GILLES DELEUZE - Abecedario E-F-G - Entrevistas con Claire Parnet


E - Infancia [enfance]

Claire Parnet:

Bueno, «E» es «Infancia» [enfance]. Tú dices siempre que tu vida comenzó en la avenue de Wagram. Naciste en el distrito 17 [de París], y luego viviste con tu madre en la rue Daubigny, en el distrito 17, y ahora vives cerca de la place Clichy, es decir, un barrio más pobre, en el distrito 17, rue de Bizerte. Podemos decirlo, ya que estarás muerto cuando estás conversaciones se conozcan. Así que podemos dar tu dirección. Bueno, me gustaría saber, en primer lugar, ¿tu familia era lo que se suele llamar una familia burguesa? Una familia burguesa de derechas, si no me equivoco.

Gilles Deleuze:

Yo digo siempre donde he vivido cuando me lo preguntan. Porque lo cierto es que es una caída: empecé en la parte alta del 17, un 17 hermosísimo, y luego, de niño, viví la crisis de antes de la guerra. Tengo recuerdos infantiles de la crisis. No era mayor, pero uno de los recuerdos era el número de apartamentos vacíos. La gente ya no tenía dinero de veras, y había apartamentos en alquiler por todas partes. Así que mis padres tuvieron que dejar el bonito apartamento de la parta alta del 17, cerca de l’Arc de Triomphe, y luego descendimos, seguía estando bien, no quedaba lejos del boulevard Malesherbes, una callejuela, la rue Daubigny, y más tarde, cuando volví a París, ya mayor, estábamos en la frontera extrema del 17, y es un 17 artesanal, un poco proleta: la rue Nollet, la rue tal y cual, y no lejos de allí la casa en la que estaba Verlaine, que no era rico. Así que es una caída; no sé dónde estaré en unos años, pero todo esto no va a arreglarse.

Claire Parnet:

¿Tal vez en Saint-Ouen?

Gilles Deleuze:

En Saint-Ouen, sí. Pero mi familia, sí, es una familia burguesa. De derechas, no, porque... de derechas, sí, desde luego de izquierdas no. Hay que ponerse en situación –yo no tengo muchos recuerdos de infancia. No tengo muchos porque, para mí, la memoria es más bien una facultad que debe repeler el pasado en vez de convocarlo. Hace falta mucha memoria para repeler el pasado, justamente porque no es un archivo. Por eso tengo ese recuerdo de los... había incluso herrajes en los que se leía «se alquila apartamento» –viví bastante la crisis y todo aquello.

Claire Parnet:

¿En qué años era esto?

Gilles Deleuze:

Ah, no me acuerdo nunca de los años. No sé, entre 1930 y 1935. 1930, ya no me acuerdo, en fin...

Claire Parnet:

¿Tenías diez años?

Gilles Deleuze:

La gente ya no tenía dinero. Yo nací en 1925, sí, pero me acuerdo de las preocupaciones por el dinero –fue eso lo que me evitó estudiar con los jesuitas.

Claire Parnet:

En la rue des Postes.

Gilles Deleuze:

Como mis padres tenían más dinero, estaba destinado a ir a los jesuitas, pero luego fui al instituto porque estaba la crisis. Pero el otro aspecto, ya no me acuerdo; si no me equivoco había otro aspecto de la crisis... Ya no me acuerdo; había otro aspecto, pero no importa. Y luego llegó la guerra. Y mi padre, sí, era una familia, en efecto –cuando digo que era una familia de derechas, sí, porque tengo un recuerdo muy vivo: nunca se recuperaron. Por eso comprendo mejor a los patronos, a algunos patrones en la actualidad. Han conservado un terror del Frente Popular que es algo increíble. El Frente Popular... ¡tal vez sucede incluso con los patronos que no lo vivieron! Pero bueno, todavía deben quedar algunos que lo vivieron. Para ellos el Frente Popular ha quedado como la imagen del caos, peor que 1968. Y me acuerdo de que, con todo, toda esa burguesía de derechas veía el síntoma: todos eran antisemitas, y Blum, fue algo espantoso, si quieres, el odio que Mendès-France tuvo que soportar, pero ese odio no es nada, nada, al lado del odio que se ganó Blum. Porque Blum era en realidad el primero. ¡Las vacaciones pagadas! ¡Fue espantosa la reacción a las vacaciones pagadas!

Claire Parnet:

¿El primer judío de izquierdas conocido?

Gilles Deleuze:

Uy, Blum era, no sé, peor que el diablo, era el signo... no se puede comprender cómo Pétain pudo tomar el poder como lo hizo si no se considera el grado de antisemitismo de Francia, de la burguesía francesa en aquel momento. El odio hacia las medidas sociales del gobierno Blum. Era espantoso. Mi padre era un poco Croix de Feu, pero eso era muy corriente en aquella época. En fin, era una familia de derechas, inculta. Hay una burguesía culta. La mía era una burguesía totalmente inculta, completamente inculta, pero mi padre era, creo, lo que se llama un hombre exquisito, muy benevolente, muy bueno, muy encantador –y a mí me parecía bastante asombrosa esa violencia contra... el venía de la guerra del 14, todo eso se produce... es un mundo que uno comprende muy bien a grandes rasgos, pero del que uno no imagina los detalles, vaya. Aquellos veteranos de la guerra del 14, y al mismo tiempo el antisemitismo, el régimen de la crisis, la crisis –¿qué era aquella crisis de la que nadie comprendía nada? En fin, así era.

Claire Parnet:

¿Y qué profesión tenía?

Gilles Deleuze:

Era ingeniero, pero bueno, era un ingeniero muy especial, porque me acuerdo de dos de sus actividades. El había inventado o explotaba un producto para impermeabilizar los techos. La impermeabilización de los techos –pero con la crisis ya no tenía más que un solo obrero, un italiano. Y además un extranjero, todo aquello iba muy mal. Luego el negocio se vino abajo y pudo recolocarse en una industria más seria que fabricaba globos, aparatos... aeronaves.

Claire Parnet:

Sí.

Gilles Deleuze:

Pero en un momento en el que aquello ya no servía absolutamente para nada. Hasta el punto de que en 1939, para detener a los aviones alemanes, en lo alto de París había no sé qué, pero en realidad era algo así como las palomas mensajeras. Entonces, cuando los alemanes se apoderaron de la fábrica en la que trabajaba mi padre, fueron más razonables y lo adaptaron todo a la fabricación de botes neumáticos. Era más eficaz, y ya no hicieron globos y zepelines, ¡no! En cuanto a mí, pude asistir al nacimiento de la guerra; pude ver (me acuerdo perfectamente, aunque no era mayor: tenía catorce años) el modo en que la gente sabía perfectamente que habían ganado un año con Munich, que habían ganado un año, unos meses, que la guerra era... –en fin, aquello se encadenó: la crisis, la guerra, no era tan... había una atmósfera muy tensa, no sé, en la que la gente mayor que yo tuvo que vivir momentos horrososos, vaya.

Gilles Deleuze:

Entonces, cuando los alemanes llegaron de verdad –dejaron atrás Bélgica, se precipitaron sobre Francia, y lo que vino después. Yo estaba en Deauville, que era el lugar en el que mis padres pasaban las vacaciones, siempre las vacaciones de verano. Ellos ya habían vuelto... no, volvieron entonces y nos dejaron allí, lo que resultaba inimaginable: teníamos una madre que nunca se había separado de nosotros, etc. Pero al poco nos reencontramos en una pensión, y ella nos confió a una vieja señora que tenía una pensión, de tal suerte que cursé un año escolar en Deauville, en un hotel que fue transformado en instituto, mientras que los alemanes no estaban lejos. Ah, no, lo confundo todo: aquello fue durante la drôle de guerre, sí, cuando estaba en aquel instituto en Deauville. Todo aquello sucedió, cuando hablaba hace un momento de las vacaciones pagadas, me acuerdo más si cabe, porque la llegada de los primeros trabajadores con las vacaciones pagadas a la playa de Deauville fue algo digno de verse: para un cineasta aquello debía ser una obra maestra, porque, cuando uno veía a aquella gente que veía el mar por primera vez , ¡es algo prodigioso! Yo pude conocer a alguien que sólo vio el mar por primera vez en su vida mucho después de nacer. Era espléndido: era una chiquilla del Limousin que estaba con nosotros y que vio el mar por primera vez. Es verdad que, si hay algo que resulta inimagible cuando uno no lo ha visto, ¡es el mar! Uno puede pensar antes de verlo: el mar es algo grandioso, infinito, pero uno no añade gran cosa con ello, pero cuando uno ve el mar –y aquella chiquilla se quedó, no sé, cuatro, cinco horas delante del mar, completamente embrutecida, como si fuera idiota de nacimiento, y no se cansaba de ver un espectáculo tan sublime, tan grandioso. Y entonces, en la playa de Deauville, que desde hacía mucho tiempo era una playa reservada a la gente, a los burgueses, era su propiedad, de repente desembarcan las familias obreras con las vacaciones pagadas, y gente que, sin duda, nunca había visto el mar. Y aquello era grandioso. Si el odio de clase significa algo, son palabras como... Ay, mi madre, que no obstante era la mejor de la mujeres, hablaba de la imposibilidad de frecuentar una playa en la que había gente así. Así que fue muy duro, ¡yo creo que los burgueses nunca lo han podido olvidar! Mayo del 68 no fue nada al lado de aquello...

Claire Parnet:

Pero cuenta algo más del miedo que tenía y que has evocado, ese miedo increíble.

Gilles Deleuze:

Aquel miedo no tenía un momento de respiro. Si se daban vacaciones a los obreros, entonces todos los privilegios burgueses desaparecían. También se trataba de los lugares, de cuestiones de territorio. Si las chicas para todo iban a la playa de Deauville, aquello era, no sé, como si de repente volvieran los dinosaurios. No sé, era una agresión, ¡era peor que los alemanes! ¡Era peor que si los tanques alemanes llegaran a la playa! ¿Entiendes? ¡Aquello era indescriptible, vaya!

Claire Parnet:

Eran gente de otro mundo, vaya.

Gilles Deleuze:

Sobre todo porque –se trata de un detalle–, pero lo que sucedía en las fábricas, en fin, no, los patronos nunca lo han olvidado, creo incluso que para ellos es un miedo hereditario. Con ello no quiero decir que 1968 no fuera nada –1968 fue otra cosa, pero también conservan, no han perdido el recuerdo del 1968, ¿eh? Pero bueno, yo estaba en Deauville, sin los padres, con mi hermano, etc. Cuando los alemanes se abrieron paso verdaderamente, entonces sí, ¡ahí deje de ser idiota! Porque, me explico,, yo era un muchachito sumamente mediocre desde el punto de vista escolar, de ningún interés desde cualquier punto de vista. Tenía, o hacía colecciones de sellos; esa era mi mayor actividad, y luego en clase era nulo. Y tuve (es algo que creo que le ocurre a mucha gente, uno siempre), no sé. A la gente que se despierta en un momento dado, siempre les despierta alguien, ¿eh? Y yo, en ese hotel convertido en instituto, había un tipo, joven, que me pareció bastante extraordinario, porque hablaba muy bien, y aquello fue el despertar absoluto para mí. Tuve la suerte de dar con un tipo... ahora, aquel tipo, (que luego llegó a ser relativamente conocido, porque, en primer lugar, tenía un padre algo famoso, y luego emprendió muchas actividades en el izquierdismo, pero mucho más tarde), se llamaba Halbwachs. Era Pierre Halbwachs, el hijo del sociólogo. En aquel momento era muy joven, y tenía un cabeza muy curiosa; era muy delgado, más bien alto, si no recuerdo mal, y sólo tenía un ojo, es decir, tenía un ojo abierto y el otro cerrado. No de nacimiento, sino que lo ponía así, parecía casi un cíclope, tenía un pelo corto ensortijado, como una cabra, como un, no, sí, no como un borrego. Cuando hacía frío, se ponía verde o violeta, en fin, tenía una salud sumamente frágil, por lo que había sido declarado inútil para el ejército y licenciado. Le habían enviado allí como profesor durante la guerra, para cubrir las... y para mí fue una revelación. Él estaba lleno de entusiasmo, ya no sé ni siquiera en qué clase estaba, supongo que en tercero o en segundo de bachillerato, y bueno, él nos comunicaba, o me comunicaba a mí algo que para mí fue conmovedor. Yo descubría algo. Nos hablaba de Baudelaire, nos leía, leía muy bien. Y nos hicimos amigos íntimos, no podía ser de otro modo, porque él se percató de que me impresionaba enormemente, y me acuerdo de que en invierno, entonces, en la playa de Deauville, me llevaba, yo le seguía, iba literalmente pegado a él, era su discípulo, había encontrado un maestro. Nos sentábamos en las dunas, y allí, con el viento, el mar, era estupendo: me leía, me acuerdo de que me leía Les Nourritures Terrestres [Los alimentos terrestres]. Recitaba con voz muy alta, no había nadie en la playa en invierno, recitaba Les Nourritures Terrestres. Yo estaba sentado a su lado, un poco apurado por si venía alguien, claro, y pensaba: «Ah, qué raro es todo esto», y él me leía, pero eran lecturas muy variadas; me hacía descubrir a Anatole France, a Baudelaire, a Gide, creo que, bueno, eran los principales, eran sus grandes amores, y yo estaba transformado, vaya, absolutamente transformado. Y así aquello no tardó en dar que hablar, ¿no?, aquel tipo con la pinta que tenía, aquel gran ojo, etc... aquel chiquillo que le seguía a todas partes, iban a la playa juntos, etc., de manera que mi hospedera no tardó en inquietarse, me llamó y me dijo que era responsable de mí en ausencia de mis padres, que me ponía en guardia contra determinadas relaciones. No entendí nada, porque, de haber relaciones puras, incontestables y confesables, son y fueron aquellas. Y sólo después comprendí que se suponía que Pierre Halbwachs era un peligroso pederasta. Entonces le dije: «Estoy molesto, mi hospedera dice que...». Yo le trataba de usted, por supuesto, él me tuteaba. Le dije: «Mi hospedera me dice... que no tengo que verle, que todo esto no es normal, no es conveniente». Y él me dijo: «Escucha, no te apures, ninguna dama, ninguna vieja dama se me resiste», dijo, «voy a explicarle, voy a verla y verás como se tranquiliza». Y yo, a pesar de todo, era los bastante lito, el me había vuelto lo bastante listo como para albergar dudas. Aquello no me tranquilizó en absoluto, porque tenía un presentimiento. No estaba del todo seguro de que la hospedera fuera... Y, en efecto, aquello fue una catástofre: fue a ver a la vieja hospedera, quien inmediatamente escribió a mis padres que era urgente que volviera, que había un individuo sumamente sospechoso. Había fracasado completamente en su objetivo. Pero entonces lllegan los alemanes, etc., era la drôle de guerre. Llegan los alemanes, ya no había nada que hacer, y mi hermano y yo salimos en bicicleta para encontrar a mis padress que había sido conducidos a Rochefort, la fábrica se desplazaba a Rochefort, es decir, para escapar de los alemanes. Así que nos fuimos en bicicleta, recuerdo que pude oír aún el discurso de Pétain, en famoso discurso infame, en un albergue de aldea, etc. Luego seguimos en bicicleta, mi hermano y yo, y en un cruce, ¿con quién nos topamos? Un coche, entonces digna de un dibujo animado, en el que iban el viejo Halbwachs, Halbwachs hijo, un esteta que entonces se llamaba Bayer, y no iban muy lejos de la Rochelle, ¡era un destino! Bueno, eso es. Pero bueno, lo cuento sólo para decir que luego encontré a Halbwachs, pude conocerle bien, ya no sentía admiración por él, lo cierto es que, bueno... Pero aquello me enseño al menos algo, y es que fue a los catorce años, trece, catorce años, en el momento en el que le admiraba, fue entonces cuando tenía razón, ¿no?

Claire Parnet:

A continuación, vuelves a París con un cierto pesar, al liceo Carnot, pues las vacaciones han terminado, se vive la drôle de guerre, y allí, en el liceo Carnot, recibes tus clases de filosofía. Creo que en liceo, en aquella época, era profesor Merleau-Ponty, pero tú, curiosamente, tú estás en la clase de un profesor que no es Merleau-Ponty; estás en la clase de otro profesor que se llama el señor Viale. Me parace que has sido tú el que me ha dicho su nombre, pero...

Gilles Deleuze:

Sí, el señor Viale, sí, sí, del que guardo un recuerdo muy cariñoso. Aquello se debió al azar, me tocó en esa clase. Podría haber intentado pasar a la de Merleau-Ponty, no lo hice... no sé por qué, pero... Viale, es muy curioso, porque, en efecto, Halbwachs me había hecho sentir algo de lo que era la literatura, pero, desde los primeros cursos de filosofía, supe que sería lo que haría, vaya. Me acuerdo de cosas dispersas, así, por ejemplo, recuerdo muy bien que estaba en filosofía cuando se supo, pero como un reguero de pólvora: Oradour, había pasado lo de Oradour, y hubo una especie de –hay que decir que estaba en clase, y aquella debía ser una clase algo politizada, algo sensible a las cuestiones nazis, etc., porque... ¡estaba en la clase de Guy Moquet! Lo recuerdo, y había una atmósfera rara en aquella clase, en todo caso, me acuerdo de que aquel anuncio de lo de Oradour fue algo impresionante para muchachos de 17, no sé a qué edad se hace el examen de ingreso a la universidad [bachot], ya no me acuerdo: 17-18 años, 17, 16-17 años.

Claire Parnet:

18 años, la edad normal...

Gilles Deleuze:

Sí, de eso me acuerdo muy bien. Bueno, Viale era un profesor que hablaba muy bajo, era viejo. Yo le quería muchísimo, inmensamente. Así que de Merleau-Ponty sólo tengo el recuerdo de la melancolía. El Carnot es un liceo grande en el que hay una barandilla que atravieda todo el primer piso, y allí se situaba la mirada melancólica de Merleau-Ponty, que miraba a todos los muchachos que estaban abajo, jugando y gritando. Una gran melancolía, me parece, como si pensara: «Dios mío, ¿qué estoy haciendo aquí?». Mientras que Viale, al que tanto quería, estaba acabando su carrera, y también con él trabé una amistad estrecha. Muy estrecha, y como no vivíamos muy lejos uno del otro, nos acompañábamos mutuamente, no dejábamos de hablar, y allí supe que o hacía filosofía o no haría nada.

Claire Parnet:

¿Desde los primeros cursos?

Gilles Deleuze:

¡Sí, sí! Sí, es como si, si quieres, cuando supe de la existencia de cosas tan extrañas como aquello que denominaban conceptos, aquello surtió en mí el mismo efecto que para otros tiene el encuentro con un personaje de novela fantástica. Dios, que emoción sentí al leer, al descubrir, por ejemplo...

Claire Parnet:

¿El conde de Montecristo?

Gilles Deleuze:

... a Monsieur de Charlus, o un gran personaje de novela, o a Vautrin, o a cualquier otro, o a Eugénie Grandet. Cuando aprendí, no sé, inclusos cosas como, lo que Platón denominaba una idea, aquello me parecío tan vivo, vaya. Tan animado, tan... sabía que aquello era para mí, que aquello sería para mí.

Claire Parnet:

¿Y siempre fuiste, desde entonces, muy bueno? ¿El mejor?

Gilles Deleuze:

Sí, sí. Ahí ya no tenía problemas escolares. ¡Desde Halbwachs, era bueno! Era bueno en letras, era bueno incluso en latín, incluso en... sí, era bueno. Era un buen alumno, y en filosofía me convertí en muy buen alumno, sí.

Claire Parnet:

Quisiera que volviéramos también un poco... ¿las clases no estaban politizadas en aquella época? Dices: pasaba algo particular en aquella clase, porque estaba Guy Moquet, y cosas por el estilo...

Gilles Deleuze:

Bueno, ¡no podía estar politizada durante la guerra! No estábamos politizados, sin duda había muchachos que, desde los 17-18 años, estaban en la resistencia, pero no había condiciones, como puedes entender; la gente que estaba en la resistencia se callaba, a no ser que fueran cretinos. Así que, no se puede hablar de politización o no, había indiferentes, había partidarios de Vichy, había...

Claire Parnet:

¡Estaba la Action Française!

Gilles Deleuze:

Y... no, ¡no era la Action Française! Era muchos peor, eran los de Vichy, eran los... Bueno, podemos decir que no cabe comparación con la politización en tiempos de paz, porque los elementos verdaderamente activos era los resistentes, eran los jóvenes resistentes, o gente joven en relación con resistentes. Así que aquello no tenía nada que ver con una politización, era mucho más... secreto, mucho más...

Claire Parnet:

Pero, por ejemplo, ¿en tu clase había gente que eran ya simpatizantes de la resistencia? ¿Y que hablaban de ello?

Gilles Deleuze:

Bueno, sí, puedo citarte a Guy Moquet, que era, que habría de morir, creo, asesinado por los nazis... un año después, creo.

Claire Parnet:

¿Pero hablábais de ello?

Gilles Deleuze:

Eh... sí, claro. Como te decía, el rumor inmediato, la comunicación inmediata de lo de Oradour, se trataba de comunicaciones secretas, se trataba de telegrafía sin hilos. Aquello se supo, creo, el mismo día, vaya, ¡ya lo sabían los liceos parisinos! Para mí ésta es una de las cosas más conmovedoras, enterarse de lo de Oradour, enterarse de forma inmediata.

Claire Parnet:

Bueno, para terminar con la infancia, si es que puede terminarse alguna vez, justamente, tu infancia parece tener poca importancia para ti, es decir, no hablas de ella ni es una referencia...

Gilles Deleuze:

Sí.

Claire Parnet:

... una no tiene la impresión de que la infancia tenga una gran importancia.

Gilles Deleuze:

Sí, sí, sí. No puede ser de otro modo, porque ello está un poco en función de lo que acabo de decir. Considero que, a decir verdad, la actividad de escribir no tiene nada que ver con un asunto propio. ¡Lo que no quiere decir que uno no ponga en ello toda su alma! ¡La literatura tiene una relación profunda y fundamental con la vida! Pero la vida es algo más que personal. Todo lo que aporta en la literatura algo de la vida de la persona, de la vida personal del escritor, es por naturaleza molesto. Por naturaleza lamentable, porque ello le impide ver, le rebaja en verdad a su pequeño asunto privado. Mi infancia nunca ha sido esto, ¡y no porque me produzca horror! Lo que me importaría, si acaso, es, tal y como decíamos: hay devenires animales que el ser humano contiene, hay devenires niño. Escribir, creo, es siempre devenir algo. Pero por esa misma razón uno tampoco escribe por escribir. Creo que uno escribe para que algo de la vida pase en uno. Sea lo que sea, hay cosas que... uno escribe para la vida. ¡Eso es! Y uno deviene algo; escribir es devenir. Pero es devenir lo que uno quiera, menos devenir escritor. Y es hacer todo lo que uno quiera, menos archivo. Bueno, el archivo no me merece menos respeto, no tiene nada de malo, porque uno hace archivo, pero sólo tiene interés en relación con otra cosa. De haber motivos para hacer archivo, responden, justamente, a que hay otra cosa que... y que, mediante el archivo, uno aferrará tal vez... un poco de esa otra cosa. Pero la idea misma de hablar de mi infancia me parece, por una parte, no sólo porque no tiene ningún interés, sino porque, ¡es lo contrario de toda literatura, vaya! Es lo contrario, si me permites, he estado leyendo... Ya he leído esto mil veces, lo que digo lo ha dicho todo el mundo, todos los escritores lo han dicho siempre, pero doy con un libro que no conocía –cada uno tiene sus agujeros, ¿no?–; se trata de un gran poeta ruso, Mandelstam. Bueno, lo estuve leyendo ayer, justamente, pensando que...

Claire Parnet:

Tiene un nombre muy hermoso, podrías decir el nombre.

Gilles Deleuze:

Ossip, sí, eso, Ossip. En esta frase dice –tengo equivalencias, es un tipo de frase que me conmueve. Y es ése, vaya, el papel de un profe: comunicar un texto, hacer amar un texto a unos chavales... Lo que Halbwachs hizo para mí. Bien.. él dice: «Hay algo que, no obstante, no comprendo», –no cito exactamente, se trata de los escritores...–, «nunca he podido entender a gente como Tolstoi; incluso Tolstoi, enamorado de los archivos familiares, con sus epopeyas de recuerdos domésticos». Ahí la cosa empieza a ponerse seria. «Lo repito: mi memoria no es de amor, sino de hostilidad, y no trabaja para reproducir, sino para descartar el pasado. Para un intelectual de origen mediocre», como él, «la memoria es inútil. No tiene más que hablar de los libros que ha leído y ya tiene hecha su biografía». Como yo con Halbwachs, en fin.

Gilles Deleuze:

Pero la idea misma de hablar de mi infancia me parece, por una parte, no sólo porque no tiene ningún interés, sino porque, ¡es lo contrario de toda literatura, vaya! Es lo contrario, si me permites, he estado leyendo... Ya he leído esto mil veces, lo que digo lo ha dicho todo el mundo, todos los escritores lo han dicho siempre, pero doy con un libro que no conocía –cada uno tiene sus agujeros, ¿no?–; se trata de un gran poeta ruso, Mandelstam. Bueno, lo estuve leyendo ayer, justamente, pensando que...

Claire Parnet:

Tiene un nombre muy hermoso, podrías decir el nombre.

Gilles Deleuze:

Ossip, sí, se llama Ossip. En esta frase dice –tengo equivalencias, es un tipo de frase que me conmueve. Y es ése, vaya, el papel de un profe: comunicar un texto, hacer amar un texto a unos chavales... Lo que Halbwachs hizo para mí. Bien.. él dice: «Hay algo que, no obstante, no comprendo», –no cito exactamente, se trata de los escritores...–, «nunca he podido entender a gente como Tolstoi; incluso Tolstoi, enamorado de los archivos familiares, con sus epopeyas de recuerdos domésticos». Ahí la cosa empieza a ponerse seria. «Lo repito: mi memoria no es de amor, sino de hostilidad, y no trabaja para reproducir, sino para descartar el pasado. Para un intelectual de origen mediocre», como él, «la memoria es inútil. No tiene más que hablar de los libros que ha leído y ya tiene hecha su biografía». Como yo con Halbwachs, en fin...

No comprende, no comprende que un hombre como Tolstoi esté enamorado de los archivos familiares, y prosigue: «Lo repito: mi memoria no es de amor, sino de hostilidad; y no trabaja para reproducir sino para descartar el pasado. Para un intelectual de origen mediocre, la memoria es inútil. No tiene más que hablar de los libros que ha leído y ya tiene hecha su biografía. Mientras que, en las generaciones felices, la epopeya habla en hexámetros y en crónicas, en mi caso hay un signo de oquedad, y entre mí y el siglo yace un abismo, una zanja llena del tiempo que murmura. ¿Qué quería decir mi familia? No lo sé. Era tartamuda de nacimiento y, no obstante, tenía algo que decir. Sobre mí y sobre muchos de mis contemporáneos pesa el tartamudeo de nacimiento. Aprendimos, no a hablar, sino a balbucear, y sólo prestando el oído al ruido creciente del siglo y una vez blanqueados por la espuma de su cresta pudimos adquirir una lengua». Bueno, no sé, para mí esto quiere decir –¿qué quiere decir verdaderamente? Escribir es dar fe de la vida. Es dar fe de la vida, y por ende por, en el sentido en el que decíamos por los animales que mueren. Es tartamudear en la lengua. Hacer literatura, echar mano de la infancia, es la típica forma de hacer de la literatura el pequeño asunto privado de uno. Es algo que te revuelve las tripas, es de veras la literatura de Prisunic, de bazar, son los best-sellers, es una verdadera mierda. Si uno no empuja el lenguaje hasta el punto en el que empieza a tartamudear –porque no es fácil, no basta con tartamudear así: «bé-bé-bé». Si uno no llega hasta ese punto, entonces, tal vez en la literatura, al igual que en... a fuerza de empujar el lenguaje hasta un límite, haya un devenir animal del lenguaje mismo, y del escritor, haya también un devenir niño, pero no se trata de su infancia. Deviene niño, sí, pero no se trata de su infancia, ya no se trata de la infancia de nadie: se trata de la infancia del mundo, la infancia de un mundo. Entonces, los que se interesan por su infancia, que se vayan a paseo, y luego que continúen, está muy bien: harán literatura que merecen. Si hay alguien que no está interesado en su infancia, ése es Proust, por ejemplo. En fin, las tareas del escritor no consisten en rebuscar en los archivos familiares, no consisten en interesarse por su infancia: nadie se interesa, nadie digno de cualquier cosa se interesa por su infancia. Ésa es otra tarea: devenir niño mediante la escritura, ir hacia una infancia del mundo, restaurar una infancia del mundo, ésa es una tarea, son las tareas de la literatura.

Claire Parnet:

¿O el niño nietzscheano?

Gilles Deleuze:

El niño, bueno, Nietzsche lo saía, pero Mandelstam también lo sabía: todos lo saben, todos los escritores lo saben.

Claire Parnet:

Entonces, por qué...

Gilles Deleuze:

... se trata de devenir, insisto, si no logro encontrar otra fórmula que ésta: escribir es de hecho devenir, pero no es devenir ni escritor ni el propio memorialista, no. Y no porque haya tenido una historia de amor tengo que hacer de ella una novela, sino que es inmundo pensar las cosas así. No sólo es mediocre: es inmundo, vaya.

Claire Parnet:

Entonces, hay una excepción a la regla, ya que Natalie Sarraute, que es una inmensa escritora, ha escrito una libro que se llama Enfance. ¿Una pequeña debilidad?

Gilles Deleuze:

¡No, en absoluto, en absoluto! Ahí estoy de acuerdo contigo: Natalie Sarraute es una inmensa escritora. Enfance no es un libro sobre su infancia: ése sería típicamente un libro en el que ella testimonia, o en el que ella reinventa...

Claire Parnet:

Hago a propósito de abogada del diablo.

Gilles Deleuze:

Ya me ha dado cuentra de que hacías de abogada del diablo, pero es un papel muy peligroso, sabes, porque

Claire Parnet:

... de valedora.

Gilles Deleuze:

Inventa una infancia del mundo. ¿Qué es lo que al fin y al cabo le interesa de su infancia a Natalie Sarraute? Se trata de un determinado número de fórmulas estereotipadas de las que va a extraer maravillas, lo que tal vez hizo también con...

Claire Parnet:

Las subconversaciones...

Gilles Deleuze:

... las últimas palabras... o las últimas palabras de ¿quién era?

Claire Parnet:

De Chejov: «Ich sterbe [me muero]»

Gilles Deleuze:

Las últimas palabras de Chejov. Ella extrae de... bueno. De pequeña, escuchó a alguien que decía: «¿Qué tal estás?». ¿Qué es: «¿Qué tal estás?»? Cómo, etc., ella extrae del lenguaje un mundo, hace proliferar el lenguaje sobre sí mismo, etc., ¡Hablas como si a Natalie Sarraute le interesara su infancia!

Claire Parnet:

No tengo nada que objetar a lo que dices, pero...

Gilles Deleuze:

Tal vez Claude Sarraute se interese por su infancia, pero no Natalie Sarraute

Claire Parnet:

¡Que sí, querido, que sí...! ¡Escucha! No tengo nada que objetar a lo que dices, pero al mismo tiempo, en primer lugar, ¿fue una preparación desde tu más tierna edad lo que te empujó hacia la literatura, es decir, que tú rechazaste tu infancia, la rechazaste como un enemigo y como algo hostil, en primer lugar, desde qué edad lo hiciste, y es acaso la infancia una preparación, y, por otra parte, la infancia regresa a bocanadas, aunque sean bocanadas repugnantes: la infancia regresa. Entonces, ¿hay que tener una preparación prácticamente cotidiana, una disciplina cotidiana?

Gilles Deleuze:

Imagino que eso sale por sí solo, porque la infancia, sabes, es como todo: habría que distinguir una mala infancia y una buena infancia. ¿Qué es lo que considero interesante? Bueno... la relación con el padre, la madre y los recuerdos de infancia en el sentido de: «¡Ah, mi padre, mi madre!», no me parecen muy interesantes. Me parecen muy interesantes y muy ricos para sí, pero ciertamente no presentan interés para la escritura. Hay otros aspectos de la infancia; hablaba antes de: un caballo muere en la calle, antes de que hubiera automóviles, ¿no? Pues bien: recobrar la emoción de niño, es una niño, eso es. Habría que decir: el niño que fui no es nada. Pero yo no soy sólo el niño que fui; fui un niño entre otros, fui un niño cualquiera, y siempre he visto lo que era interesante en tanto que «un niño cualquiera». No en tanto que «yo era tal niño». En fin, vi morir a un caballo en la calle antes de que hubiera automóviles; no hablo por mí, sino por aquellos que lo vieron: eso está muy bien. Muy bien, perfecto. Perfecto: devenir escritor es una tarea; tal vez fuera un factor lo que hizo que... Dostoievski lo vio, y hay una gran página de Dostoievski, estoy casi seguro, en Crimen y Castigo, sobre el caballo que muere en la calle. Nijinski, el bailarín, lo vio; Nietzsche lo vio; ya era viejo cuando vio, en Turín, creo, cómo un caballo moría de esa manera. En fin, bueno, eso está muy bien.

Claire Parnet:

Y tú, ¿viste las manifestaciones del Frente Popular, anda?

Gilles Deleuze:

Yo vi las manifestaciones del Frente Popular, sí. Vi a mi padre debatirse entre su honestidad y su antisemitismo, eso es, bien. Fui un niño. Yo siempre he sostenido que no se comprende el sentido del artículo indefinido. De: «pegan a un niño»; «un caballo es agotado», etc., no quiere decir yo, yo: quiere decir... El artículo indefinido es de una riqueza extrema, es...

Claire Parnet:

Es todas las multiplicidades, volveremos sobre ello.

Gilles Deleuze:

Es la multiplicidad, sí, sí, sí...


F- Fidelidad

Claire Parnet:

Bueno, pasemos a «F».

Gilles Deleuze:

Sí, pasemos a «F».

Claire Parnet:

Para «F», he elegido la palabra «fidelidad». Fidelidad para hablar de la amistad, porque desde hace treinta años eres amigo de Jean-Pierre Braunberger, y no pasa un día sin que os llaméis u os veáis, y es como una pareja. De todas maneras, eres fiel en la amistad; eres fiel a Félix Guattari, a Jérôme Lindon, cito a algunos: a Elie, a Jean-Paul Manganaro, a Pierre Chevalier; tus amigos son muy importantes para ti. Y a François Chatelet o Michel Foucault, que eran tus amigos, les has rendido homenaje como amigos con una gran fidelidad. Entonces, quisiera preguntarte si consideras justa la impresión de que para ti la fidelidad está forzosamente ligada a la amistad, ¿o es a la inversa?

Gilles Deleuze:

No hay fidelidad, sí, es fácil, porque es una «F»...

Claire Parnet:

Sí, y además la «A» ya está hecha. ¡Así que estamos en la arbitrariedad total!

Gilles Deleuze:

... pero es algo distinto de la fidelidad, sí, es algo distinto de la fidelidad, sabes. La amistad, ¿por qué se hace uno amigo de alguien? Para mí, es un asunto de percepción. En este caos también, se trata... no de tener ideas comunes, sino, ¿qué quiere decir tener algo en común con alguien? Es –digo banalidades– cuando uno se entiende sin tener que explicarse. No es partir de ideas comunes, sino que se tiene un lenguaje común, o un prelenguaje común. Hay gente de la que no comprendo nada de lo que dice, aunque digan cosas sencillas, aunque digan: «Páseme la sal», tengo que preguntarme: «¿pero qué están diciendo?». Por el contrario, los hay que me hablan de un tema sumamente abstracto y no estoy de acuerdo con ellos, pero lo entiendo todo. En fin, entiendo lo que me dicen. Lo que quiere decir que yo tengo algo que decirles y ellos tienen algo que decirme, ¿no? No se trata en absoluto de la comunidad de las ideas que... en ello hay un misterio. Es esa especie de fondo indeterminado que hace que...

Gilles Deleuze:

Bueno, sí, es verdad que en ello hay un gran misterio; el hecho de tener algo que decir a alguien, de entenderse tan bien sin ideas comunes, sin que pueda atribuirse a... Tengo una hipótesis: cada uno de nosotros es apto para aferrar un determinado tipo –nadie aferra todos los tipos a la vez– un determinado tipo de encanto. Hay una percepción del encanto. ¿A qué llamo encanto? Aquí no se trata de historias con las que pretendo introducir la homosexualidad en la amistad, no en absoluto, sino que un gesto de alguien, un pudor de alguien, son fuentes de encanto, pero que entonces llegan a la vida hasta tal punto, hasta a la raíces vitales, que de tal suerte uno se hace amigo de alguien. Hay... si tomas frases, incluso, de alguien; hay frases que sólo pueden ser dichas si la persona que las dice es vulgar, o innoble. Un tipo de frase –habría que buscar ejemplos, pero no tenemos tiempo, y además cada cual cambiaría de ejemplos... Pero, por lo menos, para cada uno de nosotros, cuando escucha una frase de ese tipo uno se dice: «¡Dios mío! ¿Qué estoy oyendo? ¿Qué es esta inmundicia?», ¿no? No vale pensar que uno puede decir una frase como esa al azar y luego enmendarla: hay frases que no pueden... y, a la inversa, en lo que respecta al encanto, hay frases insignificantes que tienen tal encanto, que dan fe de tal delicadeza que piensas inmediatamente: «ése es mío», no en el sentido de propiedad, «es mío, y yo espero ser suyo». En fin, en ese momento nace la amistad, puede nacer. Así que se trata ciertamente de una cuestión de percepción, de percibir algo que te conviene o que te enseña, que te abre, que te revela algo, sí.

Claire Parnet:

¿Se trata, siempre, de descifrar signos?

Gilles Deleuze:

¡Eso es, eso es! Tienes toda la razón: sólo se trata de eso. Alguien emite signos, uno los recibe, uno no los recibe... pero, a mi modo de ver, todas las amistades se asientan en esas mismas bases: ser sensibles a los signos que alguien emite. Dicho esto, creo que eso es lo que explica que uno pueda pasarse horas con alguien sin decir una palabra, o preferentemente diciendo... no sé, diciendo cosas completamente insignificantes, diciendo, por regla general, diciendo cosas... La amistad es lo cómico, vaya...

Claire Parnet:

Eso es. A ti te gustan mucho los cómicos de pareja de amigos, como Bouvard et Pécuchet, o Beckett... Mercier y Camier...

Gilles Deleuze:

Yo, con Jean-Pierre, pienso: en fin, sí, somos pálidas reproducciones de Mercier y Camier, sí. En efecto, Jean-Pierre es... yo estoy todo el tiempo cansado, tengo una salud frágil; Jean-Pierre es hipocondríaco, y en efecto nuestras conversaciones son muy del tipo Mercier y Camier –como decíamos, uno le dice al otro: «¿Cómo andas?». Y el otro responde: «Estoy que reviento, ¡pero no de entusiasmo!». Ante todo es una frase tan encantadora que uno ama al que la dice... «¿Cómo andas?». «Como un corcho bamboleado por el mar»; en fin, son frases estupendas. Con Félix es diferente. Con Félix yo no sería Mercier y Camier: sería más bien, no sé, Bouvard y Pécuchet, poco más o menos.

Claire Parnet:

¡Bouvard y Pécuchet sobre el mundialismo!

Gilles Deleuze:

Con todo y con eso, nos hemos lanzado, en todo lo que hemos hecho juntos, en nuestro trabajo, a una tentativa enciclopédica, que a decir verdad es del tipo: «Anda, mira, tenemos la misma marca de sombrero, sí», y luego la tentativa enciclopédica de construir un libro que aborde todos los saberes, ¿no? Con otro, seríamos las pálidas réplicas de Laurel y Hardy. No quiero decir que haya que imitar a esas grandes parejas, sino que la amistad es eso, vaya. Los grandes amigos son Bouvard y Pécuchet, Camier y Mercier, Laurel y Hardy, aunque riñan y se peleen, eso no tiene mucha importancia. Sí, es... Bueno, evidentemente, en la cuestión de la amistad hay una especie de misterio. Quiero decir que atañe estrechamente a la filosofía. Porque la filosofía, como todo el mundo señala, contiene «amigo» en la palabra. Quiero decir que el filósofo no es en primer lugar un sabio, lo que haría reír a todo el mundo. Se presenta, literalmente, como «amigo de la sabiduría». Ahí aparece «amigo». Lo que los griegos inventaron no es la sabiduría, sino esa idea tan rara del «amigo de la sabiduría». ¿Qué puede querer decir «amigo de la sabiduría»? Éste es el problema del «¿Qué es la filosofía?»: ¿qué puede ser «amigo de la sabiduría», qué quiere decir? Quiere decir que: ¡el amigo de la sabiduría no es un sabio! Entonces, claro, hay una interpretación fácil: tiende hacia la sabiduría. Pero así no se entiende nada, ¿no? ¿Qué es lo que inscribe la amistad en la filosofía y qué tipo de amistad?

Gilles Deleuze:

Bueno, evidentemente, en la cuestión de la amistad hay una especie de misterio. Quiero decir que atañe estrechamente a la filosofía. Porque la filosofía, como todo el mundo señala, contiene «amigo» en la palabra. Quiero decir que el filósofo no es en primer lugar un sabio, lo que haría reír a todo el mundo. Se presenta, literalmente, como «amigo de la sabiduría». Ahí aparece «amigo». Lo que los griegos inventaron no es la sabiduría, sino esa idea tan rara del «amigo de la sabiduría». ¿Qué puede querer decir «amigo de la sabiduría»? Éste es el problema del «¿Qué es la filosofía?»: ¿qué puede ser «amigo de la sabiduría», qué quiere decir? Quiere decir que: ¡el amigo de la sabiduría no es un sabio! Entonces, claro, hay una interpretación fácil: tiende hacia la sabiduría. Pero así no se entiende nada, ¿no? ¿Qué es lo que inscribe la amistad en la filosofía y qué tipo de amistad? ¿Es preciso... ha de darse en relación con un amigo, qué era esto para los griegos, qué quiere decir «amigo de»? Insisto de nuevo: si interpretamos «amigo» como aquél que tiende hacia... Ciertamente, es aquél que pretende a la sabiduría sin ser un sabio. Ahora bien, ¿qué quiere decir pretender a la sabiduría? Quiere decir que hay otro que pretende a ella, que uno nunca es el único pretendiente. Si hay una pretendiente de la muchacha, entonces hay varios pretendientes, la muchacha tiene varios pretendientes... bueno.

Claire Parnet:

Lo importante es que no eres el prometido, no eres el prometido de la sabiduría, eres tan sólo «pretendiente de la sabiduría».

Gilles Deleuze:

Yo no soy el prometido de la sabiduría, sino que pretendo a la sabiduría, ¿no? Entonces, bueno, hay pretendientes a la sabiduría, y los griegos, ¿qué inventaron? En efecto, a mi modo de ver esa es la invención de los griegos. En su civilización, inventaron el fenómeno de los pretendientes. Es decir, es enorme; lo que inventaron es la idea de que había una rivalidad de los hombres libres en todos los dominios. En otros lugares no existe la idea de la rivalidad de los hombres libres, pero en Grecia sí: la elocuencia... de ahí que sean tan pleitistas. Se trata de la rivalidad de los hombres libres, los amigos se ponen pleitos, bueno, muy bien... El muchacho o la muchacha tienen pretendientes, los pretendientes de Penélope, en fin, hay pretendientes. Éste es el fenómeno griego por excelencia. Para mí el fenómeno griego no es el milagro, sino la rivalidad de los hombres libres. Entonces, eso explica al «amigo»... pretenden a la filosofía, hay una rivalidad hacia algo, ¿hacia qué? Bueno, podemos interpretar, si consideramos la historia de la filosofía, hay aquellos para quienes, en efecto, la filosofía está ligada a ese misterio de la amistad. Hay aquellos para quienes está ligada al misterio del noviazgo, pero tal vez no andemos muy lejos: Kierkegaard, Las cartas del noviazgo, no hay filosofía sin Las cartas del noviazgo. Sin el primer amor.

Claire Parnet:

Regina...

Gilles Deleuze:

Pero, como decíamos antes, el primer amor tal vez sea la repetición del último, tal vez sea el último amor... La filosofía, en fin, tal vez la pareja tenga una importancia en la filosofía, es muy curioso. Yo creo que no se sabrá lo que es la filosofía hasta que no hayan resuelto las cuestiones de la novia, del amigo: ¿qué es el amigo? En fin, todo eso. ¡Eso es lo que me parece, al fin y al cabo, muy interesante!

Claire Parnet:

Y Blanchot, en La Amistad, tenía una idea...

Gilles Deleuze:

Ah, Blanchot, sí, tiene que ver con esto. Blanchot y Mascolo son típicamente los dos hombres actuales que, en relación con la filosofía o incluso con el pensamiento, dan importancia a la amistad. Pero en un sentido muy particular, ya que no nos dicen: hay que tener un amigo para ser filósofo o para pensar; sino que consideran que la amistad es una categoría o una condición del ejercicio del pensamiento. Eso es lo importante: no el amigo de hecho, sino que la amistad como categoría es una condición para pensar. De ahí la relación Mascolo-Antelme, por ejemplo; de ahí la relación con o las declaraciones de Blanchot sobre la amistad, sin que importe gran cosa que... En fin, yo mi idea sería más bien que... a mí me encanta desconfiar del amigo; para mí, el amigo es la amistad, es la desconfianza.

Claire Parnet:

Ése es tu lado litigante, pleitista, griego.

Gilles Deleuze:

Bueno... hay una hora –hay un verso que me encanta, que me gusta mucho, que me impresiona mucho, de un poeta alemán, que está entre dos luces, la hora en la que él define... entre dos luces, la hora en la que hay que desconfiar incluso del amigo. Hay una hora... en la que hay que desconfiar incluso del amigo. Yo desconfío de mi Jean-Pierre como de la peste, desconfío de mis amigos. Pero desconfío con tanta alegría que no pueden hacerme ningún daño, porque, ya pueden hacerme lo que quieran que lo voy a encontrar gracioso, muy bien, muy... Hay tal entendimiento, tal comunidad entre amigos... o con la novia, o con: a mí me parece muy bien todo eso, pero, si quieres, no hay que creer que, con estos acontecimientos, se esté tratando de pequeños asuntos privados. También en este caso, cuando se dice «amistad», cuando se dice «la novia perdida», etc., se trata de saber: ¿bajo qué condiciones puede ejercer el pensamiento? Por ejemplo, Proust considera que la amistad ¡no es nada! No sólo para él, en lo que le concernía, sino porque, para el pensamiento, no había nada que pensar en la amistad. En cambio, hay materia para pensar en... el amor celoso. Esa es la condición del pensamiento.

Claire Parnet:

Quisiera plantearte la última cuestión breve acerca de tus amigos: me parece que con Foucault –Chatêlet es otro caso, porque tú ya eras su amigo en la Liberación e hicistéis vuestros estudios juntos. Pero con Foucault tuviste una amistad que no era la de una pareja, que no era la que tienes con Jean-Pierre, o con Félix, o con Elie, o con Jérôme (ya que hablamos, como en una película de Claude Sautet, de los demás), pero con Foucault la amistad era muy profunda, y sin embargo era distante, tenía algo de... mucho más formal para alguien que fuera exterior...

Gilles Deleuze:

Sí, sí.

Claire Parnet:

Así, pues, ¿qué era esa amistad?

Gilles Deleuze:

Sin duda él era el más misterioso.. para mí, tal vez nos conocimos demasiado tarde, tal vez... Foucault fue un gran pesar para mí, y, como le tenía un respeto enorme, no intenté... he de decir precisamente cómo le percibía. Se trata de uno de esos raros casos de ser humano que... entraba en una habitación y cambiaba la atmósfera. Foucault no es sólo una persona –por otra parte, nadie de nosotros es una persona. Era verdaderamente como si entrara otro aire, vaya. Como si fuera una corriente de aire especial, las cosas cambiaban, ya no había... era verdaderamente atmosférico; había una especie... o de emanación, había una emanación Foucault; había... lo que alguno ve... una irradiación; había algo. Bueno, dicho esto, en fin, él responde a lo que decía antes, es decir, una... no había ninguna necesidad de hablar con él, no hablábamos nunca más que de las cosas que nos hacía reír, sí. Casi como si ser amigos fuera ver a alguien y pensar, incluso sin tener que decírselo: ¿qué es lo que nos hace reír hoy? Al fin y al cabo, prácticamente pase lo que pase, ¿qué nos hace reír en todas esas catástrofes?; ¿qué nos hace...? En fin, eso es, ¿qué nos hace...? Sin embargo, para mí Foucault era y es el recuerdo de alguien que, –sí, bueno, cuando hablo del encanto de alguien, de un gesto de alguien: los gestos de Foucault eran asombrosos, en cierto modo eran gestos de metal y de madera seca; eran gestos muy extraños, gestos fascinantes, gestos muy hermosos, muy...

Lo difícil de entender es que la gente no tiene encanto sino gracias a su locura. Es el lado... es el verdadero encanto de la gente; es el lado en el que pierden un poco los estribos, es el lado en el que ya no saben muy bien dónde están. Eso no quiere decir que se desplomen –antes bien, se trata de gente que no se desploma, pero... si no aferras la pequeña raíz o el pequeño grano de la locura de alguien, no puedes amarle. Se trata del lado en el que él es completamente, en alguna parte –en fin, somos todos un poco dementes. Si no aferras el pequeño punto de demencia de alguien... entonces, tengo miedo o ... por el contrario, estoy muy contento... el punto de demencia de alguien llega a ser la fuente misma de su encanto, sí, vaya... ¡Y pasemos a la «G»!

Claire Parnet:

¡Pasemos a la «G»! Nos llaman al orden, y además no se trata del punto de demencia que constituye tu encanto, ya que vamos a hablar de algo muy serio: tu pertenencia a la izquierda.

Gilles Deleuze:

¡Ah, sí, sí!

Claire Parnet:

Parece que te hace reír, y eso me pone muy, muy contenta...


G - Izquierda [gauche]

Gilles Deleuze

El verdadero encanto de la gente es el lado en el que pierden un poco los estribos, es el lado en el que ya no saben muy bien dónde están. Eso no quiere decir que se desplomen –antes bien, se trata de gente que no se desploma, pero... si no aferras la pequeña raíz o el pequeño grano de la locura de alguien, no puedes amarle. Se trata del lado en el que él es completamente, en alguna parte –en fin, somos todos un poco dementes. Si no aferras el pequeño punto de demencia de alguien... entonces, tengo miedo o ... por el contrario, estoy muy contento... el punto de demencia de alguien llega a ser la fuente misma de su encanto, sí, vaya... ¡Y pasemos a la «G»!

Claire Parnet:

¡Pasemos a la «G»! Nos llaman al orden, y además no se trata del punto de demencia que constituye tu encanto, ya que vamos a hablar de algo muy serio: tu pertenencia a la izquierda.

Gilles Deleuze:

¡Ah, sí, sí!

Claire Parnet:

Parece que te hace reír, y eso me pone muy, muy contenta... bueno, como hemos visto, tú provienes de una familia burguesa de derechas, y desde la Liberación, tú eres más bien lo que se denomina un hombre de izquierdas –en fin, vamos menos rápido. En primer lugar, en la Liberación, muchos de tus amigos, muchas de las personas a tu alrededor y que eran estudiantes de filosofía, se afilian al PC o están muy ligados al PC.

Gilles Deleuze:

Ah, todos pasaron por él, sí, salvo yo, creo. No estoy seguro, pero.. Todos pasaron por él.

Claire Parnet:

Y tú, ¿cómo te libraste?

Gilles Deleuze:

Mi caso es tan complicado: todos mis amigos pasaban por el PC. ¿Qué impidió que yo lo hiciera? Bueno, creo que el motivo es que yo era muy trabajador... y que no me gustaban las reuniones. ¡Nunca me han gustado! Las reuniones en las que se habla interminablemente, etc., nunca las he soportado... Y, lo que faltaba, ser del PC en aquel momento implicaba reuniones de célula todo el rato. Era la época –tengo incluso un punto de referencia– del llamamiento de Estocolmo. Todos empleaban su tiempo, a pesar de tener un enorme talento, empleaban sus días para conseguir que un cura firmara el llamamiento de Estocolmo, que éste o el otro lo firmaran... Se paseaban con el llamamiento de Estocolmo –ya ni me acuerdo de lo que era el llamamiento de Estocolmo, pero, en fin, ocupó a toda una generación de comunistas. Yo tenía problemas, porque pensaba (sobre todo de los historiadores: conocía a muchos historiadores comunistas llenos de talento, y pensaba): «Por el amor de Dios, si hicieran sus tesis, sería mucho más importante para el Partido Comunista, que, al menos, podría mostrar un trabajo, que utilizarles para conseguir firmas para el llamamiento de Estocolmo» –un llamamiento estúpido por la paz o no sé qué... Y no tenía la menor gana de participar en ello, porque yo no era ni hablador, no hablaba, de tal suerte que pedir firmas para el llamamiento de Estocolmo me habría puesto en un estado de timidez y de pánico (yo nunca le he pedido una firma a nadie)... además, había que vender l’Humanité y todo lo demás. No lo hice por razones muy bajas.. pensé: si es que yo ni siquiera me lo he planteado. No tenía ningún deseo de ser del Partido...

Claire Parnet:

¿Pero tú te sentías cercano a su... compromiso?

Gilles Deleuze:

¿Del Partido? No, porque aquello nunca fue conmigo, y además fue lo que me salvó, sabes. Las discusiones sobre Stalin y todo lo demás, lo que se ha descubierto hace poco, ¿no?, los horrores de Stalin, en fin, todo el mundo lo sabe desde... iba a decir desde siempre. Que las revoluciones acaben mal... a mí me entra la risa, porque, al fin y al cabo, ¿con quién se están quedando, no? Cuando los nuevos filósofos descubrieron que las revoluciones acababan mal... la verdad es que hay que ser algo deficiente... Y ellos lo descubrieron con Stalin. Luego el camino estaba abierto... todo el mundo lo ha descubierto, por ejemplo, hace poco acerca de la revolución argelina. Mira por dónde, ha acabado mal porque han disparado sobre los estudiantes. Pero, en fin, ¿quién ha creído en algún momento que una revolución acaba bien? ¿Quién, quién? Dicen: «Miren, al menos los ingleses, bueno, se ahorraron tener que hacer revoluciones». ¡Es absolutamente falso! Pero en la actualidad vivimos una mistificación tan fuerte: los ingleses hicieron una revolución, mataron a su rey, ¿y qué consiguieron? ¡A Cromwell! ¿Y qué es el romanticismo inglés? Es una larga meditación sobre el fracaso de la revolución. No esperaron a Glucksmann para reflexionar sobre el fracaso de la revolución estalianiana, ¡ya tenían su propia revolución! Tenían su propia revolución. Y de los estadounidenses no se habla nunca, pero ¡su revolución fue un fracaso tan grande, por no decir mayor que el de los bolcheviques! ¡No exageremos! Los estadounidenses, antes incluso de la guerra de Independencia, se presentan como una, peor aún, ¡mejor que una nueva nación! Han superado las naciones, ¿no?, tal y como Marx lo dirá del proletario. Han superado las naciones, ¡se acabaron las naciones! Introducen al nuevo pueblo, hacen la verdadera revolución y, tal y como los marxistas confiaban en la proletarización universal, los estadounidenses confían en la emigración universal: son las dos fases de la lucha de clases. ¡Son absolutamente revolucionarios! Es la América de Jefferson, la América de Thoreau, la América de Melville. Jefferson, Thoreau, Melville, y otros, son una América completamente revolucionaria que anuncia el nuevo hombre, ¡tal y como la revolución bolchevique anunciaba el nuevo hombre! Pues bien, ¡fracasó! Todas las revoluciones fracasan, todo el mundo lo sabe, pero fingen redescubrirlo ahora: hay que ser imbécil. Todo el mundo se lanza a ello, se trata del revisionismo actual: hay un Furet que descubre que Revolución Francesa no estuvo tan bien como parecía. ¡Muy bien, sí, de acuerdo, también fracasó, pero si todo el mundo lo sabe! La Revolución francesa condujo a Napoleón! Se hacen tales descubrimientos que, al menos, no resultan muy conmovedores por su novedad. La Revolución inglesa condujo a Cromwell; la Revolución estadounidense, ¿a qué condujo? ¿A algo peor, no? Condujo a...

Claire Parnet:

Al liberalismo...

Gilles Deleuze:

... condujo a qué se yo, condujo a Reagan, que no me parece más bueno que digamos. En fin, se entra en tal estado de confusión. Que las revoluciones se frustren, que las revoluciones salgan mal, nunca ha impedido a la gente... no ha hecho que la gente no devenga revolucionaria. Se mezclan dos cosas absolutamente diferentes: las situaciones en las que la única salida para el ser humano consiste en devenir revolucionario –llevamos hablando de esto desde el principio, al fin y al cabo: se trata de la confusión entre el devenir y la historia. Y si la gente deviene revolucionaria...

Gilles Deleuze:

Sí, se trata de esa confusión de los historiadores. Los historiadores nos hablan del porvenir de la revolución, o del porvenir de las revoluciones, pero ése no es en modo alguno el problema. Ellos siempre puede remontarse lo bastante lejos para mostrar que, si el porvenir fue mal, ello se debe a que el mal estaba presente desde el principio. Pero... el problema concreto es: ¿cómo y por qué la gente deviene revolucionaria? Y, por suerte, eso no lo impedirán los historiadores, por supuesto. ¿Qué son los sudafricanos, no? Están prendidos de un devenir revolucionario. Los palestinos están prendidos de un devenir revolucionario. Si luego me dicen: «Sí, pero ya verá, cuando hayan triunfado, si su revolución se impone, aquello terminará mal, etc.». En primer lugar, ya no serán en absoluto los mismos tipos de problemas, y además aquello creará una nueva situación, en la que de nuevo se desencadenarán devenires revolucionarios... Creo que el cometido de los seres humanos consiste efectivamente, en las situaciones de tiranía, de opresión, en devenir revolucionario, porque no queda otra cosa que hacer. Cuando luego nos dicen: «¡Sí, pero todo eso acaba mal!», no se está hablando de lo mismo. Es como si se hablaran dos lenguas absolutamente diferentes. El porvenir de la historia y el devenir actual de la gente no son lo mismo.

Gilles Deleuze:

Pero... el problema concreto es: ¿cómo y por qué la gente deviene revolucionaria? Y, por suerte, eso no lo impedirán los historiadores, por supuesto. ¿Qué son los sudafricanos, no? Están prendidos de un devenir revolucionario. Los palestinos están prendidos de un devenir revolucionario. Si luego me dicen: «Sí, pero ya verá, cuando hayan triunfado, si su revolución se impone, aquello terminará mal, etc.». En primer lugar, ya no serán en absoluto los mismos tipos de problemas, y además aquello creará una nueva situación, en la que de nuevo se desencadenarán devenires revolucionarios... Creo que el cometido de los seres humanos consiste efectivamente, en las situaciones de tiranía, de opresión, en devenir revolucionario, porque no queda otra cosa que hacer. Cuando luego nos dicen: «¡Sí, pero todo eso acaba mal!», no se está hablando de lo mismo. Es como si se hablaran dos lenguas absolutamente diferentes. El porvenir de la historia y el devenir actual de la gente no son lo mismo.

Claire Parnet:

¿Y el respeto de los derechos humanos, hoy tan moda? ¡Eso no es devenir revolucionario, sino lo contrario!

Gilles Deleuze:

Escucha, con el respeto de los derechos humanos, la verdad es que a uno le entran ganas de volverse, casi de sostener proposiciones odiosas. Hasta tal punto forman parte de ese pensamiento, del pensamiento blando del periodo pobre del que hablábamos. ¡Es la pura abstracción! ¿Qué son los derechos humanos? ¡Son una pura abstracción, el vacío! Es exactamente lo que decíamos antes acerca del deseo, o lo que trataba de decir acerca del deseo. El deseo no consiste en erigir un objeto y decir: «deseo esto». No se desea, por ejemplo, la libertad – ¡eso no es nada! Uno desea, uno se encuentra en situaciones. Pongo el ejemplo actual de Armenia, ¿no?, que es muy reciente. ¿Cuál es la situación? Si he entendido bien –si no se me corrige, pero aunque se me corrija la cosa no cambia mucho–, tenemos ese enclave en otra república soviética, tenemos ese enclave armenio. Esto es lo primero. Tenemos la masacre –esto es, que turcos, que semejantes, un tipo de turcos, no sé...

Claire Parnet:

Azeríes.

Gilles Deleuze:

... que sepamos en la actualidad, supongo que se trata de lo siguiente: masacre de los armenios, una vez más, en el enclave, bien. Los armenios se refugian en su república, supongo, –corrígeme los errores– y, encima, un terremoto, bien. ¡Se diría que estamos en «El marqués de Sade»! Hombres desgraciados que han atravesado las peores adversidades a manos de los hombres, y apenas llegados a su refugio, entra en juego la naturaleza. Digo, me dicen: los derechos humanos, pero, en fin... ¡Es un discurso para intelectuales! Y para intelectuales odiosos, para intelectuales que no tienen ideas... En primer lugar, me doy cuenta de que, siempre, esas declaraciones de derechos humanos nunca se hacen en función, con la gente afectada: las sociedades de armenios, las comunidades de armenios, etc. Porque, para ellos, el problema no son los derechos humanos, ¿cuál es? Es: ¿qué vamos a hacer? Eso es un agenciamiento. Cuando decía: el deseo se da siempre a través de agenciamientos –ése es un agenciamiento. ¿Qué es posible para eliminar ese enclave, o para hacer que sea enclave sea vivible, qué hace ese enclave ahí metido? Se trata de una cuestión de territorio, no de una cuestión de derechos humanos; tiene que ver con la organización del territorio. ¿Qué es lo que quieren? Suponiendo que Gorbachov intente zafarse de estas situaciones: ¿cómo y qué va a hacer para que no exista ese enclave armenio, entregado a la amenaza de los turcos alrededor? Diría que no es una cuestión de derechos humanos, no es una cuestión de justicia: es una cuestión de jurisprudencia. Todas las atrocidades que sufre el ser humano son casos, ¿no? No son desaires a derechos abstractos, son casos abominables. Me dirán que esos casos pueden emparentarse, pero se trata de situaciones de jurisprudencia. El problema armenio es típicamente un problema de jurisprudencia, extraordinariamente complejo: ¿qué hacer para salvar a los armenios y que los armenios se salven a sí mismos de la situación de locos en la que se encuentran? ¡En la que, por añadidura, entra en juego el terremoto! Un terremoro que, en fin, también tiene sus razones: las construcciones que no estaban en buen estado, que no estaban bien hechas. Todo ello son casos de jurisprudencia. Actuar por la libertad, devenir revolucionario, ¡es también operar en la jurisprudencia! Cuando uno se dirige a la Justicia... ¡La Justicia no existe, los derechos humanos no existen! Lo que cuenta es la jurisprudencia: esa es la invención del Derecho. De ahí que los que se contentan con recordar los derechos humanos y recitar los derechos humanos, en fin, ¡no son más que unos imbéciles! ¡Se trata de crear, no se trata de hacer que se apliquen los derechos humanos! Se trata de inventar las jurisprudencias en las que, para cada uno de los casos, esto no será posible. Es muy diferente... Si quieres, uso un ejemplo que me gusta mucho, porque es el único modo de hacer comprender qué es la jurisprudencia. La gente no lo entiende bien –en fin, no todo el mundo lo comprende muy bien. Me acuerdo del tiempo en que se prohibió fumar en los taxis. Antes, se fumaba en los taxis. Llegó un tiempo en que se dejó de tener el derecho de fumar en los taxis. Los primeros conductores de taxi que prohibieron fumar en los taxis causaron mucho revuelo, porque había fumadores. Estos han protestado (uno de ellos era un abogado). A mí siempre me ha apasionado la jurisprudencia, el derecho –si no hubiera hecho filosofía, hubiera hecho derecho, pero desde luego no «derechos humanos»: habría hecho jurisprudencia... porque es la vida. Lo que significa que no hay derechos humanos, hay la vida, hay derechos de la vida. Y es que sólo la vida se da caso por caso. Eso es... bueno, estábamos con los taxis. Hay un tipo que no quiere que se le prohíba fumar en un taxi, y puso un pleito a los taxistas. Me acuerdo muy bien, porque me preocupé de hacerme con los considerandos de la sentencia. Los taxistas fueron condenados. Hoy en día, ni hablar, ¿no?: tendríamos el mismo proceso, pero no serían los taxistas los condenados, sino el hombre que les denunciara. Sin embargo, al principio fueron los taxistas los condenados. ¿Bajo que considerandos? Que, cuando alguien tomaba un taxi, él era un inquilino, a saber, el usuario del taxi era asimilado a un inquilino. El inquilino tiene el derecho de fumar en su casa, tiene el derecho de uso y de abuso. Es como si hiciera un alquiler, como si mi propietario me dijera: «¡No, no vas a fumar en tu casa!». Si soy inquilino, puedo fumar en mi casa. De esta suerte, el taxi era asimilado a un apartamento móvil cuyo inquilino era el usuario. Diez años después, aquello se ha universalizado: ya no quedan prácticamente taxis en los que se pueda fumar. ¿En nombre de qué? El taxi ya no es asimilado a un alquiler de apartamento, sino que es asimilado a un servicio público. En un servicio público, uno tiene el derecho de prohibir que se fume.

Claire Parnet:

La ley Veil.

Gilles Deleuze:

En fin, todo eso es jurisprudencia. No se trata del derecho de esto o aquello, se trata de situaciones, y de situaciones que evolucionan, y luchar por la libertad es realmente hacer jurisprudencia. Y a este respecto, el ejemplo de Armenia me parece típico: los derechos humanos, tú invocas los derechos humanos: ¿qué quiere decir eso? Quiere decir: los turcos no tienen el derecho de masacrar a los armenios. De acuerdo, ¿y después? ¡Y después, hemos avanzado mucho así! ¡Verdaderamente es propio de majaderos! O más bien creo que verdaderamente todos esos pensamientos de los derechos humanos son tan hipócritas: desde el punto de vista filosófico no valen nada; mientras que la creación del derecho no son las declaraciones de derechos humanos. En el derecho, la creación es la jurisprudencia: no existe otra cosa. Así que se trata de luchar por la jurisprudencia, vaya.

Claire Parnet:

Bueno, volvamos a dos cosas que, por otra parte, están relacionadas...

Gilles Deleuze:

Ser de izquierdas es eso: por lo demás, yo creo que...

Claire Parnet:

¡Ya! Volvamos a...

Gilles Deleuze:

Es crear el derecho, en fin... ¡crear el derecho!

Claire Parnet:

Bueno, reanudemos la cuestión: esa filosofía de los derechos humanos, y ese respeto de todo el mundo por los derechos humanos en la actualida, es como una negación de mayo de 1968, una negación de mayo de 1968 y una negación del marxismo. En fin, tú a Marx no tuviste que repudiarle, porque no has sido comunista; puedes seguir utilizándolo, sigue siendo un referente para ti; y en cuanto a mayo de 1968, eres una de las últimas personas presentes que evoca 1968 y que no dice que aquello no fue nada, sólo un jaleo, y que todo el mundo ha cambiado. En fin, quisiera que me hablaras algo más sobre mayo de 1968, porque...

Gilles Deleuze:

Es muy sencillo... ahora, eres dura cuando dices que soy uno de los pocos... hay mucha gente, ¿eh?, basta mirar en nuestro entorno... y a nuestros amigos. Conozco a muy pocos... no hay renegados, ¿eh?; hay mucha gente...

Claire Parnet:

¡Sí, pero son nuestros amigos!

Gilles Deleuze:

Sí, pero hay muchos, a pesar de todo, que no han hecho ninguna negación. En fin, no hay mucho que decir al respecto, la respuesta es muy sencilla: 1968 es la intrusión del devenir. A veces se ha querido ver en ello el reino de lo imaginario... y no es imaginario en absoluto: es una bocanada de aire en estado puro. Es lo real, es lo real que llega de repente, de tal suerte que la gente no lo comprende, no lo reconoce, y piensan: ¿pero qué es esto? ¡La gente real al fin y al cabo! La gente en su realidad –aquello fue prodigioso. Y, ¿qué era la gente en su realidad? Pues bien, era el devenir. En fin, pudo haber malos devenires y todo lo demás. Era de prever que los historiadores no comprendieran bien lo sucedido –porque yo creo mucho en la diferencia entre la Historia y el devenir: era un devenir revolucionario sin porvenir de revolución. Bueno, siempre puede uno burlarse, puede uno decir: me trae sin cuidado, ya se ha terminado... fueron fenómenos de devenir de los que la gente queda prendida. Incluso, si quieres, devenires animales, devenires niño, devenires mujer de los hombres, devenires hombre de las mujeres, etc. Se trata de ese dominio tan particular alrededor del cual giramos desde el principio de nuestras cuestiones. Y que es: ¿qué es exactamente un devenir? En fin, en todo caso, sí, 1968 es la intrusión del devenir.

Claire Parnet:

Y tú, ¿tuviste un devenir revolucionario en aquel momento? Como...

Gilles Deleuze:

Devenir revolucionario... sí, no hay más que verte sonreír para pensar que tú... lo dices con un punto de burla. Díme si no, entonces, qué es ser de izquierdas... es más discreto que devenir revolucionario...

Claire Parnet:

No, decírtelo es justo lo que no voy a hacer. No te lo voy a decir, así que, me gustaría plantear la cuestión de otro modo...

Gilles Deleuze:

Sí...

Claire Parnet:

... entre tu civismo de hombre de izquierdas, que vota y todo lo demás, y tu devenir revolucionario, como eres un hombre de izquierdas, ¿cómo te las arreglas, qué es para ti ser de izquierdas?

Gilles Deleuze:

Bueno... a ver, qué puedo decirte... pienso que no hay gobierno de izquierdas. Por eso... tampoco hay que sorprenderse: nuestro gobierno, que debería ser un gobierno de izquierdas y no es un gobierno de izquierdas –ello no significa que no hay diferencias entre los gobiernos. En el mejor de los casos, lo que podemos esperar es un gobierno favorable a determinadas... exigencias o reivindicaciones de la izquierda. Pero no existe un gobierno de izquierdas, porque la izquierda no es una cuestión de gobierno. Si a mí me dijeran: «¿cómo definir el ser de izquierdas o cómo definir la izquierda?», lo diría de dos maneras... hay dos maneras, y también en este caso, se trata ante todo de una cuestión de percepción, hay una cuestión de percepción. La cuestión de percepción es la siguiente: ¿qué es no ser de izquierdas? No ser de izquierdas es, en cierto modo, como una dirección postal: partir de sí, la calle en la uno está, la ciudad, el país, los demás países, cada vez más lejos, ¿no? Uno comienza por sí mismo, y en la medida en que uno es privilegiado, que uno está en un país rico, uno piensa: bueno, ¿cómo hacer para que la situación dure? Uno sabe perfectamente que hay peligros, que todo aquello no puede durar, que es demasiado, que es demasiado demencial... en fin, pero, ¿cómo hacer para que dure? De esta suerte, uno piensa: vaya, vaya, los chinos van a... pero están lejos, pero, ¿cómo hacer para que Europa dure?, etc. Ser de izquierdas es lo contrario: es percibir. Dicen que los japoneses perciben así. No perciben como nosotros, perciben primero el contorno... Entonces dirían: el mundo... el continente, pongamos: Europa, Francia, etc, la rue de Bizerte, ¡yo! Es un fenómeno de percepción, uno percibe en primer lugar el horizonte, uno percibe en el horizonte...

Claire Parnet:

¡Pues los japoneses no son tan de izquierdas!

Gilles Deleuze:

No es por generosidad... sí, pero precisamente, tu objeción no es una razón. Por allí están a la izquierda, por su sentido de la dirección, de la dirección postal, están a la izquierda. Primero miras al horizonte, ¿no?, y sabes que eso no puede durar, que no es posible... que la situación de miles de millones de personas que mueren de hambre, ¿no?, puede durar aún cien años, qué sé yo, pero no exageremos: esa injusticia absoluta no lo es en nombre de la moral, sino en nombre de la percepción misma que, entonces... si empezamos por la punta, eso es ser de izquierdas, empezar sabiendo que... –y en cierto modo, hacer votos y considerar que esos son los problemas que hay que solucionar... Y no consiste tan sólo en pensar: «a ver, hay que reducir la natalidad porque... esa es una manera de conservar los privilegios de Europa» –no es eso, sino que consiste en realidad en encontrar las combinaciones, en encontrar los agenciamientos mundiales que harán que.. Así, en efecto, en lo que respecta a los problemas del Tercer Mundo, ser de izquierdas es saber que los problemas del Tercer Mundo están más cerca de nosotros que los problemas de nuestro barrio. Es en realidad una cuestión de percepción, ¿no?, no es una cuestión de... alma bella y todo lo demás. Para mí ser de izquierdas es ante todo eso. Y, en segundo lugar, ser izquierdas es estar por naturaleza allí donde se trata ante todo de devenir, es un problema de devenir, de no dejar de devenir minoritario, lo que significa que la izquierda nunca es mayoritaria en tanto que izquierda. Y por una razón más sencilla: la mayoría es una cosa que supone, aun cuando se vota, que la mayoría no es sencillamente la mayor cantidad que vota por algo: la mayoría supone un patrón. En Occidente, el patrón que supone toda mayoría es: humano, adulto, varón, habitante de las ciudades. Ezra Pound, Joyce, han dicho cosas así, era pefecto, sí: ¡ese es el patrón! Así que tendrá la mayoría, por naturaleza, aquel que, en un momento dado, cumpla ese patrón, es decir, lo que se considera la imagen del humano adulto, varón, habitante de las ciudades. De tal suerte que, en última instancia, puedo decir que nadie es nunca la mayoría. Nadie lo es nunca, ¡es un patrón vacío! Sencillamente, varias personas, un máximo de personas se reconocen en ese patrón vacío, pero en sí el patrón está vacío. El humano adulto... etc. Entonces, las mujeres empiezan a ser tenidas en cuenta y a intervenir en la mayoría, o en las minorías secundarias, con arreglo a su agrupamiento en relación a ese patrón. Sin embargo, al lado de esto, ¿qué hay? Hay todos los devenires que son devenires minoritarios. Quiero decir que las mujeres, como tales, no son algo dado y consolidado, no son mujeres por naturaleza. Las mujeres tienen un devenir mujer. De resultas de esto, si las mujeres tienen un devenir mujer, los hombres también tienen un devenir mujer... Hablábamos antes de los devenires animales... Los niños tienen un devenir niño, no son niños por naturaleza... Todos esos devenires constituyen las minorías.

Claire Parnet:

Sólo los hombres no tienen un devenir hombre, es duro.

Gilles Deleuze:

Claro que no, es un patrón mayoritario.

Claire Parnet:

Está vacío.

Gilles Deleuze:

El varón adulto no tiene devenir. Puede devenir mujer, y en ese momento entablar procesos minoritarios. La izquierda es el conjunto de los procesos de devenires minoritarios. Así que puedo decir literalmente: la mayoría no es nadie, la minoría es todo el mundo. Eso es ser de izquierdas: saber que la minoría es todo el mundo... y que ahí se producen los fenómenos de devenir. Por esa razón todos los pensadores, sean los que sean, en lo que atañe a la democracia tuvieron dudas sobre... lo que llama las elecciones. En fin, se trata de cosas archisabidas, vaya.

Traducción: Raúl Sánchez Cedillo

Fuente: A Parte Rei

* En 1988 Deleuze accede realizar una serie de entrevistas con Claire Parnet para la televisión. Accede no sin establecer una cláusula por la cual los productores se comprometen a no emitir esta aparición televisiva de Deleuze hasta su muerte.La entrevista realizada por Pierre-André Boutang para ediciones Montparnasse toma el formato de Abecedario. Parnet va presentando palabras cuya inicial sigue el alfabeto y Deleuze desarrolla con ellas su pensamiento. Deleuze abc



Related Posts with Thumbnails