GEORGES DUBY - Leonor de Aquitania




Bajo la cúpula central de la iglesia de Fontevraud -en la Francia del siglo XII era una de las abadías de mujeres más vastas y más prestigiosas-se ven en la actualidad cuatro estatuas yacentes, vestigios de antiguos monumentos funerarios. Tres de esas estatuas están talladas en caliza blanda: la de Enrique Plantagenet, conde de Anjou y del Maine por sus antepasados paternos, duque de Normandia y rey de Inglaterra por sus antepasados maternos; la de su hijo y sucesor Ricardo Corazón de León; la de Isabel de Angulema, segunda mujer de Juan sin Tierra, hermano de Ricardo, que se convirtió en rey en 1199. La cuarta efigie, en madera pintada, representa a Leonor, heredera del duque de Aquitania, esposa de Enrique, madre de Ricardo y de Juan, que murió el 31 de marzo de 1204 en Fontevraud donde había terminado tomando el velo.
El cuerpo de esa mujer está tendido sobre la losa, de la misma forma que había estado expuesto en el lecho de parada durante la ceremonia de los funerales. Está envuelto en su totalidad en los pliegues del vestido. Un griñón encierra el rostro, cuyos rasgos son de una pureza perfecta. Los ojos están cerrados. Las manos sostienen un libro abierto. Ante este cuerpo, ante este rostro, la imaginación puede darse rienda suelta. Pero de ese cuerpo y de ese rostro cuando estaban vivos, la estatua yacente, admirable, no dice nada verdadero. Leonor había muerto hacía ya años cuando fue modelada. ¿Había visto el escultor con sus propios ojos alguna vez a la reina? De hecho, eso importaba poco: en esa época, el arte funerario no se preocupaba por el parecido. En su plena serenidad, esta figura no pretendía reproducir lo que la mirada había podido descubrir sobre el catafalco, el cuerpo, el rostro de una mujer de ochenta años que se había batido duramente contra la vida. El artista había recibido el encargo de mostrar aquello en lo que se convertirían el día de la resurrección de los muertos ese cuerpo y ese rostro en toda su plenitud. Por tanto, nadie podrá nunca medir el poder de seducción de que la heredera del ducado de Aquitania estaba investida cuando, en 1137, fue entregada a su primer marido, el rey Luis VII de Francia.
Ella tenía entonces unos trece años, él dieciséis. «Ardía con un amor ardiente por la jovencita.» Es al menos lo que cuenta, medio siglo más tarde, Guillaume de Newburgh, uno de aquellos monjes de Inglaterra que recomponían en ese momento, con gran habilidad, la serie de sucesos del tiempo pasado. Guillaume añade: «el deseo del joven capeta fue encerrado en una tupida red»; «Nada sorprendente, tan vivos eran los encantos corporales con que Leonor estaba agraciada». Lambert de Watreloos, cronista, también los juzgaba de altísima calidad. Pero ¿qué valen en realidad tales elogios? Las conveniencias obligaban a los escritores de esa época a celebrar la belleza de todas las princesas, incluso de las menos agraciadas. Además, hacia 1190, en todas las cortes Leonor era la heroína de una leyenda escandalosa. Quien tuviera que hablar de ella se hallaba inclinado de forma natural a dotar de una excepcional capacidad de embrujamiento a los atractivos que en el pasado había empleado.
Esa leyenda tiene una vida larga. Hoy todavía algunos autores de novelas históricas quedan encantados con ella y conozco incluso historiadores muy serios cuya imaginación aún inflama, extraviándola. Desde el romanticismo, Leonor ha sido representada unas veces como tierna víctima de la crueldad fría de un primer esposo, insuficiente y limitado, de un segundo esposo, brutal y voluble; otras como mujer libre, dueña de su cuerpo, que se enfrenta a los sacerdotes y desprecia la moral de los mojigatos, portaestandarte de una cultura brillante, alegre e injustamente ahogada, la de Occitania, frente al salvajismo gazmoño y la opresión del Norte, pero siempre enloqueciendo a los hombres, frívola, pulposa y burlándose de ellos. ¿No pasa en las obras más austeras por la «reina de los trovadores», por su complaciente inspiradora? ¿No toman muchos por verdad manifiesta lo que André le Chapelain dice de ella, en tono de burla, en su Tratado del amor, las sentencias ridículas que él inventa y que le atribuye? Por ejemplo, esa cuya feroz ironía tanto gustaba a los lectores entonces: «Nadie puede alegar legítimamente el estado conyugal para sustraerse al amor». Juegos del amor cortés. Poco falta para que adjudiquen a Leonor su invención. En cualquier caso, esas materias galantes se difundieron gracias a ella a través de Europa desde su Aquítania natal. A decir verdad, son excusables los juicios errados de los eruditos modernos. El recuerdo de esta mujer se deformó desde muy pronto. No hacía cincuenta años que había muerto cuando ya la biografía imaginaria de Bernard de Ventadour la convertía en amante de este grandísimo poeta. Cuando el predicador Étienne de Bourbon censura los placeres culpables que procura el tacto, poma como ejemplo a la perversa Leonor: cierto día, encontrando de su gusto las manos del viejo profesor Gilbert de la Porrée, le habría invitado a acariciarle con sus dedos las caderas. En cuanto al Ménestrel de Reims -es de sobra conocida la fuerte inclinación de este amable cuentista a fabular para agradar a sus oyentes, pero aquí utilizaba palabras de quienes, cada vez más numerosos, contaban que la reina de Francia había llegado al punto de entregar su cuerpo a los sarracenos durante la cruzada-, le prestaba un idilio con el más ilustre de esos infieles, con Saladino. Dice el Ménestrel de Reims que se disponía a escapar con él, y que ya tenía puesto un pie en el barco cuando su marido, Luis VII, consiguió pescarla. No sólo veleidosa, por entregar su cuerpo de bautizada al infiel. Traidora no sólo a su marido sino a Dios. El colmo de la desvergüenza.
En el siglo XlII se inventaban esas fantasías a partir de los chismes que se habían divulgado, en vida, a propósito de la reina que iba envejeciendo. Algunos fueron recogidos en nueve de las obras históricas compuestas entre 1180 y los años 1200 que han llegado hasta nosotros y que nos suministran poco más o menos cuanto se sabe de ella. Cinco tienen por autores a ingleses, porque era en Inglaterra donde entonces se escribía la buena historia. Todas son obra de gentes de Iglesia, monjes o canónigos, y todas presentan a Leonor bajo una luz desfavorable. y ello por cuatro razones. La primera, fundamental, es que se trata de una mujer. Para esos hombres, la mujer es una criatura esencialmente mala por quien penetra el pecado en el mundo, con todo el desorden que en él se ve. Segunda razón: la Duquesa de Aquitania tenía por abuelo al famoso Guillermo IX. Este príncipe, de quien la tradición ha hecho el más antiguo de los trovadores, también había excitado en su tiempo la imaginación de los cronistas. Éstos denunciaron el poco caso que hacía de la moral eclesiástica, la libertad de sus costumbres y su excesiva propensión a la frivolidad, evocando esa especie de harén donde, como parodia de ' un monasterio de monjas, había mantenido para placer propio a una compañía de hermosas doncellas, Por último, y sobre todo, había otros dos hechos que condenaban a Leonor. En dos ocasiones, liberándose de la sumisión que las jerarquías instituidas por la voluntad divina imponen a las esposas, había cometido faltas graves. La primera vez, pidiendo y obteniendo el divorcio. La segunda, sacudiendo la tutela de su marido y levantando contra él a sus hijos.
El divorcio, seguido inmediatamente por un nuevo matrimonio, fue en 1152 el gran asunto europeo. Cuando llega en su crónica a esa fecha, el monje cisterciense Aubry des Trois Fontaines relata en ese año este único acontecimiento. De forma lacónica, y por tanto con mayor fuerza: Enrique de Inglaterra toma por esposa a aquella de la que el rey de Francia acababa de librarse, escribe: «Luis la había dejado, a causa de la incontinencia de esa mujer, que no se comportaba como una reina, sino más bien como una puta». Tales traslados de esposas del lecho de un marido al de otro no dejaban de producirse frecuentemente entre la alta aristocracia. Que éste haya tenido tal resonancia es fácil de explicar. En la Europa cuya unidad se identificaba entonces a la de la cristiandad latina y que, por consiguiente, el papa pretendía dirigir, movilizar para la cruzada y, por ello, mantener en paz preservando el equilibrio entre los Estados, esos Estados empezaban a reforzarse aprovechando el vivísimo impulso de crecimiento que arrastraba entonces a Occidente. Tal era el caso de los dos grandes principados rivales, aquellos cuyos amos eran el rey de Francia y el rey de Inglaterra. No obstante, en el seno de estructuras políticas todavía muy borrosas, el destino de esas formaciones políticas dependía en grandísima medida de las devoluciones sucesorias y de las alianzas, es decir del matrimonio del heredero. Y Leonor era heredera de un tercer Estado, cierto que de menor envergadura, aunque considerable, la Aquitania, una provincia extendida entre Poitiers y Burdeos, con vistas sobre Toulouse. Al cambiar de marido, Leonor se llevaba consigo sus derechos sobre el ducado. Por otro lado, a mediados del siglo XlI la Iglesia acababa de hacer del matrimonio uno de los siete sacramentos, a fin de asegurarse su control. Imponía al mismo tiempo no romper nunca la unión conyugal y, de forma contradictoria, romperla inmediatamente en caso de incesto, es decir, si resultaba que los cónyuges eran parientes más acá del séptimo grado. En la aristocracia, lo eran todos. Lo cual permitía a la autoridad eclesiástica, y de hecho al papa cuando se trataba del matrimonio de reyes, intervenir a capricho para atar o desatar y convertirse de este modo en dueño del gran juego político.
Muy a destiempo, el Ménestrel de Reims relata de esta forma lo que decidió el divorcio. Cuenta que Luis VII «tomó consejo de todos sus barones sobre lo que haría de la reina y les expuso cómo se había comportado la mujer». «A fe, le dijeron los barones, que el mejor consejo que os damos es que la dejéis marcharse, porque es un diablo, y si la conserváis durante más tiempo, creemos que os hará morir. y por encima de todo, no tenéis hijo de ella.» Diabolismo, esterilidad: en verdad que eran dos faltas mayores, y el marido tomando la iniciativa.
Sin embargo, Juan de Salisbury, representante del renacimiento humanista del siglo XII, lúcido y perfectamente informado, es testigo mejor. Escribía mucho antes, sólo ocho años después del acontecimiento, en 1160. En 1149 se había encontrado junto al papa Eugenio III cuando éste acogió a Luis VII y a su mujer en Frascati, porque Roma estaba entonces en manos de Arnaud de Brescia, otro intelectual de primera magnitud, pero contestatario. La pareja volvía de Oriente. El rey de Francia, que había dirigido la segunda cruzada, se había llevado consigo a Leonor. Tras el fracaso de la expedición y las dificultades consiguientes para los asentamientos latinos en Tierra Santa, las gentes de Iglesia se preguntaban por las causas de tales sinsabores y pretendían que derivaban precisamente de allí: «Preso de una pasión vehemente por su esposa», dice Guillaume de Newburgh (y para explicarlo insiste en los atractivos físicos de la reina), Luis VII, celoso, «consideró que no debía dejarla detrás de él, y que convenía que la reina le acompañase al combate». Daba mal ejemplo. «Muchos nobles le imitaron, y como las damas no podían prescindir de azafatas de compañía», el ejército de Cristo, que hubiera debido presentar la imagen de la castidad civil, se llenó de mujeres, y por tanto invadido de liviandades. Dios se irritó por ello.
De hecho, en el transcurso del viaje las cosas habían ido a peor. En Antioquía, en marzo de 1148, Leonor había encontrado a Raimundo, hermano de su padre y amo de la ciudad. El tío y la sobrina se entendieron bien, demasiado bien incluso a ojos del marido, que se inquietó y precipitó la salida hacia Jerusalén. Leonor se negó a seguirle. Se la llevó a la fuerza. Si creemos a Guillaume, arzobispo de Tiro, que redactaba su obra histórica, bien es verdad, treinta años más tarde, en un momento en que la leyenda estaba en pleno florecimiento, pero, no lo olvidemos, con la reina aún viva, y que además era el mejor situado para recoger los ecos del caso, las relaciones entre Raimundo y Leonor habrían llegado muy lejos. Para retener al rey o utilizar su ejército para su propia política, el príncipe de Antioquía habría proyectado robarle, «mediante la violencia o mediante la intriga», a su mujer. Según el historiador, ésta se mostraba conforme. En efecto, dice Guillaume, «ella era una de esas locas mujeres; de conducta imprudente, como ya se había visto y como debía verse más tarde por su comportamiento, se burló, contra la dignidad real, de la ley del matrimonio y no respetó el lecho conyugal», Aquí se expresa con menos crudeza la acusación lanzada por Aubry des Trois Fontaines: Leonor carecía de' esa contención que tan bien sienta a las esposas, sobre todo a las esposas de los reyes, y que contrarresta su inclinación natural a la lujuria.
En cuanto a Juan de Salisbury, habla únicamente de una falta, aunque ampliamente suficiente, la rebelión. Resistiéndose a su marido, es decir a su amo, Leonor exigió en Antioquía separarse de él. Reivindicación evidentemente intolerable: si comúnmente se admitía que un hombre repudiase a su mujer de la misma forma que se desembarazaba de un mal servidor, la inversa parecía escandaloso. Para divorciarse, la reina invocaba el mejor de los pretextos, la consanguinidad. Declaraba que ella y él eran parientes en cuarto grado, cosa cierta, y que, hundidos en el pecado, evidentemente no podían seguir más tiempo juntos. Revelación extraña en verdad: durante los once años que llevaban casados nadie había dicho nada sobre ese parentesco, claro como la luz del día. Luis era piadoso, se sintió turbado y, «aunque amase a la reina con un amor inmoderado», se disponía a dejarla irse. Uno de sus consejeros, al que Leonor no amaba y que no la amaba, habría frenado su resolución con el siguiente argumento: «[Qué oprobio para el reino de Francia si se llegase a saber que el rey se había dejado robar la mujer o que ella le había abandonado!», Desde París, el abate Suger, el mentor de Luis VII, daba el mismo consejo: frenar el rencor y aguantar en espera del final del viaje.
Los dos cónyuges vivían en medio de sus desavenencias cuando, de regreso de la peregrinación de Jerusalén, fueron recibidos por el papa. Este se esforzó por reconciliarlos. Sacaba provecho de ese intento. Por un lado, manifestaba públicamente su poder de control sobre la institución matrimonial. Por otro temía las revueltas políticas que tal divorcio podía provocar. Los esposos comparecieron ante él -y aquí podemos seguir a Juan de Salisbury que se hallaba presente. El rey quedó encantado, dominado como estaba por una pasión que Juan de Salisbury califica de «pueril», por ese deseo que se debe dominar cuando uno es hombre, un hombre de verdad, y particularmente cuando uno es rey. El papa Eugenio III llegó incluso a casar de nuevo a los cónyuges, respetando escrupulosamente las formas, renovando todos los ritos requeridos, en primer lugar el compromiso mutuo, expresado de viva voz y por escrito; y luego la conducción solemne hacia el lecho nupcial suntuosamente adornado; en ese lugar el papa desempeñó el papel del padre, cuidando que todo sucediese como era preciso. Para terminar prohibió solemnemente que aquella unión se disolviese nunca y que nunca se volviese a hablar de consanguinidad.
Menos de tres años después volvió a hablarse del asunto y, también en esta ocasión, para justificar el divorcio. Fue en Beaugency, cerca de Orléans, ante una gran asamblea de prelados. Comparecieron testigos que juraron, cosa nada dudosa por otra parte, que Luis y Leonor eran de la misma sangre. El matrimonio era por tanto incestuoso. Por consiguiente, no era un matrimonio. El vínculo ni siquiera se había roto: no existía. Nadie tuvo en cuenta la prohibición pontificia. El rey se había resignado a seguir el consejo de sus vasallos, aquel consejo que refiere el Ménestrel de Reims a quien en este punto se puede sin duda dar crédito. En ese lapso de tiempo, ¿había sobrepasado Leonor los límites? ¿Se había portado como una golfa durante la visita a París, el año anterior, de los Plantagenet, padre e hijo? Estoy convencido de que la razón principal fue que la reina era estéril. No lo era, a decir verdad, del todo, y de haber habido esterilidad no era culpa suya, como permite pensarlo la exuberante fecundidad de que dio muestras en brazos de un nuevo marido. Pero, en quince años de conyugalidad, Leonor no había tenido más que dos hijas, y de forma casi milagrosa. La primera había nacido, tras un aborto y siete años de vana espera, después de un diálogo en la basílica de Saint-Denis. Leonor se había quejado a Bernardo de Claraval de los rigores de Dios que la impedía concebir. El santo le había prometido que sería fecunda si conseguía que el rey Luis se pusiera de acuerdo con el conde de Champaña y acabara una guerra que por otra parte tal vez ella misma había encendido. La segunda hija había nacido sólo dieciocho meses antes del concilio de Beaugency, gracias a la reconciliación de Frascati, de la nueva noche de bodas y de las abundantes bendiciones pontificias. Pero urgía que el rey de Francia tuviera un heredero varón. Aquella mujer parecía poco capaz para procurárselo. Fue rechazada, a pesar de sus encantos, y a pesar de la Aquitania, la hermosa provincia que Leonor había aportado al casarse y que se llevaba consigo al abandonar la corte inmediatamente después de la anulación.
Leonor volvía en 1152 a lo que había sido con trece años, un partido magnífico, un regalo para el pretendiente que lograse conquistarla. Muchos la acechaban. Dos estuvieron a punto de apresarla durante el corto viaje que la llevó de Orléans a Poitiers. Leonor consiguió huir de Blois, de noche, antes de que el señor de la villa, el conde Tibaldo, lograse hacerla su mujer por la fuerza; luego, siguiendo los avisos de sus ángeles guardianes, evitó pasar por donde la esperaba una emboscada del hermano de Enrique Plantagenet. Y terminó cayendo en los brazos de este último. Gervay de Canterbury sugiere que Leonor había preparado su golpe; afirma que Leonor dio a entender con un mensajero secreto al duque de Normandía que estaba disponible. Enrique, «seducido por la calidad de la sangre de aquella mujer pero más todavía por los dominios que de ella dependían», acudió corriendo. El 18 de mayo se casaba con ella en Poitiers. A pesar de los obstáculos. No me refiero ni a la diferencia de edad (Enrique tenía diecinueve años, Leonor, con veintinueve, había entrado hacía tiempo en lo que la época consideraba como la edad madura), ni de la consanguinidad, tan patente y tan estrecha como en la unión anterior; me refiero a la sospecha de esterilidad que pesaba sobre la exreina de Francia y, sobre todo, de la prohibición que había lanzado sobre ella, dirigiéndose a su hijo, el padre de Enrique, Godofredo Plantagenet, senescal del reino. No la toques, le habría dicho, por dos razones: «Es la mujer de tu señor, y además tu padre ya la ha conocido». En efecto, en la época se consideraba indecente, y más culpable que la transgresión del incesto tal como lo concebía la Iglesia, acostarse con la compañera de su señor. En cuanto a compartir con su padre una compañera sexual, se trata de incesto «del segundo tipo», del que Francois Héritier ha demostrado que es «primordial» y, por este motivo, estaba estrictamente condenado en todas las sociedades. Son de nuevo dos historiadores, cierto que tardíos y charlatanes, Gauthier Map y Giraud el Cámbrico, quienes recuerdan que Godofredo, como dice uno de ellos, «había cogido su parte de lo que había en la cama de Luis». Este doble testimonio vuelve creíble el hecho y confirma que Leonor no era de las más feroces.
Evidentemente, en las reuniones cortesanas se habían deleitado con esta aventura y todos los que envidiaban y temían al rey de Francia, o simplemente aquellos a los que les gustaba reírse, se burlaron de él. En este hecho se encuentra el fundamento de la leyenda, y los escritores que en los monasterios y en las bibliotecas catedralicias se afanaban por rememorar lo que había pasado en su época se entretuvieron recogiendo esos chismes cuando, diez años después del concilio de Beaugency, Leonor resultó de nuevo rebelde. La exreina de Francia se alzó contra su segundo marido.
Tema cincuenta años. Infecunda ya y con unos encantos verosímilmente menos resplandecientes, no era de utilidad para su hombre. Entraba en esa etapa de la existencia en que las mujeres, en el siglo XII, cuando habían sobrevivido a partos ininterrumpidos, se habían desembarazado la mayoría de las veces de su esposo; en que, disponiendo de la pensión que habían recibido durante el matrimonio, respetadas por regla general por sus hijos, sobre todo por su hijo mayor, tienen por primera vez en su vida verdadero poder y lo disfrutan. Leonor no disponía de semejante libertad. Enrique todavía estaba vivo. Sin apenas sentarse en casa, galopando siempre de un confín a otro de las inmensas posesiones que por el azar de las herencias había reunido en sus manos, de Irlanda a Quercy, de Cherburgo a las fronteras de Escocia, el rey de Inglaterra, duque de Normandía, conde de Anjou y duque de Aquitania en nombre de Leonor, nunca se había preocupado mucho de ella. Algunas veces la había arrastrado consigo a uno y otro lado del Canal de la Mancha cuando tema interés en mostrarla a su lado. La había embarazado aquí y allá, deprisa y corriendo. Ahora, la abandonaba completamente, divirtiéndose con otras mujeres. Pero seguía estando vivo.
Para sacar partido de las posibilidades que le quedaban, Leonor se apoyó en sus hijos, y especialmente en uno de ellos, Ricardo. El mayor, Guillermo, había muerto en la infancia. En 1170, hostigado por los dos siguientes que crecían y reclamaban con impaciencia una parte de poder, Enrique había tenido que ceder. Había asociado al trono a Enrique, de quince años. A Ricardo, de trece, le había concedido la herencia de su madre, la Aquitania. Leonor, naturalmente, se mantuvo detrás del adolescente, creyendo que, actuando en su nombre, podría convertirse por fin en dueña de su patrimonio ancestral. En la primavera de 1173 fue más lejos. Apoyó la revuelta de aquellos dos muchachos insaciables y de su hijo menor. Las rebeliones de este tipo que enfrentaban a los hijos con el padre que tardaba en morir eran frecuentes en esa época, pero rara vez se veía que la madre de los revoltosos tomase partido por ellos y traicionase a su marido. Así pues, la actitud de Leonor resultó escandalosa. Parecía infringir por segunda vez las normas fundamentales de la conyugalidad. Es lo que le hizo saber el arzobispo de Ruán: «La esposa, dice, es culpable cuando se aparta de su marido, cuando no respeta fielmente el pacto de alianza [...) Todos nosotros deploramos que te separes así de tu marido. Porque el cuerpo se aleja del cuerpo, el miembro no sirve ya a la cabeza y, cosa que sobrepasa todo límite, permites que las entrañas del señor rey y las tuyas se rebelen contra su padre [...J Vuelve a tu hombre, en caso contrario, de conformidad con el derecho canónigo, te forzaremos a volver a él.» Todos los señores de Europa habrían podido pronunciar una salida de tono como ésa. Todos estaban convencidos de que, como afirmaba el prelado, «el hombre es el jefe de la mujer, de que la mujer ha sido sacada del hombre, de que está unida al hombre y sometida al poder del hombre».
Enrique consiguió acabar con la sublevación. En noviembre, Leonor estaba en sus manos, capturada cuando, vestida con ropa de hombre -otra falta grave a la ley-, intentaba refugiarse junto a su antiguo marido el rey de Francia. La encerró en el castillo de Chinon. Dicen algunos que pensó en repudiarla, tomando por pretexto, una vez más, la consanguinidad. Pero sabía por experiencia que el riesgo era grande. Prefirió mantenerla prisionera en tal o cual fortaleza hasta la víspera de su muerte en 1189. Durante todos esos años se habló mucho de ella, no para honrarla, como hacen los soñadores de hoy, ni para celebrar sus virtudes, ni para convertirla en la primera heroína del combate feminista o de la independencia occitana, sino, por el contrario, para denunciar su maldad. Se habló de ella en todas partes, recordando su aventura capeta, porque sus gestos ponían de relieve los poderes terroríficos de que estaba dotada por naturaleza la mujer, lujuriosa y traidora. Demostraban que el demonio se sirve de ella para sembrar la turbulencia y el pecado, lo cual hace evidentemente indispensable mantener a las hijas bajo el estrecho control de los padres, a las esposas bajo el de los maridos, y enclaustrar a las viudas en un monasterio. En Fontevraud, por ejemplo. A finales del siglo XII, todos los hombres que conocían el comportamiento de la duquesa de Aquitania veían en ella la representación ejemplar de lo que al mismo tiempo les tentaba y les inquietaba en la feminidad.
De hecho, el destino de Leonor apenas difiere del destino de las mujeres de alta alcurnia a quienes el azar, privándolas de un hermano, había convertido en herederas de un señorío. Las esperanzas de poder de que eran portadoras atizaban la codicia. Los candidatos al matrimonio se las disputaban, rivalizando por establecerse en su casa y explotar su patrimonio hasta la mayoría de edad de los hijos que les darían. Por eso se casaban y se volvían a casar sin tregua durante el tiempo en que eran capaces de dar a luz. Este destino sólo tiene de excepcional dos accidentes, el divorcio y la rebelión, acontecimientos cuyo interés mayor es haber suscitado, por ser esta mujer reina y haberse metido en la alta política, el abanico de comentarios escritos a través de los cuales descubre un poco el historiador qué era la condición femenina en esa época, dato que, por regla general, escapa a su investigación. Sabemos muy pocas cosas sobre Leonor: no contamos con retrato alguno, tenemos nueve testimonios de cierta abundancia, ya lo he dicho, ni uno más, que sin embargo resultan brevísimos, y no obstante sabemos de ella mucho más que de la mayoría de las mujeres de su tiempo.
Como todas las chicas, a los trece años Leonor acababa de alcanzar la edad de casarse, y su padre eligió a un hombre al que ella nunca había visto y a quien fue dada. Este fue a recogerla a la casa paterna. Se la llevó a la suya tras las nupcias y, como era habitual en las familias piadosas, el matrimonio no fue consumado durante el trayecto, sino tras un respiro devoto de tres días. Como todas las esposas, Leonor vivió en la ansiedad de ver prolongarse su esterilidad. Al igual que muchas fue despedida porque se había esperado demasiado tiempo que un hijo varón saliese de su vientre. Como procedía de una provincia lejana, como su lenguaje y algunos de sus modales resultaban sorprendentes, fue mirada como intrusa por la parentela de su marido, y sin cesar espiada y calumniada. Es cierto que en Antioquía su tío Raimundo hizo de ella su juguete si no sexual al menos político. Era el único varón del linaje. Por tanto tenía sobre ella el poder de un padre. Podemos creer que la impulsó a reclamar la separación por razones de parentesco con la intención de volver a casarse con ella, en función de sus propios intereses. En la promiscuidad pululante de las grandes casas nobles, no faltaban damas que sucumbían a los asaltos del senescal de su esposo. En cualquier caso, los escritores domésticos siempre dedicaban sus obras a todas, para agradar al mando, las enaltecían con elogios zalameros sin por ello ser sus amantes. Las damas iban de parto en parto. Es lo que le ocurrió a Leonor cuando entró en el lecho del Plantagenet. A Luis VII no le había dado más que dos hijas, a Enrique le dio otras tres y cinco varones. Entre los años veintinueve y treinta y cuatro de su edad, fecundada cada doce meses dio a luz cinco hijos. La cadencia mengua después. En 1165, Leonor dio a luz el último de sus hijos que el historiador conoce, porque lograron sobrevivir y, salvo uno, no murieron antes de la pubertad. Era el décimo. En dos decenios. Tenía cuarenta y un años. Sus capacidades de reproducción, como las de todas las damas de su mundo, habían sido explotadas a fondo. Como éstas, tras la menopausia, ocupó su puesto de matrona, utilizando su ascendiente sobre sus hijos, tiranizando a sus nueras, dejando que sus intendentes administraran su pensión matrimonial, maquinando el matrimonio de sus nietas -entre otras, el de Blanca de Castilla, que en el siglo siguiente sería otra suegra insoportable. Como todas las viudas de su rango, terminó retirándose para consagrarse a un tercer esposo, éste celestial, al monasterio que su familia y ella misma durante su vida lo mismo que después de su divorcio habían colmado de favores, para purgar sus faltas. Era Fontevraud. Guillermo el Trovador, su abuelo, se había burlado abundantemente de ese monasterio, pero ya anciano también le había otorgado limosnas. Enrique ya estaba sepultado en aquella tierra. Y hasta ella había conducido Leonor los despojos de Ricardo. En ella descansa Leonor, en espera del Juicio Final.

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Lo que muchos pensaban realmente de ella en Inglaterra aparece en la forma en que los cronistas interpretaron la muerte trágica del rey Enrique II, en julio de 1189. ¿Cómo había podido Dios dejar morir a un soberano tan poderoso, traicionado por todos sus hijos legítimos, dejarle ir a la tumba desnudo, despojado de todo por sus servidores, aceptar que fuese sepultado en la abadía de Fontevraud que él no había elegido por tumba, a la que, cierto, también había enriquecido con donaciones, pero porque deseaba con todo su corazón que Leonor tomase el velo de ese monasterio para que dejase de molestarle? Es que Dios, dice Giraud el Cámbrico en el libro que escribió «para instrucción de los príncipes», tal vez estaba castigando al asesino de Thomas Becket y al descendiente del hada Melusina, hija de Satán. Con toda seguridad Dios castigaba en él la falta de su esposa. Yen primer lugar su bigamia. Leonor era bígama de forma irrefutable, eso nadie lo dudaba, y doblemente incestuosa. Prima del Plantagenet en el mismo grado que del Capeta, sus dos matrimonios eran culpables. Enrique había colaborado en esa culpa. Dios se vengaba en él.
Pero le castigaba sobre todo por el incesto «del segundo tipo», aquel pecado gravísimo que había cometido bajo el hechizo funesto de Leonor, instrumento del diablo.
En cuanto a la imagen que algunos, y sin duda muchos, se hacían de la Duquesa de Aquitania en las cortes del Norte de Francia, descubrimos sus rasgos en la larga y sabrosa chanson cuyo deslumbrante éxito verán los últimos años del siglo XII: el Roman de Renard. Al escuchar las desgracias de Ysengrin, ¿quién no pensaba en las desazones conyugales que el rey Luis había sufrido en Antioquía y que todavía treinta años después provocaban burlas en todas partes, riéndose del marido «tan celoso que creía ser cornudo todos los días», y cuyo error había sido mostrar su desgracia a plena luz, haber «repudiado a su esposa» sin vergüenza, cuando «de este tipo de asuntos, no se debe hablar»? A lo largo de ese relato chispeante y burlón, ¿quién podía dejar de pensar en la propia Leonor al aludir a esas tres mujeres, a esas tres damas, Ermeline, Fiere y Hersent, a las que Renard, «gran fornicador», alegremente «pisó la vendimia»? Ermeline, que cuando cree haberse desembarazado de su hombre, se marcha, «besando apasionadamente», «abrazando con amor» a aquel al que pretende convertir en su nuevo esposo, en su nuevo señor, el mozalbete al que ha elegido porque ya sabe que «hace muy suavemente la cosa». A propósito de la reina, la mujer del león, Madame Fiere la orgullosa, de la que Renard se apoderó por la noche cuando, muy enfadada contra su marido, ella dormía aparte, ¿quién no recordaba la buena fortuna de Godofredo Plantagenet, de visita en la corte de Francia? Despreciando las opiniones de los prudentes («Dios te guarde del deshonor»), ¿no se mostraba inclinada también Leonor a dar su anillo a los muchachos con la esperanza de que pronto vendrían, «por el amor» prometido por esa prenda, a «hablarle en privado y sin gran ruido»? Y el poeta, explotando el amplio eco del escándalo, ¿no se las ingenió para que sus oyentes reconociesen a la reina Leonor bajo los rasgos de Hersent la adúltera, Hersent la provocadora, la zalamera, reprochando a los galanes desde su lecho de parturienta temer demasiado la cólera del marido, no visitarla tanto como a ella le gustaría en su cuarto, y, complaciente, entregándose de buena gana a todos los placeres del juego? Hersent, para quien ese juego es la razón de vivir y que abandona a Ysengrin, su hombre, cuando éste demuestra que ya no lo es: «Si ya no puede hacer la cosa, ¿qué estoy haciendo con él»? ¿,Hersent, la «puta» que, «teniendo un marido, toma otro»? Bígama.
Quien en esa época oía hablar de Leonor pensaba en el sexo. El sexo, tema principal del Renard en lo más chispeante de su crítica social. Leonor-Ermeline, Leonor-Fiere, Leonor-Hersent, esa mujer es la encarnación de la lujuria, de la «corrida». Sólo piensa en eso, y en el fondo los hombres están de acuerdo con ella porque para ellos la mujer es un juguete, más atrayente desde el momento en que está devorada de deseo. Lo importante: que ella respete las reglas del juego bajo las que se enmascara el sexo. Que todo ocurra de forma discreta, sin escándalo, sin violencia. Y sin quejas. Al que se condena es a Luis VII: incapaz de apagar los ardores de su compañera, tuvo el mal gusto de mostrarse celoso. En cuanto a Renard, se le perdona, porque Renard ama y por su experiencia en amor. En el amor cortés, evidentemente. Si la dama responde a sus avances y acepta su «amor», los hombres tienen derecho a perseguirla y a tomarla. Leonor era una buena excusa. Su supuesta conducta justificaba todos los excesos y que uno se divirtiese libremente a despecho del matrimonio. Por eso sin duda André le Chapelain la mete en su Tratado, también en tono burlesco, sentándola en el centro de una corte de amor, como legisladora imaginaria y risible de los preceptos de la cortesía. Por desgracia, tales facecias, igual que los elogios ampulosos de los trovadores, se tomaron y se siguen tomando hoy día en serio. ¿Celebrar las virtudes de Leonor? ¿Reírse o indignarse por sus faltas? Por lo que a mí se refiere, me inclinaría más bien a compadecerla.

Traducción de Mauro Armiño
© Editions Gallimard, 1995 © Ed. cast.: Alianza Editorial, S. A. Madrid, 1996

Georges Duby (París, 1919 -Aix-en-Provence, 1996) historiador francés, especialista en la Edad Media. Particularmente en los siglos X, XI y XII de la Europa occidental, Duby estuvo asociado con la Escuela de los Annales, fundada en 1929 por Marc Bloch y Lucien Febvre, que promulgaban la Nueva Historia, con énfasis en los procesos de larga duración, sociales y económicos, y que tuvo luego como máximo exponente a Fernand Braudel.



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