Jean Rostand – Presente y porvenir de la persona humana




La palabra persona viene del latín persona, palabra de origen desconocido, que según el Gran Larousse «significaba propiamente la máscara que llevaban los actores y posteriormente, por metonimia, papel de un actor, personaje representado por él. Por fin, la palabra ha terminado por significar generalmente la idea de individualidad, de personalidad». 
Esta noción de personalidad, de individualidad, ocupa, como se sabe, un lugar importante en medicina, en psicología, en pedagogía, en criminología, en moral, en filosofía, en política, en literatura y, sobre todo, en la experiencia cotidiana de la vida, donde domina las relaciones interhumanas. 
De esta experiencia trivial es de la que queremos partir hoy, dejando deliberadamente de lado los antiguos debates de los realistas y nominalistas sobre el principio de individuación, sobre la ecceidad (1), la ipseidad (2) y otros escolasticismos.
¿Qué es, por tanto, para todo el mundo, una persona humana? 
Es un extraordinario compuesto de cuerpo y alma, una mezcla psicosomática; es un rostro, unas expresiones, una sonrisa, una mirada, el timbre de una voz, los gestos familiares, una manera de andar, una escritura (este «retrato vivo», como decía Marceline Desbordes-Valmore); es una sensibilidad, un carácter, un cambio de ánimo, una gracia, un pasado... Es, en resumen, todo un mundo, un microcosmos inagotable: ¿quién osaría, incluso con el talento minucioso de un Marcel Proust, ensayarse en el inventario completo de una persona, aunque fuese la más sencilla, la más corriente, la más trivial, la más transparente, la más legible? 
Y quiero citar, a este propósito, como preámbulo, una página que siempre me ha parecido extremadamente chocante y emocionante en su desnudez, una página en la que el gran escritor místico Novalis ha esbozado la descripción de una joven: se trata de su pequeña prima Clarisse, a la que considera como su novia y que por aquel entonces no contaba más de catorce años; ¡debía morir un año más tarde, en 1797! Pocos fragmentos literarios nos dan tan bien como este la sensación de penetrar en ese minúsculo universo que constituye un ser humano. 
«Su madurez precoz ... , su actitud en la enfermedad, sus visiones. ¿De qué habla con gusto? ... Sus juicios, sus opiniones, su manera de vestirse. Baile. Su actividad en casa..., oído musical. Su gusto. Sus rasgos. Su rostro. Su vitalidad, su salud, su situación política. Sus movimientos. Su lenguaje. Su mano ... ¿Qué te gusta comer? Su modo de regocijarse, de entristecerse. Lo que más le gusta en un ser humano, en un objeto... El tabaco que fuma ... El miedo a los espectros. Su espíritu de economía, su cara cuando se dicen frescuras. Su talento de imitación. Su generosidad... Es irritable, susceptible... Su temor a las bromas. Su preocupación por los juicios de otros. Su espíritu de observación. Tiene un miedo atroz a las ratas y a las arañas . No se deja tutear.. . Un signo sobre su mejilla. Sus platos preferidos: la sopa de hierbas, la carne de buey, las judías, la anguila. Gustosamente bebe vino. Le gusta el espectáculo, la comedia. Medita mucho más sobre los otros que sobre sí misma ... » 
Sí, confieso que este pasaje me parece extraordinariamente evocador, ya que es el rudimento de lo que podría ser el retrato completo, exhaustivo de una persona. En esta seca enumeración, en la que todo se pone en el mismo plano, el mental y el carnal, lo importante y lo accesorio, lo profundo y lo superficial; en esta corta diagnosis que hubiera podido seguir Novalis sin que jamás se agotara, aunque fuesen 10.000 páginas el contenido de la pequeña Clarisse, veo algo semejante a la ilustración del pensamiento de Leibniz: «La individualidad contiene en sí misma, por así decir, lo infinito en germen.» 
¿Es necesario añadir que tales líneas no podrán haber sido escritas más que por un enamorado? Sólo un enamorado puede valorizar hasta tal punto los mínimos rasgos, dar un destino a las ínfimas particularidades de un ser. En lo que uno ama no se elige, se toma todo en conjunto. El amor es el más seguro y más sensible reactivo de la individualidad. Lo que no quiere decir, por lo demás, que se quiere todo lo del ser amado, y de aquí es de donde provienen la mayor parte de los equívocos y las tragedias del amor. 
En lo que atañe a la personalidad humana, cuántas citas acuden a nuestra mente; y será una hermosa antología la que esté consagrada a la singularidad del ser. 
Montaigne: «Porque era él, porque era yo...» 
Pascal: «La diversidad es tan amplia como todos los tonos de voz, todos los andares, las formas de toser, de sonarse, de estornudar.» 
Vigny: «Ama lo que nunca se verá dos veces.» 
Bernard Shaw rebaja la singularidad individual: «Amar a una mujer es sobreestimar la diferencia entre una mujer y otra.» Mientras que William James la exalta: «Hay poca diferencia entre un hombre y otro, pero esta diferencia lo es todo. » 
La diversidad de rostros humanos ha excitado la curiosidad de los pensadores e inspirado a los escritores toda la vida. 
Plinio: «Aunque en el hombre el rostro no esté compuesto más que de diez partes, sin embargo, no existen entre tantos miles de individuos dos rostros de parecido perfecto; y el arte, a pesar de sus esfuerzos, no puede alcanzar esta diversidad en el número muy limitado de sus combinaciones,» 
Fontenelle preguntaba: «¿Qué secreto tendrá la naturaleza para hacer tantas variaciones de una cosa tan simple como un rostro?» 
Por su lado, el anatomista Lemery se extasiaba de hasta dónde puede llegar la -diferencia de los rostros aunque estén formados todos sobre el mismo modelo, es decir sobre el mismo número, la misma naturaleza, la misma forma, la misma colocación de partes. Esta diferencia es tal, que si en la multitud de hombres que pueblan el universo el azar pudiera encontrar dos rostros que, colocados uno al lado del otro, se pareciesen en todo perfectamente para no dejar apercibir ninguna diferencia que pudiese servir para distinguirlos, sería uno de los fenómenos de la naturaleza más singular y curioso por su novedad. 
Según Lemery, la variedad de la figura humana estaba ya en el plan, en la intención de la naturaleza; es querida por el Creador, ya que es necesaria al orden social. Si, en efecto, todos los hombres fueran «tan perfectamente parecidos que no se pudiese percibir nada de particular, ¿cómo se reconocerían? Tendrían los ojos abiertos los unos frente a los otros sin verse, o, por lo menos, sin distinguirse; tendrían tan pocos medios de hacerlo, cual si fuesen ciegos; se perderían en todo momento sin encontrarse, y este martirio continuo les haría detestar aún más la sociedad, que entonces no podría procurarles los bienes que les procura en la situación contraria.» 
El delicado Joubert se contenta con decir: «Solamente por el rostro se es uno mismo.» 
Uno de nuestros ilustres contemporáneos, Francois Mauriac, en una obra, en la que nos ha confiado lo más profundo de su pensamiento -Lo que creo-, cuenta la extraordinaria emoción que suscita en él el espectáculo de la diversidad de los rostros: «Un milagro que ya ni siquiera vemos, por ser tan corriente como es, el que ningún rostro humano, de tantos como existen y han existido, reproduzca a otro... No se encuentran dos rostros semejantes en la naturaleza. No hay ningún rostro que reproduzca rasgo por rasgo uno de los millares de vivientes que nos han precedido. Un ser humano es sacado en ejemplar único y nunca jamás repetido desde que el mundo es mundo. Este rasgo singular, irreemplazable, de la más humilde criatura humana, es un hecho, una evidencia..., y nos confundir la gente entre sí, nos los hace reconocer entre la masa..., este carácter singular me ayuda a comprender que cada uno pueda ser el héroe de este drama de la salvación, cuya apuesta es la eternidad.» 
De la singularidad de cada ser humano el biólogo Vandel saca una lección moral: 
«Un hombre no es uno de los representantes intercambiables de una especie, sino una persona diferente a cualquier otra, y, por consiguiente, irreemplazable. Suprimir un solo hombre es, más o menos, empobrecer la humanidad de una manera segura.» 
Ya el filósofo Schopenhauer había escrito: 
«El profundo deber que nos hace sentir la muerte de un amigo proviene del sentimiento de que en cada individuo hay algo indefinible, propio únicamente de él y, por consiguiente, absolutamente insustituible. Omne individum irreparabile.» 
Es el mismo sentimiento que encontramos de nuevo en una página admirable en la un eminente médico, el profesor Hamburger, ha anotado las reflexiones que le inspira una niña, Nicole, sobre la que va a intentar la arriesgada operación del trasplante de riñón: 
«Recuerdo -escribe-a esta niña enclenque, su mirada atemorizada, su pálida tez, sus rasgos tan profundamente marcados por el sufrimiento. ¿Había que resignarse a ver pararse esta vida, bajo pretexto que nueve hermanos y hermanas bastaban para perpetuar la familia? Desde lo más profundo de las raíces por donde se inserta en nosotros la carrera de médico, sentimos que es imposible consentir esta actitud. Nuestra regla simple y sin más vueltas, es la de conservar la vida sea como sea, y no la vida de la colectividad, sino la vida del individuo. Desde luego; es verdad que esta pequeña Nicole no es absolutamente nada, nada más que un eslabón fracasado, nada que ofrezca un interés pragmático para la especie. Pero esto no quita nada para que sea irreemplazable. No sé exactamente por qué tiene tanto precio y por qué estoy tan afectado por la idea de su muerte, ya que sé que ésta, un día u otro, será' inevitable. ¿Por qué cada gota de esta vida es tan preciosa, cada hora ganada tan necesaria? ¿Quizá esta pequeña Nicole es insustituible por el único hecho de no ser igual a ninguna otra? Ninguna niña, ni siquiera su hermana gemela, posee exactamente el alma, el pensamiento, la sensibilidad, el mundo interior de Nicole. He aquí por qué los fundamentos de nuestra ética son sencillos. El juez puede quejarse de que la justicia es, por definición, complicada; el político puede dudar sobre los principios de su acción; el arqueólogo puede elegir entre veinte programas diferentes; nuestra meta sólo tiene un objeto: la salud y la vida del hombre tomada en tanto que individuo, como individuo único. No tenemos que filosofar sobre la significación de esta vida, sobre su valor para la comunidad, sobre su lugar en la continuidad humana. Para nosotros, la más frágil, la más precaria, la más inútil de las vidas tiene todavía un valor infinito.» (Bruxelles Medical) 8 octubre 1961.) 
Para el biólogo Darlington, el reconocimiento de la individualidad humana debería de ser «el fundamento mismo de toda legislación». En cuanto al sociólogo J. Fourastié, desea que la sociedad futura, al establecer sus reglas, haga valer el derecho de esa originalidad de cada persona, para lo cual exige una cierta individualización de las soluciones colectivas. «El reconocimiento objetivo de la diversidad de necesidades económicas, afectivas, filosóficas, estéticas y espirituales de los hombres debe conducir a la sociedad del siglo XXI) a la tolerancia, a la diversidad coexistente de las producciones, de las relaciones humanas, de las actividades y de los centros de interés.» 

Acabamos de ver cómo la singularidad individual -la singularidad de la persona-es objeto de curiosidad, de sorpresa, de emoción, de amor, de preocupación, de consideración, de respeto; vemos cómo en el creyente puede asegurar la convicción religiosa; en el biólogo y en el médico, reforzar el respeto a la vida; en el sociólogo, invitar a la tolerancia y hacer-legítimo el deseo de precaver al individuo contra el despotismo del grupo; en el filósofo, como en todo el mundo, acentuar la confusión frente a la muerte, que con una raya tacha el infinito... 
Hora es de preguntarse de dónde proviene y cómo se constituye esta individualidad. 
¿Qué es lo que hace que un ser sea él mismo? 
Aquí no se puede dejar de aplicar algunas precisiones de orden biológico, ya que la individualidad comienza desde el momento de la concepción. 
Toda ser humano proviene de una célula inicial, el huevo, formado, a su vez, por la conjunción de dos células procedentes, respectivamente, de dos padres: célula femenina, u óvulo; célula masculina o espermatozoide. 
En cada una de estas células se encuentra una vesícula, el núcleo, en el que habitan, en número constante, finas partículas: los cromosomas. Son 23 en cada célula; el huevo contendrá, por tanto, 46, es decir, 23 pares, de los cuales cada uno está formado por un elemento paterno y un elemento materno. 
Los cromosomas, hoy día ni lo dudamos, son los principales artesanos de la herencia y, por tanto, en gran parte, los responsables de la persona. Si lo son, es debido a que encierran un gran número de moléculas de cierto ácido muy complejo -el ácido desoxirribonucleico (abreviadamente, D. N. A. o A. D. N.), y de este A. D. N. -del que se ha hablado mucho en estos últimos tiempos, ya que su estudio está unido a las hermosas investigaciones que han valido a Francia la gloria de un premio Nobel-empezamos a penetrar en la estructura, y será uno de los mayores éxitos de la bioquímica moderna el haber aclarado de tal modo la naturaleza de los elementos materiales que contribuyen, de una manera tan poderosa, a hacer de cada uno de nosotros lo que es. 
Cada una de las moléculas de A. D. N. se compone de dos largos, muy largos, filamentos, enrollados en espiral y constituidos por una cadena de unidades elementales (nucleótidos), que caracterizan la presencia de uno de los siguientes compuestos orgánicos: adenina, guanina) timina) citosina. 
La adenina y la guanina son bases llamadas púricas; la citosina y la timina, bases pirimídicas. 
¿Lenguaje un tanto enrevesado? De acuerdo... Pero no hay que temer el nombrar estas cuatro bases, nombrarlas y volver a nombrarlas, ya que será necesario que sus nombres sean conocidos por todos. Adenina, guanina) timina, citosina: estas palabras deben entrar en el lenguaje corriente, como entraron gene y cromosoma. Nadie deberá enfadarse ante este rudimento de la química, que es indispensable para el esclarecimiento del hombre. 
«La Herencia, único dios del que se conoce el nombre», decía Osear Ahora sabemos más que el nombre, ¡sabemos la fórmula! 
Y, partiendo de esto, podemos seguir hasta el invisible análisis de ese «yo que sé», de ese «tan poca cosa» que cuando produce el amor, puede tener -como decía Pascal-terribles efectos. 
¡Una base púrica desplazada en una molécula y he aquí que la nariz de Cleopatra se hubiese hecho más corta y hubiese cambiado toda la faz de la Tierra! 
Las propiedades del patrimonio hereditario dependen, en efecto, del modo en que se encuentran arregladas y ordenadas, en las moléculas que lo componen, estas cuatro bases a partir de las cuales se engendra toda la diversidad genética de la especie, del mismo modo que toda la literatura se hace con veintiséis letras y toda la música con siete notas. 
Varios millares de estas bases están presentes en un huevo humano; el número de sus combinaciones, de sus posibles modos de ordenarse es tan elevado, que es prácticamente imposible que el azar de las combinaciones genéticas llegue a formar dos huevos de idéntica estructura molecular. 
Por tanto, se puede afirmar que, en cada huevo humano, la dote química -o lo que viene a significar lo mismo, el patrimonio hereditario-es rigurosamente exclusiva de este huevo. Todo hombre, al comienzo de la existencia, es solo, único en su tipo. Jugará el juego de la vida con un «baza» que jamás sirvió a nadie. 
Incluso aunque la especie humana durara trillones de años, no existiría repetición genética, no aparecerían en el planeta dos individuos portadores de la misma herencia. 
Este es uno de los grandes hechos de la biología que jamás será subrayado con la debida fuerza. Cuando el ser humano se encuentra todavía en estado de célula microscópica e invisible, ya está singularizado, es único, ya se hallan firmemente establecidas las bases de su yo. 
En la colección de moléculas que ha heredado de sus padres, una gran parte de la persona se halla irrevocablemente inscrita y determinada con anterioridad. Los rasgos del rostro (de ese rostro cuya diversidad ha intrigado tanto a los pensadores), la coloración y la calidad del cabello; la forma, la longitud, el modo de implantación de las pestañas y de las cejas; la coloración de la piel; el dibujo y el color del iris; el volumen, la forma y los pliegues de la lengua; las dimensiones y las líneas del pabellón de la oreja; la forma y distribución de los dientes; la disposición de las líneas de la mano y de las crestas de las papilas táctiles; el grupo sanguíneo, el factor Rh (Rhesus), etc. 
La unicidad genética se expresa, principalmente, por algunos rasgos físicos, tal como las marcas digitales, que comienzan a dibujarse desde el cuarto mes de la vida fetal. 
Toda persona poseedora de un «documento de identidad» sabe que un pequeño rectángulo de éste se encuentra reservado para la fijación de una huella digital -del índice izquierdo, generalmente-. Este proceso de identificación está fundado en el hecho de que no existen dos individuos que tengan las huellas totalmente semejantes. 
En una huella digital -nota el doctor y abogado Balthazard-se pueden revelar unas cien particularidades; y para tener la suerte de dar con dos huellas que coincidan en dieciséis particularidades, se estima que será necesario examinar 4.294.967.296, número superior al de los habitantes del Globo... 
A partir de diecisiete coincidencias, las posibilidades se hacen prácticamente nulas; dicho de otro modo, se puede afirmar que las dos huellas provienen de una misma persona. 
Además, las huellas digitales no constituyen el único elemento de identificación; se pueden utilizar también las huellas. de las palmas de las manos y de los pies, y aún más, un conjunto bien elegido de caracteres estructurales. 
Se atribuye frecuentemente a Bertillon haber sido el primero en tener la idea de usar las huellas digitales. Realmente, los promotores de este método son Faulds, en el Japón (1878), y Francis Galton, en Inglaterra (1888), método al cual Bertillon se adhirió en la última época de su vida. 

Si la persona física depende en gran parte de la dotación química constituida por los ácidos nucleicos germinales es evidente que también depende, en gran parte, del modo de vida del sujeto, de las circunstancias que ha padecido. La talla, por ejemplo, depende de la cantidad de alimentos recibida en edad temprana. El sistema muscular se desarrolla con el ejercicio, etc. 
Si se trata de la persona intelectual y moral, el papel de los factores externos es también muy poderoso, aunque, respecto a esto, así como los ácidos nucleicos personalizan al individuo, se concibe que el espíritu, la sensibilidad, el carácter, pueden ser influidos por la educación, la cultura, el medio escolar y social, el clima familiar, las relaciones afectivas con los padres, hermanos y hermanas, por las amistades, por los compañeros, los espectáculos, las lecturas, etc., sin olvidar el estado físico de la madre durante el embarazo, las primeras sensaciones del recién nacido, los primeros rostros advertidos, el modo de alimentarlo en su infancia, la manera de destetarlo ¡e incluso el nombre que se le da! 
Sobre esa influencia -posible-del nombre, citaré un fragmento curioso, poco conocido de Bernardin de St. Pierre: 
«Un niño -escribe el autor de Paul et Virginie-se encasilla por su nombre... He visto niños desgraciados, tan enojados con sus compañeros, e incluso con sus propios padres, a causa de sus nombres bautismales que conllevaban una idea de simplicidad y campechanismo, tomar insensiblemente un carácter opuesto: de maldad y ferocidad. Dos de nuestros más famosos escritores satíricos, de teología y poseía, se llamaban, uno, Blaise Pascal, y el otro, Colin Boileau ...(3)
Así, para Bernardin de St. Pierre, la ferocidad de las Provinciales tendría por causa la benignidad del nombre: ¡Blaise! 
Sin adherirme a esta interpretación, admito que todo puede actuar sobre un individuo, todo ¡salvo la posición de los astros en el momento de su nacimiento! 
Señalemos, además, que hay una interacción continua entre la persona física y la moral. El humor y el carácter dependen de la cenestesia e incluso, hasta cierto punto, de la imagen reflejada por el espejo. Un hombre muy corpulento o muy grande no tendrá el mismo carácter que un hombre débil o de talla pequeña, como tampoco una mujer muy fea lo tendrá como una mujer muy guapa, etcétera. 
A su vez lo moral no deja de influir sobre el aspecto físico. Se ha podido decir que, después de una cierta edad, cada uno tiene el rostro que merece. Esto es, sin duda, exagerado; pero el interior anima y modela el exterior; la tontería, la maldad, la amargura, la mezquindad, el mal humor se graban en el rostro, así como sus contrarios. 
Pero no se terminaría nunca de nombrar las causas, los factores que pueden cooperar con el patrimonio hereditario para moldear al individuo. 
Abreviando, cada uno de nosotros es lo que es porque ha salido de un huevo determinado y porque ha vivido cierta historia; es doblemente único, gracias a la singularidad de su origen y a la singularidad de su aventura personal. 
Pensemos en la descripción que ha dado Novalis de su joven novia: es probable que su «oído musical» se hallase inscrito en sus genes, pero de todo lo demás, ¿quién podría aclarar qué es lo que se debió a los ácidos nucleicos de Clarisse y lo qué se debió a las circunstancias? 
Hemos insistido en el papel que desempeña, en la génesis de la persona, la personalidad química de la célula original. 
Y esta personalidad se mantendrá a través de todas las divisiones celulares que, a partir del huevo, van a efectuarse en el organismo, de tal manera que se hallará en cada una de las miles de millones de células que componen al individuo. Los glóbulos sanguíneos de Pablo, las células de su epidermis y de sus glándulas, las fibras de sus músculos, las neuronas de su cerebro, difieren, por sus ácidos nucleicos, de los glóbulos sanguíneos, de las células epidérmicas y glandulares, de las fibras musculares, de las neuronas de Pedro. 
Pablo y Pedro son ellos mismos -y únicos-hasta en el último de sus elementos. 
Además, esta identidad se conservará durante toda la existencia, a pesar de la renovación de los tejidos, tan activa para algunos de ellos; a pesar de la decadencia senil, de los cambios de aspecto, de las enfermedades, de los accidentes, de los tratamientos médicos, e incluso, de las transfusiones de sangre. 
Desde la concepción hasta la muerte, la personalidad biológica permanece invariable, constante; cada uno permanece fiel a sí mismo hasta el final. 
De todas formas, en algunos individuos con herencias mosaicas (4), el cuerpo contiene partes que no se hallan conformes con el resto de su persona y no responden a la determinación genética dada por la célula-huevo. Es debido a que, a lo largo de su desarrollo, se ha producido un cambio en el contenido cromosómico de una de sus células (mutación somática): toda la descendencia de la célula mutante habrá heredado la mutación. 
Así se producen los ojos de dos colores, o los zarcos, por efecto de una mutación que ha afectado a las células formadoras de uno de los iris. 
Accidentes de esta índole pueden alcanzar a los cromosomas llamados sexuales, que intervienen en la determinación del sexo, produciendo individuos sexualmente heterogéneos, que presentan una mezcla de tejidos masculinos y femeninos, accidentes que pueden compararse a los de esas extrañas mariposas que tienen por un lado alas de macho, y, por otro, alas de hembra. 
Otros mosaicos asocian tejidos normales a tejidos de «mongólico». Incluso se han señalado algunos que asocian tres, e incluso cuatro, tipos de poblaciones celulares; y además sólo conocemos los mosaicos fácilmente descubribles mediante el examen de los cromosomas. ¡Cuántos otros, más finos, pasarán inadvertidos! 
Una de las importantes novedades de la biología humana es la revelación de estos seres que son genéticamente varios en uno solo. 
Es verosímil que los tumores malignos -o al menos algunos de ellos-son debidos, como los mosaicos, a mutaciones somáticas, pero que se producirían en edad adulta. En este caso, la minoría celular de nueva formación estaría dotada de propiedades agresivas y tendría el funesto poder de destruir la mayor parte del ser. 

Si existen, como acabamos de ver, hombres que son varios en uno, existen también al contrario, uno en varios: son los verdaderos gemelos. 
¿Por qué verdaderos? 
Porque los hay falsos. 
La especie humana cuenta, en efecto, dos clases de gemelos o individuos nacidos de un mismo parto: unos -llamados falsos gemelos-proceden de dos óvulos diferentes, que han sido fecundados por dos espermatozoides diferentes. Los otros -los verdaderos- proceden de un solo y mismo óvulo, fecundado por un solo espermatozoide, que se ha dividido en dos en un cierto estado de su evolución. 
La verdadera gemelidad es aproximadamente dos veces y media menos frecuente que la falsa; desde que un embarazo doble se produce una vez en ochenta embarazos, el nacimiento de verdaderos gemelos se produce una vez en doscientos embarazos. 
Un huevo humano produce algunas veces más de dos individuos gemelos y hasta tres o cuatro, e incluso cinco, como en el famoso caso de las pequeñas Dionne, del Canadá. 
Los falsos gemelos llevan, evidentemente, patrimonios genéticos diferentes. Cada uno de ellos tiene su propia personalidad, su unidad biológica. Son, a fin de cuentas, dos hermanos o hermanas ordinarios, pudiendo ser de sexo diferente, el uno moreno y el otro rubio, uno alto y el otro bajo... En cambio, los verdaderos gemelos, siempre del mismo sexo, se parecen de un modo que llama la atención y hasta en el más pequeño detalle de la morfología y de la fisiología. Son «el mismo individuo en dos ejemplares», según la acertada fórmula del doctor Apert. 
Seguramente pensaba en verdaderos gemelos cuando Pascal escribió: «Dos rostros parecidos, de los que ninguno en particular produce risa, hacer reír juntos por su parecido». Frase que Bergson comentaba a la luz de su teoría sobre la risa, diciendo que «la vida bien viva no debería repetirse jamás. Analicen ustedes su impresión frente a dos rostros que se parecen demasiado; verán cómo piensan en dos ejemplares obtenidos con un mismo molde, o en dos reproducciones del mismo cliché, o en dos huellas del mismo sello; en resumen, en un procedimiento de fabricación industrial. Esta tendencia de la vida hacia la mecánica es la verdadera causa de la risa (5)». 
Se cita el caso de dos jefes de orquesta, gemelos verdaderos, que podían cambiarse a lo largo de un concierto sin que nadie en el auditorio se diera cuenta. 
Cuando uno de los gemelos verdaderos es un hombre célebre, cuyo rostro y silueta son universalmente conocidas, como en el caso de los hermanos Piccard, la identidad es aún más «espectacular». 
Incluso en lo que se refiere a huellas digitales -carácter individual entre todos-, el parecido entre verdaderos gemelos es generalmente muy acusado. 
De todas formas, estas huellas pueden servir para distinguir verdaderos gemelos por lo demás muy parecidos. 
Según Ch. Sannié, una mujer, en el Estado de Indiana, tenía dos hijas, verdaderas gemelas, cuyo parecido era tal, que temía no poder reconocerlas. Se dirigió a la oficina de Investigaciones de Evansville, que hizo tomar sus huellas y establecer sus fórmulas digitales; desde entonces, la confusión ya no era posible. 
Viene a la mente la historia de Mark Twain, que decía no saber si vivía aún porque, en su infancia, su madre lo había mezclado en el baño con un hermano gemelo, ahora muerto... 
Naturalmente, el hecho del parecido entre los gemelos no debe inducirnos a pensar que haya entre ellos una misteriosa comunicación psíquica; y nadie creerá lo que contaba hace poco un periódico de la tarde, a saber: que cuando una gemela se corta el dedo, la otra gemela sentía el dolor a distancia. 
¿Es necesario subrayar el inmenso interés biológico, psicológico 'e incluso filosófico que está unido al estudio de estos seres idénticos en su principio, y, por tanto, originariamente comparables? Nos permite, en algunos casos, desenredar lo que en la formación de la persona pertenece a la herencia y lo que pertenece al medio. Un gemelo es, evidentemente, por lo que al otro se refiere, un «testigo perfecto». 
Además, hay que saber que, incluso cuando dos verdaderos gemelos están criados en condiciones que parecen idénticas, éstas no lo son jamás del todo; no ocupaban el mismo lugar en el útero; uno ha tenido una enfermedad, el otro no; uno ha leído un libro que el otro no ha leído... Su origen ha podido ser el mismo, pero su historia es personal. 
Precisamente porque el caso de los verdaderos gemelos constituye una infracción y una especie de reto a la gran' ley de la unidad biológica de la persona, dicho caso destaca, acusa esta unidad. El hecho de que sean dos los que se repartirán el mismo yo biológico, nos recuerda que somos los únicos en poseer el nuestro, que sólo somos uno en nuestro ser. Y si el tema de los gemelos ha sido tan abundantemente explotado por los escritores, sobre todo por los autores dramáticos, desde los griegos Antígonas, Anaxandrida, Aristófanes, Jenarques, Alexis, Eufion, Posidipo, Menandro, hasta Jean Cocteau, Jean Giraudoux, Sacha Guitry y Jean Anouilh, pasando por Menaechmi, de Plauto, no es únicamente por proporcionar una fuente de graciosos equívocos, sino, también, porque concreta la emocionante noción de la personalidad biológica. 
«Si jugamos -dice el psicólogo René Zazza-con el parecido de los gemelos en nuestras fábulas nuestras leyendas, si lo tornamos tantas veces en ridículo, es, sin duda, para librarnos del malestar que este parecido nos produce.» 
Y añade: «La actitud de todo hombre con respecto a la idea del doble, del sosias) del gemelo, es mucho más completa que una simple reacción de intolerancia. Está formada de angustia, de deseo, de rebelión, pero también de una extraña fascinación. Sin duda es porque en todo hombre, incluso en el menos metafísico de los hombres, se plantea la cuestión de ser o no ser. La idea del doble representa una respuesta ambigua a esta cuestión... Contiene a la vez la amenaza de una alienación, de una disgregación y la promesa de un descubrimiento, de una toma de posesión de sí mismo.» 
En lo que respecta a las relaciones psíquicas entre los gemelos, Zazzo ha puesto de relieve las turbaciones de la personalidad, que están unidas a la situación de los gemelos. En general, los dos gemelos están unidos por un «extraño amor», pero también se constata, a veces, reacciones de agresividad, incluso de rebelión frente al compañero demasiado parecido. La presencia de un «doble» irrita el narcisismo y torna más difícil la construcción del yo. Se produce el conflicto entre «el placer de parecerse y la necesidad de ser una persona». 
¿No nos confía acaso Simone de Beauvoir en sus Memoires d'une Jeune fille rangée, que hubiera tenido, en lo que a ella atañe, una gran dificultad en soportar la existencia de una gemela, que hubiera quitado a su persona «lo que le daba todo su valor: su gloriosa singularidad»? 
Al existencialismo no le gusta repartir... 

Hasta estos últimos años era un dogma en biología la identidad orgánica de los gemelos verdaderos. 
Y sabemos que en la actualidad esta regla tiene muy pocas excepciones. 
Puede ocurrir que, en el momento en que el huevo se fracciona para producir dos verdaderos gemelos, suceda una mutación en uno de los fragmentos; por ello el doctor Lejeune ha podido constatar por qué en una pareja de gemelos verdaderos, uno era sexualmente normal (de tipo masculino), mientras el otro presentaba el tipo femenino. La célula de donde nació este último había perdido un cromosoma sexual -el cromosoma X- que determina la masculinidad. Se trata, en resumidas cuentas, del mismo accidente que hemos visto que acaecía en la formación de los seres mosaicos. 
Si en el interior de un mismo individuo es posible la pluralidad genética, ¿cómo extrañarse de que lo sea en una pareja, de verdaderos gemelos? 
Dos verdaderos gemelos, no idénticos, constituyen un «mosaico disociado», fenómeno rarísimo, ya que exige la concurrencia de dos sucesos, que resultan improbables que se den separadamente: el fraccionamiento del huevo y una mutación. 

La diferencia genética, creadora de la diversidad individual en la especie, tiene amplias consecuencias. En primer lugar, ofrece la ventaja de ser un seguro contra un cambio de circunstancias. Si una población estuviera únicamente constituida por individuos genéticamente iguales, correría el riesgo de perecer toda ella bajo el efecto de un cambio en el medio externo que les fuera contrario. Pero, precisamente por su variedad, para algunos de ellos existen oportunidades de sobrevivir y de crear una descendencia mejor adaptada a las nuevas circunstancias. 
Algunos teóricos de la evolución han llegado a pensar que si la generación sexuada se ha desarrollado en las estirpes vivientes, es precisamente porque es creadora de esta diversidad individual, que resulta ventajosa para la especie. 
Pero esta diversidad tiene sus inconvenientes: cuando se pretende injertar un órgano o un tejido de un individuo a otro, el injerto tiene pocas probabilidades de éxito. 
Todo pasa como si cada unidad individual, cada persona biológica -cada «patria orgánica», por emplear la expresión del gran fisiólogo Paul Bert- se negase a adoptar el material celular proveniente de otra patria. 
Totalmente diferentes son, de hecho, los resultados de un autoinjerto, es decir, de un injerto practicado entre dos «territorios» de un mismo sujeto, y los de un homoinjerto, es decir, de un injerto practicado entre dos individuos distintos. Si se quita un trozo de piel del muslo de un individuo, para trasplantarlo sobre la espalda o la frente, el éxito de la operación es casi seguro. Incluso se puede pegar un lóbulo de la oreja, un trozo de nariz, a condición de que el injerto sea hecho sin demora. 
En cambio, el homoinjerto casi no conoce más que fracasos. Un pedazo de piel, un órgano, trasplantados de un sujeto a otro, se necrosan rápidamente y terminan por ser eliminados. El organismo de Pedro se opone a los tejidos de Pablo, se defiende contra ellos, manifestando así una especie de xenofobia biológica. 
Si uno recuerda lo que hemos dicho sobre los gemelos verdaderos -que son «el mismo individuo en dos ejemplares»-, se comprenderá que un injerto de uno a otro deba de salir bien, fácilmente, ya que el homoinjerto se transforma, en este caso, en un autoinjerto. Mediante esto mismo se dispone de un medio para «tratar» la verdadera gemelidad. Si un microinjerto de piel se realiza de un sujeto a otro con éxito, se puede concluir que se trata de dos gemelos verdaderos. 
Tener un gemelo verdadero es, por tanto, en cierto modo, una garantía biológica, ya que es poseer, en caso de necesidad, un depósito de órganos o de tejidos. Se ha visto a un hombre atravesar el Atlántico en avión para llevar a su hermano gemelo, que resultó con graves quemaduras, los pocos dm2 de piel que necesitaba, ya que era el único en el mundo que podía suministrárselos. 
La ciencia dispone, desde hace algún tiempo, de medios capaces de superar el obstáculo que representa la intransigencia de la persona orgánica hacia el homoinjerto. 
En primer lugar, si el injerto proviene de un organismo muy joven, y mejor aún de un embrión, será aceptado a veces. Tal es la base del método llamado brefoplastia, que cuenta en medicina con algunos éxitos importantes. 
May y Huignard han contado el caso de un chico joven, retrasado mental, que después de injertársele paratiroides de un recién nacido, creció varios centímetros y progresó seriamente desde el punto de vista intelectual. 
Además, Medawar ha puesto de relieve, por una serie de experiencias magistrales que le han valido el premio Nóbel, que los organismos muy jóvenes no rechazan los tejidos extraños; de tal manera, que se puede aprovechar esta tolerancia para acostumbrarlos a estos tejidos, los cuales podrán, más tarde, serles injertados con éxito. 
Si a un humano recién nacido se le inyectan glóbulos blancos procedentes de sus padres, durante toda su vida podrá recibir injertos constituidos por tejidos paternos. 
Por fin, para vencer la xenofobia orgánica, dicho de otro modo, para favorecer el éxito de los homoinjertos, se puede también aniquilar o reducir temporalmente la resistencia inmunológica que se asienta en la médula ósea; para esto se emplean radiaciones que penetran profundamente o algunos compuestos químicos. 
De todos modos es ya un hecho que -mediante el empleo de uno u otro de estos métodos-se han creado un cierto número de hombres quimeras viviendo con ayuda de un órgano extraído a otro individuo y que no es un gemelo verdadero. Por tanto, son hombres que, desde el punto de vista genético, no son enteramente ellos mismos. 

Consideremos de cerca uno de estos hombre quimera. 
El órgano, el tejido injertado, que forma ahora parte integrante del organismo extraño, no se modifica en absoluto en su patrimonio genético, en sus cromosomas, en sus ácidos nucleicos; no es «asimilado» absolutamente por la nueva patria orgánica; conserva su personalidad, su alteridad; los tejidos de Pedro que viven sobre Pablo no se «pablizarán»; los de Pablo, viviendo en Pedro, no se «pedrizarán». 
Por tanto, una cuestión capital va a plantearse ahora ante nosotros. ¿Qué ocurre con la personalidad de un hombre quimera? Acaso el hecho de que habite en él un órgano que no es suyo, que no es de él, le resta personalidad por poco que sea? ¿Hay que considerar el éxito de un homoinjerto como una violación de la persona biológica? 
El problema es tanto más importante cuanto el número de quimeras humanas debe ir aumentando sin cesar, con los progresos de las técnicas de injertación y conservación de órganos. 
Sin duda no ha lugar a pensar que un individuo pueda perder personalidad porque lleve el riñón de otro; pero ya estamos un poco más dudosos si, siendo portador de una médula ósea extraña, fabrica una sangre que no es la suya... y, sobre todo, si lleva en él una glándula endocrina que no es autóctona... ¿Acaso no sabemos que estas glándulas, por sus hormonas, influyen en el temperamento, en el humor, en la afectividad, en las reacciones emotivas? .. Recordemos la famosa palabra de Carrel: «Se piensa, se ama, se sufre, se reza con todo nuestro cuerpo.» 
Sin duda, se puede defender que esta glándula, una vez integrada en otra economía y controlada por otro sistema nervioso, va a perder su personalidad glandular. Pero el problema queda sin resolver. Lederberg se pregunta: «¿Cuál es la identidad moral, legal y psíquica de una quimera artificial?» El profesor Etienne Bernard se interrogaba, en otros tiempos, de este modo: «¿Es la persona humana un todo? ¿Depende de un órgano? ¿De qué órgano?» Y el gran Pascal no hablaba de algo diferente: «Un hombre es un depositario, pero si se le anatomiza, acaso sería la cabeza, el corazón, el estómago, las venas, cada porción de vena, la sangre, cada humor de la sangre». 
Naturalmente, el problema de la alienación biológica de la persona se plantearía con una particular agudeza si por casualidad el injerto de cerebro fuera realizable, como lo ha imaginado Maurice Renard en su novela Le Docteur Lerne sous-dieu. 
Mientras cualquier injerto de tejido nervioso sea imposible, se puede pensar que la persona humana está bien defendida por la naturaleza; pero, con los progresos de la ciencia, jamás se sabe. y no olvidemos que Martinovitch ha realizado, en las aves, injertos de cerebros embrionarios... 
Para la mayoría de los fisiólogos es en el cerebro en donde se encuentra la sede de la persona. Si se pudiera, dice Chauchard, separar el cerebro del cuerpo, «seguro que la personalidad no seguiría al cuerpo, sino al cerebro, ya que éste, órgano de integración y de personalización, conserva en sus estructuras los recuerdos, bases de nuestro yo». 
Idéntica opinión sostiene el filósofo Raymond Ruyer, que coloca lo esencial de la persona humana en el cerebro y en las células germinales; resto no son más que órganos auxiliares, de sostén o de nutrición, teóricamente reemplazables por prótesis o imitables por autómatas. 
Si Ruyer, Chauchard y muchos otros más reducen al cerebro lo esencial de la persona humana, un jurista filósofo, se dedica con tanto arte como pasión a persuadirnos de que la persona humana -la verdadera persona-es perfectamente independiente del cuerpo físico en su totalidad, perteneciendo éste al dominio de los bienes o de las cosas. 
Tesis subversiva, extraña, que requiere ser comentada. 
¿Acaso la cibernética -observa David-no imita cada vez mejor en estructura y funcionamiento a los órganos humanos? ¿No se fabrican ya aparatitos capaces de regular la marcha del corazón? ¿Acaso no se habla de confeccionar corazones artificiales? 
En cuanto a las operaciones de injerto -que se realizan con un éxito cada vez mayor-, ¿no tratan al órgano vivo, semejante a un postizo interno, como un objeto inanimado? 
Si cada órgano particular es asimilable a una cosa, ¿puede acaso ese órgano funcionar diferentemente que el conjunto de los órganos, es decir, del cuerpo? 
Y, por tanto, ya que el derecho, la moral, el humanismo exigen que se salve la noción de persona, ¿no es indispensable disociarla, desolidarizarla de la noción del cuerpo? 
En este aspecto, el problema de los injertos no se plantea como lo hemos planteado hace un rato. Nos preguntábamos si la persona se hallaba mermada por el injerto; pero para David no se plantea esta cuestión, siendo precisamente su postulado el que no puede ser mermado: por tanto, si el cuerpo se modifica por el injerto, es debido a que es extraño a la persona, porque no es más que una agregación de cosas, una «panoplia de órganos», una «muñeca de carne», un «robot protoplásmico». 
Sin duda, nuestros órganos, nuestros miembros, nuestras manos y nuestros ojos nos pertenecen ni más ni menos que nos pertenecen nuestros zapatos, nuestros guantes o nuestras gafas: son nuestros, pero no de nosotros. 
En el plano del Derecho -y David es buen jurista-, la separación del cuerpo y de la persona es desde siempre una evidencia: 
«Jaime cede su riñón a Pablo. Yo debo cien francos a Jaime. Después de la operación, ¿acaso deberé noventa y nueve francos a Jaime, y por lo menos uno a Pablo? La experiencia jurídica basta para responder: sigo debiendo cien francos a Jaime y nada a Pablo. Se debe concluir que con quien estoy comprometido es con Jaime, menos un riñón. No me he comprometido con el riñón que Jaime (llevaba ese día, como tampoco con su chaqueta, que desde entonces ha regalado a un pobre.» 
Este mismo razonamiento podría ser mantenido, teóricamente al menos, para cualquier otra zona del cuerpo de Jaime. 
Aurel David llega incluso a dudar si el amor que siente un hombre por una mujer no debe liberarse del cariño que siente a la muñeca de carne, hacia el «harapo» femenino... 
La cuestión es aún más pertinente, dado que el amor es -como hemos dicho-el «test» más sensible de la personalidad. 
«Un hombre se halla apasionadamente enamorado de una mujer, y los progresos de la ciencia han hecho posible el injerto de la mano... Por una razón cualquiera, esta mujer sacrifica su mano en favor de una amiga... 
Esto no dará lugar a ninguna dificultad jurídica... pero, ¿acaso el amor del hombre se dividirá entre Costanza y Camila?» Desde luego que no; lo que se amaba era la persona y no la mano, que no es más que un bien material, aunque sea «una joya entre los bienes», y sin duda no se ama tanto la mano de Camila porque pertenezca a Camila y solamente mientras pertenezca a Camila, «como se puede llamar la camelia que la dama de las camelias llevaba en su escote ... » 
Pero si lo que amamos en Camila no es la mano, ¿acaso es el rostro, los ojos, el cuello, el busto, las piernas, la mirada, la voz, el pelo? 
Tampoco, ya que todo esto pertenece igualmente al dominio de las cosas. y sin duda dentro de mucho tiempo, cuando estemos lo suficientemente evolucionados, seremos capaces de una ternura tan clara y espiritual que sabremos preferir la verdadera persona de Camila a su revestimiento corporal. 
«Sin duda serán necesarios varios cientos de años para habituarse a amar a Camila y no a sus manos ... » 
¡Extraño amor-ficción el que nos propone este jurista filósofo y poeta! 
Además, para David, el propio espíritu, la sensibilidad, el corazón tampoco son parte de la persona, ya que todo esto depende del cerebro, del sistema nervioso simpático, de las glándulas de secreción interna que, formando parte del cuerpo, no son «persona», sino «cosa». Y Roxana se halla equivocada cuando, oponiendo la belleza del espíritu a la del rostro, se niega a amar a Cristina por «aquello de lo que está un momento disfrazado» y quiere adorarlo por lo que hace verdaderamente él mismo. En la concepción davidiana no se es más «uno mismo» por su espíritu que por su cuerpo, no se está más «disfrazado» con uno que con otro. 
y para seguir con los héroes de Edmond Rostand, Don Juan, a fin de cuentas, no tiene por qué estar tan decepcionado cuando se entera, por boca de sus amores, que únicamente le han amado por el perfume «de tabaco rubio, de alcoba y de sala de esgrima ... » 

¿Qué es, por tanto, esta verdadera persona, esta persona central, en provecho de la cual David repudia conjuntamente el yo físico y el yo moral? 
¿Acaso sería el alma de los espiritualistas? 
De ningún modo. Es una llamita misteriosa, y probablemente parecida en todos los seres humanos... De modo que, muy paradójicamente, ¡la persona humana estaría caracterizada por su impersonalidad! 
Son -dice David- las máquinas corporales, que son únicas, las que difieren de individuo a individuo. ¿Acaso no proclama el Derecho «la igualdad de las personas, a pesar de los ojos azules y de los verdes?» 
Hemos insistido, al comienzo de este estudio, en nombre de la biología, sobre la unicidad de la persona. Tal y como se ve, David recusa esta noción, y uno estaría tentado de preguntarle por qué si todas las personas son iguales se preferiría la persona de Constanza a la de Camila, o viceversa ... 
Antes de abandonar a David y su extraño «personalismo», démonos cuenta de que el gran Pascal planteaba, en torno a la persona, cuestiones bastante cercanas a las que plantea nuestro jurista. (No es una casualidad que, por tercera o cuarta vez, vuelva a nuestra pluma el nombre de Pascal, ya que el autor de los Pensées estaba obsesionado por el problema de la persona.) 
Escuchémosle: «Un hombre se coloca junto a la ventana para ver la gente que pasa; cuando yo paso, ¿puedo decir que se ha puesto allí para verme? No; ya que no piensa particularmente en mí. Pero..., el que ama a una persona por su belleza, ¿la ama de verdad? No, ya que si ésta tiene viruela, lo que acabará con su belleza, aquél ya no la amará. Y si me quieren por mi juicio, por mi memoria, ¿acaso me quieren? No, ya que puedo perder estas cualidades, aunque no me pierdan a mí. Entonces, ¿dónde está ese yo, si no está ni en el cuerpo ni en el alma... ? Hay que deducir que no se ama nunca a nadie, sino solamente alguna de sus cualidades. Por tanto, que no se rían de los que se hacen honrar por cargos y puestos, ya que no se ama a nadie más que por cualidades tomadas en préstamo.» 
A decir verdad, la demarcación entre el verdadero yo, entre la verdadera persona y todo lo tomado en préstamo y añadido es bastante vaga. Por tanto, ¿qué es amar a un ser por mismo? ¿Cómo abstraer -si se trata de una mujer-el peinado, el adorno, las vestiduras, el perfume? y si se trata de un hombre, su situación social, su fama o, sencillamente, la marca de su coche. Pero, ¿acaso a todas esas cosas, que no son él, no se les trasmite un poco de sí mismo? 
De todas formas, a pesar de las objeciones de Pascal y de los ingeniosos sofismas de David, pensemos que no hay otra realidad humana, salvo este cuerpo que se ve y que se toca, este robot protoplásmico, este maniquí de carne, esta «panoplia de órganos», esta «maquinaria corporal»; en resumidas cuentas, esta persona física, tan criticable, tan equívoca, tan ambigua, tan comprometida, tan mal protegida, tan mal separada del mundo de las cosas... 
Y, ciertamente, en alguna medida compartimos la preocupación de David, sentimos igual que él cierta emoción al convenir que la persona humana -sagrada para nosotros- es divisible, desmontable, fragmentable, despedazable, parcialmente reemplazable, fabricable e imitable... Pero, ¿qué medio hay para proceder de otro modo? y cada vez más, lo queramos o no, tendremos que habituarnos a ver la persona tratada por la ciencia y por la técnica como una cosa, ya que cada vez serán más eficaces los medios de que se disponga para adulterarla y rectificarla. 
Esqueletos hechos de vitalio, tráqueas de silicona, córneas de plástico, válvulas cardíacas de metal. y no nos hallamos más que en las premisas de esta «cosificación» del cuerpo humano. 
¿Es necesario mencionar, también, los tratamientos hormonales, la cirugía del cerebro (que se ha llamado «la cirugía de la personalidad») y toda la farmacopea, bastante preocupante, de la «psicoquímica»? 
Todo esto es bastante magnífico; y si uno de estos medios pudiese curar o prolongar la vida del ser que amamos, nuestras objeciones filosóficas no tendrían mucho peso ante la esperanza de ver persistir un poco más tiempo a esta persona que cada vez nos es más difícil definir, pero cuya misteriosa realidad se impone a nosotros en cuanto estamos amenazados de perderla. 
Esto no impide que, en frío, sintamos una extraña molestia cuando vemos a la ciencia inmiscuirse hasta tal punto en lo más candente de la persona física y moral. 
¿Hasta dónde se llegará por esa vía? 
Mañana, tal vez, se habrá acabado con el cansancio, la angustia, el dolor moral. Se terminará con las penas, como se acaba con un dolor de muelas. Se distribuirá químicamente el placer, la alegría, la felicidad. Se mandará sobre los sentimientos, las opiniones, las ideas. Se borrarán ciertos recuerdos para reemplazarlos por otros. Se falsificará hasta el pasado. 
Mañana, no satisfechos con actuar sobre los cuerpos, se actuará directamente sobre los gérmenes; se modificará la persona en su comienzo, alterando la composición de los ácidos nucleicos que determinan la herencia. Mañana, realizando el «trasplante humano» y sin consideración al narcisismo de estos hombres fabricados en serie, se sacará de una persona excepcional tantos ejemplares, tantas copias como puedan desearse... 
Y por ligeras y que sean, ¿dejaremos sin decir nada sobre las falsificaciones infligidas actualmente a la persona corporal por medio de la cirugía estética y otras técnicas de belleza? 
Teñidos, ondulaciones, pestañas postizas (¡las parisienses compran, al parecer, 18.000 pares cada año!), lentillas que modifican el color de los ojos, rectificación de la forma de la nariz (todas las semanas vemos en la televisión «mutarse» el rostro de los artistas) ... 
Que diría hoy día La Bruyère, que condenaba el carmín y el colorete, porque -decía-es una «especie de mentira que trata de imponerse ante los ojos y pretende ser, según el aspecto exterior, y en contra de la verdad». 
Confesémoslo: ya no sabemos muy bien a miramos, a quién admiramos, a quién amamos ... Ante estas maravillas manufacturadas, ante estas Venus del bisturí -debido a lo que se desvaloriza la belleza natural (hasta el extremo que oí decir a una joven hace poco tiempo: «y a no vale la pena ser guapa»)- se piensa en el mago de la Eve future, el cual, artificio por artificio, [prefería confeccionar una mujer enteramente pieza a pieza! 

Después de haber dicho los daños que padece la persona orgánica, e indicado de" los que está amenazada, ¿puede uno dispensarse de hacer alusión a las causas de despersonalización moral que parecen inherentes a nuestra época? 
Extensión del maquinismo, normalización, estandarización de las actividades, acentuación de los controles ejercidos por las burocracias de un Estado cada vez más indiscreto y reparón. Todo conspira para desvalorizar al individuo, para frustrarlo en su necesidad de especifidad, para humillarlo en su narcisismo, para que sea absorbido por una masa en donde se siente impotente, anónimo, desdeñado. Un número, un fichero, una abstracción: ¡he aquí a lo que se reduce este universo que es el ser humano! «Au suivant», canta Jacques Brel; ¡y éste es el triste refrán de nuestras existencias triviales e indiferenciables! 
Sin hablar de los medios cada vez más perfeccionados de una propaganda que, dando a todos una misma «verdad de Estado», uniformiza y esclaviza las conciencias. Al considerar estos rebaños en que, cada vez más, se transforman las masas, al ver, cualquiera que sea la dirección en que se mire, al hombre subyugado, condicionado, amaestrado, gregarizado, ¿cómo no preguntarse con inquietud, cuál es la suerte reservada a la persona humana, y si un totalitarismo espiritual no acabará absorbiendo a esta frágil «categoría del yo» de la que Mauss decía que, aunque lentamente, ha «crecido a lo largo de los siglos, a través de numerosas vicisitudes»? 
Raymond Las Vergnas ha evocado -a propósito de Aldous Huxley y de su terrible El mejor de los mundos- el peligro de las planificaciones y superplanificaciones que, bajo pretexto de organizar el termitero humano, reducen a los individuos, hasta aquí únicos e irreemplazables, a ser sólo «los engranajes intercambiables de una relojería demente». 
«Cuidado -concluía-, ya que mañana será demasiado tarde. E incluso hoy mismo ya es muy tarde.» 
A las legítimas inquietudes que despierta en tantos espíritus bondadosos el porvenir de la persona humana, generosos moralistas no dejan de oponer un sólido optimismo, ya se trate de pensadores laicos como Guyau, o cristianos como Teilhard de Chardin, niegan que la marcha de nuestra civilización sea necesariamente contraria a los intereses del individuo. Si admiten que el estrechamiento de los lazos sociales, la comunicación cada vez más amplia de las conciencias, la «fusión de las sensibilidades», pueden ejercer a veces un efecto de limitación, incluso de opresión, sobre las personas, se niegan, no obstante, a ver un antagonismo esencial entre el elemento y el todo, entre el individuo y el grupo, entre lo personal y lo universal. 
«El proceso irreversible -escribe Teilhard- que nos reúne en una gran unidad orgánica no debe comprometer, sino exaltar nuestra personalidad, ya que la unión verdadera, lejos de confundir a los que reúne, acusa sus diferencias, hace resaltar su originalidad, los ultrapersonaliza.» 
Acceder al plural sin renegar del singular, sumarse al prójimo sin vaciarse de sí mismo, realizar con otro una armonía sin conformidad, un acuerdo sin unión, tal es, seguramente, el ideal hacia el que se debe de tender; y, en la misma medida que una sociedad nos permitiese acercarnos, merecería nuestra confianza y nuestro cariño. 
Cualquiera que sea el futuro del hombre, en cualquier sentido en que se dirija su progreso, y cualquiera que sean las ganancias de las que se vanaglorie, en el orden del poder, de la eficacia, del saber o incluso de la felicidad, todo esto sería pagado a un precio demasiado caro si el rescate consistiese en la reducción definitiva de la persona humana. 
Mientras nos es todavía posible formar y expresar una opinión personal, démonos prisa en proclamar que preferimos una humanidad descontenta a un rebaño de «rinocerontes» satisfechos.



(1) Individualidad metafísica o lo que hace a un ser distinto a otro. 
(2) Lo que hace que un ser sea él mismo y no otro. 
(3) Blaise significa bobo, y Colín, merluza (N. de la T.). 
(4) Herencias en que los genes paternos predominan en un sentido y los maternos en otro. 
5 Le Rire, p. 35. 


De: Rostand, Jean. El correo de un biólogo. Título original: Le courrier d'un biologiste . Traducción de  Inés Ortega. Editions Gallimard, Paris, 1970 . Ed. cast.: Alianza Editorial, S. A., Madrid, 1971 




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