edad del movimiento, o decir hoy cuál el camino a través del éter de los mensajes que se radian y se reciben? Pero las fronteras del diminuto y desaparecido reino de los icenios aún pasan defensivamente a través de la frontera meridional del Anglia del Este, desde los pantanos desecados a los bosques arrasados (2)

Nuestros ejemplos sugieren que el criterio de crecimiento que estamos buscando y no pudimos descubrir en la conquista del contorno externo, fuera humano o físico, se halla más bien en un cambio progresivo de acento y en el traslado de escena de acción desde este campo a otro, donde la acción de la incitación y respuesta pueda encontrar un teatro alternativo. En este otro campo, las incitaciones no golpean desde el exterior, sino que surgen de dentro, y las respuestas victoriosas no adoptan forma de superación de obstáculos externos o de triunfo sobre un adversario del exterior, sino que se manifiestan en una autoarticulación o autodeterminación interna. Cuando observarnos a un ser humano individual o a una sociedad particular dando respuestas sucesivas a una serie de incitaciones, y cuando nos preguntamos si esta serie particular se ha de considerar como una manifestación de crecimiento, encontraremos respuesta a nuestra pregunta observando si, cuando se desarrolla la serie, la acción tiende o no a trasladarse del primero segundo de los dos campos mencionados. 

Si ordenamos los caracteres sobresalientes de la gran galería shakesperiana en orden ascendente de eterealización, y si tenemos en cuenta que técnica del dramaturgo es revelar caracteres presentando a personalidades en acción, observaremos que, cuando Shakespeare se mueve desde los niveles inferiores a los superiores en nuestra escala de caracteres, cambia constantemente el campo de acción en el que hace desempeñar su papel al héroe de cada drama, dando una parte cada vez mayor de la escena al microcosmos y retirando cada más al fondo al macrocosmos. Podemos comprobar este hecho si seguimos la serie desde Enrique V, a través de Macbeth, hasta Hamlet. El carácter relativamente primitivo de Enrique V se revela casi por completo en sus respuestas a incitaciones del contorno humano que lo rodea: en sus relaciones con sus compañeros de juerga y con su padre y en la trasmisión de su propia gran valentía a sus camaradas de armas en la mañana de Agincourt y en su impetuoso galanteo la princesa Kate. Cuando pasamos a Macbeth, encontramos cambiada la escena de acción; pues las relaciones ele Macbeth con Malcolm o Macduff, y aun con Lady Macbeth, son igualadas en importancia por las relaciones del héroe consigo mismo. Finalmente, cuando llegamos Hamlet, le vemos permitir que el macrocosmos casi desaparezca, hasta que las relaciones del héroe con los asesinos de su padre, con su antes amada Ofelia y con Horacio, su mentor dejado atrás, llegan a ser absorbidas en el conflicto interno que se está preparando en propia alma del héroe. En Hamlet, el campo de acción se ha trasladado completamente del macrocosmos al microcosmos; y en esta obra maestra del arte de Shakespeare, como en el Prometeo de Esquilo o en los monólogos dramáticos de Browning, un solo actor monopoliza virtualmente la escena para dejar mayor campo de acción a las fuerzas espirituales que esta personalidad tiene dentro de sí. 
Esta transferencia del campo de acción, que percibimos en la presentación que hace Shakespeare de sus héroes cuando los ordenamos en orden ascendente de crecimiento espiritual, podemos percibirla también en las historias de las civilizaciones. Aquí también cuando una serie de respuestas a incitaciones se acumulan en un crecimiento, encontraremos, cuando avanza éste, que el campo de acción se traslada durante todo el tiempo desde el contorno externo al interno del propio cuerpo social de la comunidad. 
En la historia helénica, por ejemplo, hemos visto que las primeras incitaciones emanaban todas del contorno externo: la incitación de la barbarie montañesa en la Hélade misma y la incitación malthusiana, a la que se respondió por la expansión ultramarina y que tuvo como consecuencia incitaciones de bárbaros indígenas y civilizaciones rivales, de las que las de estas últimas culminaron en contraataques simultáneos de Cartago y Persia en la primera cuarta parte del siglo V a. c. Después, sin embargo, esta formidable incitación del contorno humano fue vencida triunfalmente en los cuatro siglos que comienzan con el paso del Helesponto por Alejandro y continúan con las victorias de Roma. Gracias a estos triunfos, la Sociedad Helénica disfrutó ahora de una tregua de unos cinco o seis siglos durante los cuales no se presentó a ella ninguna incitación seria contorno exterior. Pero esto no significa que durante estos siglos la Sociedad Helénica estuviera exenta en absoluto de incitaciones. Por el contrario, como ya hemos indicado, estos siglos fueron un periodo de declinación; es decir, un periodo en que el helenismo se vio enfrentado con incitaciones a las que estaba dejando de responder con éxito. Hemos visto cuáles eran estas incitaciones y, si volvemos a examinarlas, encontraremos que todas ellas eran incitaciones internas resultantes de la respuesta victoriosa a la incitación externa anterior, así como la incitación ofrecida por el feudalismo a nuestra Sociedad Occidental surgió del anterior desarrollo del feudalismo como medio de respuesta a la presión externa de los vikingos. 
Por ejemplo, la presión militar de los persas y los cartagineses estimuló a la Sociedad Helénica a forjar en su autodefensa dos poderosos instrumentos sociales y militares: la marina ateniense y la tiranía siracusana. Ellas produjeron, en la próxima generación, tensiones y coacciones en el cuerpo social helénico; éstas dieron lugar a la guerra ateniense-peloponesa y a la reacción contra Siracusa de sus súbditos bárbaros y de sus aliados griegos; y esta convulsión produjo primer colapso de la Sociedad Helénica. 
En los capítulos siguientes de la historia helénica las armas, lanzadas hacia el exterior con las conquistas de Alejandro y los Escipiones, se volvieron pronto al interior con las guerras civiles de diadocos macedonios rivales y rivales dictadores romanos. Similarmente la rivalidad económica entre las sociedades Helénica y Siriaca por el dominio del Mediterráneo Occidental reapareció en el seno de la Sociedad Helénica, una vez que hubo sucumbido el competidor siriaco, en la lucha aún más devastadora entre los esclavos orientales de plantaciones y sus amos siciliotas o romanos. El conflicto cultural entre el helenismo y las civilizaciones orientales -Siriaca y Egipciaca y Babilónica e Índica- reapareció igualmente en el seno de la Sociedad Helénica como una crisis interna en almas helénicas o helenizadas: la crisis se declaró en la emergencia del culto de Isis y la astrología y el mitraísmo y el cristianismo y una multitud de otras religiones sincréticas.

Trasmutaciones correspondientes de incitaciones externas en internas han seguido al triunfo de la Civilización Occidental sobre su contorno material. Los triunfos de la llamada Revolución Industrial en la esfera técnica crearon una serie de problemas en las esferas económica y social, hecho tan complicado y tan familiar a la vez que no necesitamos detenernos aquí sobre él. Traigamos a nuestra mente el cuadro ahora casi desvanecido del camino premecánico. Este viejo camino está lleno de toda clase de vehículos: carretillas, carros, carretas, con una diligencia como el chef-d’oeuvre de la tracción animal y un biciclo movido a pedal aquí y allá como presagio de cosas por venir. Como el camino está ya muy concurrido ocurre cierta cantidad de colisiones, pero ello a nadie importa, porque son pocos los heridos y el tránsito apenas queda interrumpido. Pues la realidad es que estas colisiones no son graves. No pueden serlo porque el tránsito es muy lento y la fuerza impulsora muy débil. El "problema del tránsito" en este camino no es el problema de evitar colisiones, sino simplemente el de lograr cumplir la. jornada, siendo los caminos lo que eran en aquellos días. Consiguientemente, no hay ningún género de reglamentaciones del tránsito: no hay policías de servicio ni señales luminosas. 
Y ahora volvamos nuestros ojos al camino de hoy en el que zumba ruge el tránsito mecánico. En este camino se han resuelto los problemas de la velocidad y arrastre, como lo testimonia el camión que con su serie de acoplados se mueve pesadamente, con más ímpetu que un elefante que carga, y el coche de sport que le pasa zumbando con la ligereza de una abeja o una bala. Aquí, en este camino moderno, el problema no es ya tecnológico sino psicológico. La antigua incitación de la distancia física se ha trasmutado en una incitación de relaciones humanas entre conductores que, habiendo aprendido cómo anular el espacio, están expuestos al constante peligro de aniquilarse unos a otros. 
Este cambio en la naturaleza del problema del tránsito tiene, naturalmente, tanto una significación simbólica como literal. Tipifica la vida social occidental general desde el surgimiento de las dos fuerzas sociales dominantes de la época: industrialismo y democracia. Debido al extraordinario progreso que han realizado nuestros inventores modernos al dominar las energías de la naturaleza física y al organizar las acciones concertadas de millones de seres humanos, todo lo que se hace en nuestra sociedad se hace, para bien o para mal, con un "empuje" tremendo; y esto ha hecho más grave que nunca las consecuencias materiales de las acciones y la responsabilidad moral de los agentes. Puede ser que en toda época de toda sociedad alguna cuestión moral sea siempre la incitación decisiva para el futuro de la sociedad; pero sea lo que fuere, no hay duda de que es una incitación moral, más que una incitación física, la que enfrenta hoy nuestra propia sociedad.

Tenemos conciencia de que en la actitud del pensador de nuestro tiempo hacia lo que se llama el progreso mecánico se ha producido un cambio de espíritu. La admiración está templada por la crítica; la complacencia ha dado lugar a la duda; la duda se va convirtiendo en alarma. Hay un sentido de perplejidad y frustración, como en aquel que ha recorrido un largo camino y descubre que ha tomado una dirección equivocada. Volver atrás le es imposible, ¿cómo avanzará? ¿Adónde dará si sigue ésta o aquella senda? Se puede perdonar a un representante de la mecánica aplicada si expresa algo de la desilusión con que, hallándose ahora a un lado, observa el vertiginoso desfile de descubrimientos e invenciones ante el que solía sentir un placer inmenso. Es imposible no preguntar: ¿Adónde va esta enorme procesión? ¿Cuál es, después de todo, su objetivo? ¿Cuál es su probable influencia sobre el futuro de la raza humana? (3) 

Estas patéticas palabras presentan un problema que ha estado luchando por encontrar expresión en todos nuestros corazones; y son palabras dichas con autoridad, pues fueron pronunciadas por el presidente de la Asociación Británica para el Progreso de las Ciencias en su discurso de apertura en la centésimo primera reunión anual de esta histórica corporación. ¿Se ha de emplear el nuevo impulso social del industrialismo y la democracia en la gran obra constructiva de organizar un mundo occidentalizado en una sociedad ecuménica o vamos a dirigir nuestro nuevo poder a nuestra propia destrucción? 
En una forma quizá más simple el mismo dilema se presentó á los gobernantes del Antiguo Egipto. Cuando los pioneers egipciacos hubieron respondido victoriosamente a su primera incitación física, cuando el agua y el suelo y la vegetación del valle del Nilo Inferior fueron sometidos a la voluntad de los seres humanos, surgió la cuestión de cómo el señor y amo de Egipto y los egipcios utilizarían la maravillosa organización ahora en sus manos y a disposición de su voluntad. Era una incitación moral. ¿Emplearía el poder material y el poder humano con que contaba para mejorar la suerte de sus súbditos? ¿Los dirigiría hacia arriba y hacia adelante, al nivel de bienestar que había alcanzado ya el rey mismo y un puñado de sus pares? ¿Desempeñaría el papel de Prometeo en el drama de Esquilo o el papel de tirano de Zeus? Conocemos la respuesta. Construyó las Pirámides; y las Pirámides han inmortalizado a estos autócratas no como dioses eternos sino como azotadores del lomo de los pobres. Sus malas reputaciones fueron trasmitidas en el folklore egipciaco hasta que encontraron su camino en las páginas inmortales de Herodoto. Como una némesis de su elección mal hecha, la muerte puso su mano de hielo sobre la vida de esta generación en crecimiento en el momento en que la incitación que constituía el estímulo de su crecimiento se transfería del campo externo al interno. En situación algo semejante de nuestro propio mundo actual, cuando la incitación del industrialismo se está transfiriendo de la esfera de la técnica a la esfera de la moral, el resultado es aún desconocido, puesto que nuestra reacción a la nueva situación no está decidida todavía. 
Concluimos afirmando que serie dada de respuestas felices a incitaciones sucesivas se ha de interpretar como una manifestación de crecimiento, si cuando se realiza la serie tiende la acción a mudarse del campo del contorno externo, físico o humano, al for intérieur de la personalidad o civilización en crecimiento. En tanto que ésta crece y continúa creciendo, ha de contar cada vez menos con incitaciones provocadas por fuerzas externas y que exijan respuestas en un campo de batalla exterior, y cada vez más con incitaciones que se presentan a sí mismas en un teatro interior. El crecimiento significa que la personalidad o la civilización en crecimiento tiende a convertirse en su propio contorno y en su propia incitación en su propio campo de acción. En otras palabras, el criterio de crecimiento es el progreso hacia la autodeterminación; y el progreso hacia la autodeterminación es una fórmula prosaica de describir el milagro por el cual la Vida entra en su Reino.

(1) Tucídides, Libro cap. 17; Heródoto, VI, cap. 98. 
(2) Heard, Gerald: The Ascent of the Humanity, pp 277-8
(3) Alfred Ewing. en artículo al The Times, septiembre, 1, 1932. 

*De Arnold J. Toynbee, Estudio de la Historia, vols. I-VI compendiados por D. C. Somervell, Emecé Editores, S. A., Buenos Aires, 1958, pp. 200-15, 217-20. 

Capítulo de Los cambios sociales. Fuentes tipos y consecuencias. Compilación de Amintai Etzione y Eva Etzioni. Fondo de Cultura Económica. México 1968.





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