UMBERTO ECO - El campo semiótico



I. Al iniciar una investigación sobre el alcance de las leyes de la semiótica ante todo es necesario establecer si a) con el nombre de «semiótica» distinguimos una disciplina específica con un método unificado y un objeto concreto; o bien si b) consideramos la semiótica como un simple campo de investigaciones, un simple repertorio de temas no unificados aún del todo. Si la semiótica es un «campo», las distintas investigaciones semióticas se justifican por el mero hecho de existir y la definición de «semiótica» se ha de inducir por la extrapolación de una serie de tendencias constantes en el campo de investigaciones, y por ellas, de un modelo unificado. En cambio, si la semiótica es una «disciplina», el investigador ha de proponer por deducción un modelo semiótico que sirva de parámetro para incluir o excluir del campo semiótico las distintas investigaciones.


Por ello, ante todo hemos de tomar en consideración el campo semiótico tal como se presenta actualmente, en toda su variedad y desorden. A continuación hemos de proponer un modelo de investigación en apariencia simplificados Y, por último, hemos de contradecir continuamente este modelo, individualizando en el campo semiótico todos los fenómenos y los métodos que no se adecuan al mismo y que nos obligan a reestructurarlo, ampliarlo, corregirlo. De esta manera quizás conseguiremos perfilar (aunque sea provisionalmente) el ámbito de la investigación semiótica en el futuro y sugerir un método unificado para hacer frente a fenómenos en apariencia muy distintos y hasta ahora irreductibles. Si la operación tiene éxito, nuestro modelo semiótico habrá conseguido mantener la complejidad del campo confiriéndole una estructura, y por lo tanto, transformando el campo en sistema. Como es obvio, si los elementos del campo tenían una existencia «objetiva» (en el sentido de que existen como aspectos de la cultura), la estructura del campo como sistema se ha de considerar como la hipótesis operativa, la red metodológica que hemos echado sobre la multiplicidad de fenómenos para hablar de ellos.


Esta estructura se aplica por deducción, sin pretender que sea la “estructura real del campo”. Por ello, considerarla como estructura objetiva del campo es un error con el que el razonamiento, en lugar de abrirse, se presenta ya terminado. Esto justifica el título de la sección D de este libro y del conjunto del mismo: “La estructura ausente”. Una investigación semiótica solamente tiene sentido si la estructura del campo semiótico es asumida como una entidad imprecisa que el método se propone aclarar (provocando continuamente sus contradicciones). No tiene sentido si la estructura, establecida por deducción, se considera “verdadera”, “objetiva” y “definitiva”. En tal caso la semiótica como investigación, como método, como disciplina, adquiere tres caracteres negativos: a) está terminada en el mismo momento en que nace; b) es un razonamiento que excluye todos los razonamientos sucesivos y pretende ser absoluto; c) no es ni un método de aproximación continuo de un campo disciplinario ni una disciplina científica, sino una filosofía, en el sentido más denigrante del término. Como veremos en la sección D, una semiótica que tenga estos caracteres ni siquiera es una filosofía (en el sentido que daban a este término los filósofos griegos): es una ideología, en el sentido que le da la tradición marxista (y que nosotros explicamos en términos semióticos en A.4.).


II. Así, pues, nuestra investigación habrá de comenzar con una rápida enumeración, en forma de bibliografía comentada, del campo semiótico.

Siendo el estudio de la cultura como comunicación, la semiótica ha de iniciar sus razonamientos con un panorama de la cultura semiótica, es decir, de los metalenguajes que intentan indicar y explicar la gran variedad de «lenguajes» a través de los cuales se constituye la cultura.

Al emprender nuestra enumeración, hemos de proponer como hipótesis de trabajo que queda establecida una investigación semiótica cuando se supone que todas las formas de comunicación funcionan como emisión de mensajes basados en códigos subyacentes. Es decir, que todo acto de performance comunicativa se apoya en una compétence preexistente. Que todo acto de parole presupone una langue. Más adelante ya definiremos mejor lo que entendemos por códigos y por mensajes. De momento estos términos se toman en su significado más vasto e impreciso. Siguiendo a Miller [1951] vamos a definir un código como «un sistema de símbolos que por convención previa está destinado a representar y a transmitir la información desde la fuente al punto de destino». Quede claro que hasta aquí no hemos definido todavía ni «sistema», ni «símbolo», ni «información», ni «fuente», ni «punto de destino». Pero al menos podemos decir que, en el momento en que yo dirijo a alguien una palabra, un gesto, un signo, un sonido (para que conozca algo que yo he conocido antes y deseo que él conozca también) me baso en una serie de reglas, hasta cierto punto estipuladas, que hacen comprensible mi signo. Una de las hipótesis de la semiótica es la de que estas reglas, o estos signos, existen bajo cualquier proceso de comunicación, y se apoyan en una convención cultural. Si se sospechara que estos signos se comprenden de una manera «intuitiva», por participación espontánea, por contacto directo entre dos «entidades espirituales», sin la mediación de convenciones sociales, la semiótica no tendría sentido alguno. Digamos por lo tanto que la dialéctica comunicativa entre códigos y mensajes y la naturaleza convencional de los códigos son descubrimientos que no corresponden a la semiótica: son las premisas en las que ésta se funda, la hipótesis que le sirve de guía.


III. En este sentido, actualmente corresponden al campo semiótico las siguientes investigaciones, que reseñamos partiendo de los sistemas de comunicación aparentemente más «naturales» y «espontáneos», menos «culturales», hasta llegar a los procesos culturales más complejos, reconocidos como tales.


ZOOSEMIÓTICA. Los sistemas de comunicación entre los animales se estudian como un aspecto de la etología. Por ejemplo, los nuevos descubrimientos sobre la comunicación entre las abejas, que parecen poner en duda todas las nociones admitidas sobre el significado proverbial de la “danza”. El estudio zoosemiótico puede contribuir a individualizar algunos universales de la comunicación, pero también podría obligar a revisar el concepto de la inteligencia animal y a individualizar procesos de convencionalización elemental [cfr. Sebeok, 1967, 1968].


SEÑALES OLFATIVAS. Bastaría con el código de los perfumes (fresco, sensual, viril, etc.) para establecer la existencia de posibilidades comunicativas. La tradición poética (véase Baudelaire) nos ha dado algunas indicaciones. Si los perfumes artificiales tienen sobre todo el valor connotativo que se ha dicho, los olores tienen claramente un valor denotativo. En tal caso, podrían catalogarse como “índices” (olor a quemado), aunque en los estudios de Hall [1966], en muchas civilizaciones se atribuyen a los olores personales un valor de significación social que rebasa la mera comunicación indicativa.


COMUNICACIÓN TÁCTIL. Es fundamental en la primera experiencia del mundo externo en el niño y según algunos autores predetermina la comprensión sucesiva de los mensajes verbales. En este sector se incluyen los estudios sobre la modificación de la piel, por medio de prácticas higiénicas, perfumes y ungüentos. La experiencia táctil influye igualmente en la elección de vestuario. Cuando la comunicación táctil se convencionaliza, aparecen ciertos tabúes que ya figuran en los códigos prosémicos [Hall, 1959, 1966]. Forman parte de los mensajes táctiles codificados, el beso, el abrazo, la bofetada, en cuanto no son estímulos sino estilizaciones [Frank, 1957].


CÓDIGOS DEL GUSTO. Además de las diferencias de gusto implícitas en cada civilización, con la posibilidad de sistemas de oposiciones que regulen el aparejamiento de distintos sabores, pueden individualizarse algunas convenciones sobre la composición de las comidas y sobre las reglas para servirlas. Lo mismo puede decirse de las bebidas. Existe además el ámbito de los sistemas connotativos y sinestésicos (el “sabor fuerte”; o las transposiciones metafóricas de las denominaciones de sabores a otros dominios, como “dulce amor”). Sobre los sistemas semánticos establecidos por el gusto, naturalmente hay que acudir a las investigaciones de Lévi-Strauss [1964].


PARALINGÜÍSTICA. El estudio de los rasgos suprasegmentales (los tonos de la voz) y de las variantes facultativas que corroboran la comunicación lingüística y se presentan como sistematizables y susceptibles de convencionalización, o que, siendo reconocidos como naturales y motivados, son sistematizables de alguna manera. Estos fenómenos han sido objeto de estudio minucioso, gracias a los nuevos métodos de registro, que permiten analizar incluso las variaciones menos perceptibles por observación directa. En general, se asocia a la paralingüística la cinésica, considerada como el estudio de los gestos y de los movimientos corporales que tienen un valor significativo convencional. Pero cada vez se tiende más a separar estos dos sectores. [Cfr. Fonagy 1964; Stankiewicz, 1964; Mahl y Schulze, 1964.]

Trager [1964] subdivide los rumores que no tienen estructura lingüística propiamente dicha en:

A. Tipo de voz. Depende del sexo, de la edad, de la salud, del lugar de origen del que habla, etc. Se han estudiado distintos tonos de voz usados por la misma persona en circunstancias distintas. Ostwald [1964] analiza la diversidad de modulaciones con la boca cerrada en el teléfono y a distintas horas del día, relacionándola con las variaciones del sodio y del potasio en la sangre. Otras investigaciones similares se refieren a las bases biológicas de la comunicación y forman parte integrante de las investigaciones de semiótica médica. Según Trager, en realidad el tipo de voz no corresponde al paralenguaje.

B. Paralenguaje. Se diferencia en:

a) cualidades vocales: por ejemplo, la intensidad de los sonidos, el tipo de control de los labios o de la glotis, la pesadez o ligereza en el respirar, el control de las articulaciones, la resonancia, el tiempo, etc.

b) vocalizaciones, que se dividen en:

b.1. caracterizantes vocales (ejemplo: risa sofocada o abierta, llanto, lloriqueo, sollozo, susurro, chillido, grito sofocado, barboteo, gemido, lamento, eructo, voz quebrada, bostezo...).

b.2. cualificadores vocales (por ejemplo, intensidad y tono de voz).

b.3. segregados vocales: es el complejo de sonidos que, más que modular las emisiones fonéticas, las acompaña, como las nasalizaciones, las aspiraciones, los gruñidos, los “hum” de comentario e interjección, los ruidos de la lengua y labios (que dicho sea de paso, han sido codificados bastante bien por este tipo de transcripción en forma dramática de los segregados vocales considerados como signos, que son las expresiones verbales de los cómics...).


LENGUAJES TAMBORILEADOS Y SILBADOS. La sospecha de que los “tonos” tienen valor convencional crece cuando se pasa al examen, realizado por los antropólogos, de los distintos sistemas de señalización por medio de silbidos, pitos, flautas y tambores. Weston La Barre [1964] relaciona una serie de sistemas ségnicos, como el lenguaje silbado y la conversación con xilófono de los chin birmanos; el tamborileo en las raíces de los árboles de los Kwona; el lenguaje con la boca cerrada del Chekiang; el yodel alpino; las comunicaciones referenciales en código silbado de los Ashanti (el sujeto llega a comunicar el lugar donde se debe buscar un objeto); el lenguaje silbado de los habitantes de Canarias que modulan, no los tonemas, sino verdaderos fonemas del español hablado; el lenguaje de tambores del África Occidental, que reproduce rasgos tonémicos del lenguaje hablado en dos tonos básicos del tambor, realizando además comunicaciones muy convencionalizadas, en tanto que los Ewe del Togo han llegado a convencionalizar frases enteras (aunque se trata de sistemas de transcripción similares a nuestros códigos telegráficos); y también las señales con el cuerno de cuatro tonos que transmite, no el equivalente melódico de las formas suprasegmentales, sino unidades diferenciales abstractas y auténticas.


CINÉSICA Y PROSÉMICA. Según Birdswhistell [1964], “cuando la gente emite sonidos y escucha, se mueve y mira, toca y siente, emite y recibe olores, etc., todas estas cosas se combinan de diversos modos para participar en el sistema comunicativo, y no es extraño enunciar que estas modalidades pueden ser estructuradas analógicamente: si se aprenden de una manera sistemática, pueden ser modelizadas de la misma manera, o al menos se puede intentar... Si examinamos un corpus de datos, por ejemplo los films con el alcalde La Guardia hablando yidish, italiano o inglés americano, sus modelos de movimiento cambian de una manera tan sistemática que se podría eliminar el sonoro y adivinar en qué lengua está hablando”.

Birdwhistell [1952, 1960, 1963, 1965, 1966] ha elaborado un sistema de notaciones de los movimientos corporales que llega a grados de precisión extremos y ha señalado también una nomenclatura de los rasgos pertinentes y de las configuraciones sintagmáticas gestuales, a la que nos referiremos al tratar del código cinematográfico.

En cuanto al ámbito de la investigación cinésica, he aquí algunas voces de un repertorio sugerido por La Barre [1964]: el lenguaje gestual mudo de los monjes de clausura, el lenguaje de los sordomudos, de los mercaderes hindúes, de los persas, de los gitanos, de los ladrones, de los contrabandistas; los movimientos rituales de las manos de los sacerdotes budistas e hindúes; las comunicaciones de los pescadores de la Patagonia; la cinésica oriental y mediterránea, en la que ocupa un lugar privilegiado la gesticulación napolitana [De Jorio, 1832] (no se debe olvidar que la cinésica napolitana, a través del histórico gesto de Sraffa, está míticamente en la base de los problemas de Wittgenstein sobre el significado...); los gestos estilizados de las figuras de la pintura maya, utilizados para descifrar el lenguaje escrito, de la misma manera que el estudio de la gestualidad griega según aparece en las pinturas de los vasos puede aclarar muchas cosas sobre el período estudiado (y de la misma manera, el estudio de la gestualidad napolitana puede relacionarse con los usos cinésicos de la Magna Grecia y con ello aclarar la cinésica ática). Por las mismas razones, la cinésica estudia la gestualidad teatral, ritualizada en los teatros clásicos orientales, en el mimo y en la danza [cfr. también Greimas, 1968; Guilhot, 1962]

Los estilos de andar, que varían según las culturas y denotan un ethos distinto; los estilos de posición erecta, en los que la codificación es más rigurosa (y también más variable) en las variaciones militares del ¡atención! y en los estilos casi litúrgicos de los pasos de desfile [cfr. Mauss, 1950].

Las distintas modalidades de la risa, de la sonrisa, del llanto, aunque elementos del paralenguaje, también lo son de la cinésica. En su punto extremo, la investigación sobre las cinésicas altamente culturalizadas llega al estudio de las posiciones defecatorias, de la micción y del coito (y no digamos las posiciones de los seres en el momento del orgasmo, que no sólo se determina por movimientos fisiológicos, sino que varía según las culturas, como demuestran varios ejemplos de escultura erótica antigua).

Añadamos los estudios sobre el movimiento de la cabeza (la relatividad cultural de los gestos del “sí” y del “no” es reconocida universalmente), sobre gestos de gracias, sobre el beso (que históricamente es común a las civilizaciones greco-romana y semítica, pero —al parecer— es ignorado en la celta; y en las civilizaciones orientales tiene significados diversos). Semas cinésicos como el de enseñar la lengua adquieren denotaciones distintas en China o en el Sur de Italia; los gestos de desprecio (que en la cinésica italiana son tan abundantes) están codificados como los guiños (lo que para un latino-americano significa “ven acá” para un norteamericano quiere decir “lárgate”). Los gestos de cortesía figuran entre los más codificados, en tanto que los actos motores convencionalizados cambian tanto con el tiempo que se hace difícil comprenderlos e incluso resultan ridículos, como sucede con los films de la época muda. Los gestos de la conversación, que puntualizan o sustituyen frases enteras, se unen a los grandes gestos oratorios. Hay estudios sobre la distinta gestualidad en una conversación entre un italiano y un hebreo en América [Efron, 1941], y tendemos a examinar el valor convencional de los gestos simbólicos (ofrecimientos, dones), la gestualidad en los deportes (estilo del saque en el baloncesto, maneras de maniobrar una canoa), hasta llegar a los estilos del tiro al arco que, junto con los gestos de la ceremonia del té, constituyen los pilares de la etiqueta zen. Tenemos, por último, los distintos significados del silbido (aplauso, desprecio, etc.) y las modalidades del comer y del beber.

En cada uno de estos casos, como en todo lo que se refiere al paralenguaje, se podría decir como conclusión que, incluso en el caso de que los gestos y los tonos de voz no tuvieran un valor institucionalizado y formalizable, podrían ser interpretados como señales convencionales que orientan al destinatario sobre el código connotativo que debe emplear para descodificar el mensaje lingüístico; y por ello su función de señaladores de código sería en todo caso de gran importancia desde el punto de vista semiológico.

A la prosémica deberíamos dedicar un capítulo aparte, pero sobre este tema ya nos extenderemos al tratar de los códigos arquitectónica en C.


SEMIÓTICA MÉDICA. Este sector se escinde en dos zonas distintas: por un lado tenemos el sistema de índices naturales por medio del cual se individualiza el síntoma (y puesto que para la comunidad médica determinados síntomas se expresan por medio de determinados indicios, a nivel del grupo médico existe un sistema de convenciones); por otro, el sistema de expresiones lingüísticas por medio de las cuales los pacientes de medios y civilizaciones distintas suelen denunciar verbal o cinésicamente un síntoma [Lacan, 1966; Piro, 1967; Maccagnani, 1967; Barison, 1961; Szas, 1961].


Los CÓDIGOS MUSICALES. El problema de la música suele plantearse cuando se trata de comprobar la posibilidad de codificar los tonemas. Ostwald [1964] nos recuerda que la notación musical actual nació de las antiguas notaciones de gestos y de la notación neumática, que registraban fenómenos cinésicos y paralingüísticos a la ver. De todas maneras, en el ámbito musical se pueden individualizar:

A. Semióticas formalizadas. Son las distintas escalas y gramáticas musicales, los modos clásicos, los sistemas de atracción. Su estudio corresponde a la sintagmática musical, la armonía, el contrapunto, etc. Actualmente se pueden añadir los nuevos sistemas de notación empleados en la música contemporánea, en parte idiolectales, en parte fundados en notaciones icónicas en apariencia, pero que se apoyan en referencias culturales que las convencionalizan. Para la notación cfr. Langleben, 1965.

B. Sistemas onomatopéyicos. Van desde las onomatoyepas del lenguaje verbal a los repertorios de onomatopeyas de los cómics [cfr. Jakobson, 1964, 1967].

C. Sistemas connotativos. La tradición pitagórica confiaba a cada modo la connotación de un ethos (en cuyo caso se trataba también del estímulo de un comportamiento), como observa también La Barre [1964]. La connotación de un ethos se encuentra en tradiciones musicales como la China clásica o la India. Puede admitirse la connotatividad de las grandes cadenas sintagmáticas, incluso en lo que se refiere a la música moderna, aunque sobre este particular sea válida la advertencia de que las frases musicales no se han de considerar dotadas de valor semántico. Pero es difícil negar las connotaciones convencionalizadas de algunas músicas estereotipadas: pensemos en la música “thrilling”, en la música “pastoral” o “marcial”; y también existen músicas tan ligadas a unas ideologías precisas que asumen un valor connotativo indiscutible (La Marsellesa, La Internacional).

D. Sistemas denotativos. Por ejemplo, las señales musicales que denotan una orden (atención, descanso, izar bandera, rancho, silencio, diana, carguen), hasta el punto de que quien no capta la denotación precisa incurrir, en sanciones. Estas mismas señales asumen valores connotativos del tipo “valor”, “patria”, “guerra”, etc. La Barre cita el sistema de conversación por medio de la flauta pentatonal, utilizado por los aborígenes de Sudamérica.

E. Connotaciones estilísticas. En este sentido, una música reconocible como del siglo XVIII connota un ethos reconocible, un rock connota “modernidad”, un ritmo binario tiene connotaciones distintas a un ritmo de tres por cuatro, según el contexto y las circunstancias. Igualmente se pueden estudiar los diversos estilos de canto a través de los siglos y de las distintas culturas.


LENGUAJES FORMALIZADOS. Parten del estudio de las estructuras matemáticas [Vailati, 1909; Barbut, 1966; Prieto, 1966; Gross Lentin, 1967; Berlin, 1967] para llegar a las distintas lenguas artificiales, como sucede en la química y en la lógica, y en las semióticas en el sentido de Greimas [1970], como formalizaciones de los contenidos de las ciencias naturales. En este apartado se incluyen todos los lenguajes inventados (por ejemplo, el Linces, como lenguaje interespacial) [Freudentahl, 1960], los alfabetos como el Morse o el álgebra de Boole para los calculadores electrónicos. Aquí se inserta el problema de una metasemiología [Malí, 1968; Kristeva, 1968] y de un lenguaje universal, en el sentido de Raimundo Lulio y de Leibniz [cfr. Rossi, I960].


LENGUAS ESCRITAS, ALFABETOS IGNORADOS, CÓDIGOS SECRETOS. El estudio de las lenguas escritas se escinde del de las lenguas naturales entendidas como lenguas verbales, y más bien se relaciona con el problema de descifrar alfabetos ignorados y mensajes secretos basados en códigos criptográficos. Pero también se refiere a los valores connotativos de la denotación alfabética escrita o impresa, como ha demostrado Matshall McLuhan [1962], y al problema más general de la escritura [Dérida, 1967 B].


LENGUAS NATURALES. Pertenecen al ámbito de la lingüística propiamente dicha y de la etnolingüística, y sobre él no consideramos necesario extendernos ahora. Quizá convenga indicar que la dirección de la investigación semiológica se concreta hacia los léxicos y los subcódigos. De los modelos estereotipados del lenguaje a todo el sistema retórico, al que se dedicarán algunos capítulos de este libro, hasta llegar a las convenciones lingüísticas particulares: subcódigos especializados (políticos, técnicos, jurídicos; todo un sector muy importante en el estudio de la comunicación de masas) y subcódigos de grupo: fórmulas de los vendedores ambulantes, lenguas secretas y jergas, lenguaje coloquial. Y finalmente, la utilización retórica del lenguaje cotidiano para construir mensajes a diversos niveles semánticos, como ocurre con las adivinanzas, los enigmas, o los crucigramas [cfr. Greimas, 1970; Krzyzanowski, I960].


COMUNICACIONES VISUALES. Hemos dedicado dos secciones del libro a este vasto dominio. Aquí será suficiente enunciar los temas que se explicarán más adelante e indicar las investigaciones en curso en otros sectores [cfr. Communications, n. 15].

A. Señalécticas altamente convencionalizadas. Banderines navales, señales de tráfico, grados militares, alfabetos universales (posibles) basados en símbolos visuales de acepción común [Prieto, 1966].

B. Sistemas cromáticos. Desde los intentos poéticos para asociar algunas sinestesias precisas a los colores, hasta los sistemas semánticos ligados a los fenómenos cromáticos en las comunidades primitivas, y hasta el valor connotativo de los colores en las sociedades occidentales (negro-luto, blanco-luto, blanco-boda, rojo-revolución, negro-señorío, etcétera).

C. Vestuario. Los estudios de Barthes [1967] sobre la moda conciernen solamente a la expresión verbal de los modelos y no cubren todo el ámbito de investigaciones sobre el vestuario como comunicación, cuyo punto álgido de formalización lo alcanza la semiótica de las divisas militares y de los hábitos y ornamentos eclesiásticos.

D. Sistemas verbo-visuales. El panorama es inmenso. Desde el cine y la televisión [Metz, 1964; Betlelini, 1968] hasta los cómics [Eco, 1964], la publicidad, los sistemas de papel moneda, las “rebus”, las semióticas de las barajas y de los juegos en general (ajedrez, damas, dominó, etc) [Lekomceva, 1962; Egorov, 1965]; también está el estudio de los mapas geográficos y topográficos [Berlin, 1967] y de sus condiciones óptimas de denotación, al que se añade el estudio de los diagramas [Jakobson, 1966] y de los proyectos arquitectónicos, e incluso las notaciones coreográficas y el sistema simbólico de la astrología.

E. Otros sistemas. En este renglón incluimos investigaciones sobre las que volveremos más adelante, como el estudio de los códigos icónicos [cfr. Peirce, 1931; Morris, 1946; Verón, 1970], iconológicos y estilísticos; el estudio del diseño y de la arquitectura [cfr. sección C], el sistema de los objetos [Baudrillard, 1968], etc.


ESTRUCTURAS DE LA NARRATIVA. Otro sector del análisis semántico es el de las estructuras narrativas o las grandes cadenas sintagmáticas. Desde los primeros intentos —ya clásicos y beneméritos— de Propp [1928] a las integraciones que ha hecho Lévi-Strauss [1958 A y C], con las escuelas de Barthes [1966, 1970] y de Greimas [1966] se ha pasado a un auténtico estudio organizado de la semiótica de la trama [Brémond, 1964, 1966; Metz. 1968; Todorov, 1966, 1967, 1968, 1970; Genette, 1966 A; V. Morin, 1966; Gritti, 1966, 1968; Eco, 1964, 1970] y de los mecanismos narrativos en general [Sceglov, 1962; Zolkovsi, 1962, 1967; Karpinskaia-Revzin, 1966].

Naturalmente, los resultados más controlables todavía son los del patrimonio etnológico tradicional (mitos, leyendas, fábulas) [Greimas, 1966; Maranda, 1962; Dundes, 1964, 1966; Greimas-Rastier, 1968] y los de la novela policíaca [Sceglov, 1962 A], que se rigen fundamentalmente por la trama. La aportación de las escuelas eslavas, de los viejos formalistas o los nuevos semióticos, ha sido determinante en este campo.


CÓDIGOS CULTURALES. Estamos en el terreno de los sistemas de comportamiento y de valores que tradicionalmente no se consideran bajo el aspecto comunicativo. Hagamos una relación:

A. Etiqueta. No solamente como sistema gestual, sino también como sistema de convenciones, tabús, jerarquías, etc. [Civ’ían, 1962, 1965].

B. Sistemas de modelización del mundo. Los semióticos soviéticos incluyen bajo este nombre mitos, leyendas, teologías primitivas y tradicionales, que dan un cuadro unitario que permite comunicar la visión global del mundo de una comunidad [Ivanov y Toporov, 1962, 1965].

C. Tipología de las culturas. La semiótica soviética [Lotman, 1964, 1967 A] insiste mucho sobre este capítulo. La semiótica puede colaborar en el estudio de una cultura, tanto en sentido diacrónico como sincrónico, integrándola en una semiótica autónoma. La función de la investigación semiótica no consiste tanto en reconocer que en el Medievo existía un código de la mentalidad caballeresca como en resolver este “código” (todavía definido como tal por metáfora), en un sistema riguroso.

D. Modelos de la organización social. Se podrían indicar como ejemplos típicos los estudios sobre las organizaciones de parentesco [Lévi-Strauss, 1947], pero el problema también concierne a la organización global de las sociedades avanzadas [Moles, 1967]. En este sentido, cabe en este capítulo la inserción de las perspectivas semióticas en el sistema filosófico de Marx [Rossi-Landi, 1968].


CÓDIGOS Y MENSAJES ESTÉTICOS. Cfr. en A.3 el tipo de aclaración que el punto de vista semiótico puede aportar a los problemas de estética, y cómo puede vivificar aquella disciplina específica que es la “poética”. Aquí podemos establecer una distinción entre una semiótica que se ocupa de la estética (más que nada, para obtener afirmaciones y pruebas de nuestros axiomas, a través del análisis de las obras de arte) y una estética semiótica, es decir, una estética que quiere ser un estudio del arte como proceso comunicativo.


COMUNICACIONES DE MASA. La problemática de las comunicaciones de masa, nacida en el seno de la sociología, particularmente en los Estados Unidos, y en el ámbito socio-filosófico de la Escuela de Frankfurt (Adorno, Horkheimer, Benjamin, etc.), ha originado en un momento dado la exigencia de un fundamento semiótico de sus problemas y de sus principios.

De hecho, si entre los medios de comunicación de masas se incluyen el cine, la prensa, la televisión, la radio, las revistas, los cómics, la publicidad, las distintas técnicas de propaganda, la música ligera, la literatura popular, etc., nos preguntamos si cada uno de estos sectores de la comunicación de masas ya es objeto de investigaciones específicas y si, en general, las investigaciones sobre ella no consisten en aplicar el método de una disciplina cualquiera (psicología, sociología, pedagogía, estilística, etc.) a uno de estos medios, a sus técnicas, o bien a sus efectos.

Pero si hasta hoy los estudios sobre la comunicación de masas han recurrido con una gran ductilidad a los métodos más dispares, es preciso caracterizarlos por la unidad de su objeto.

El estudio de la comunicación de masas existe como disciplina, no en cuanto examina la técnica o los efectos de un “género” particular (novela policíaca o cómic, canción o film) con un método de investigación cualquiera, sino porque establece que todos estos géneros tienen una característica común en el ámbito de una sociedad industrial.

De hecho, las teorías y los análisis sobre la comunicación de masas se aplican a distintos “géneros” de comunicación, en la medida en que se tienen: 1) una sociedad de tipo industrial suficientemente estratificada en apariencia, pero en realidad muy rica en contrastes y diferencias; 2) unos canales de comunicación que permiten alcanzar, no a grupos determinados, sino a un círculo indefinido de receptores en situaciones sociológicas distintas; 3) unos grupos productores que elaboran y emiten determinados mensajes como medios industriales.

Cuando existen estas condiciones, las diferencias de naturaleza y de efectos de las diversas modalidades de comunicación (cine o periódico, televisión o cómics) pasa a segundo plano respecto a la aparición de estructuras y efectos comunes.

El estudio de la comunicación de masas se propone un objeto unitario en la medida en que postula que la industrialización de la comunicación ha de cambiar, no solamente las condiciones de recepción y de emisión del mensaje, sino también (y la metodología de estos estudios se rige por esta paradoja aparente) el propio sentido del mensaje (es decir, aquella masa de significados que se creía que era una parte inalterable del mensaje, tal como lo había pensado el autor, independientemente de sus modos de difusión).

Pero cuando individualiza con tanta exactitud su propio objeto, el estudio de la comunicación de masas se ve obligado también a individualizar su propio método específico. Para estudiar la comunicación de masas, para reunir materiales aptos para la profundización unitaria de sus diversos objetos, se puede y se debe recurrir (mediante una labor interdisciplinaria) a métodos dispares, desde la psicología a la sociología, pasando por la estilística: pero solamente se puede postular el estudio unitario de los fenómenos si se consideran las teorías y los análisis de la comunicación de masas como uno de los capítulos, sin duda uno de los más importantes, de la semiótica general.


RETÓRICA. En el estudio de la comunicación de masas (y por lo tanto de las comunicaciones con finalidad persuasiva) actualmente convergen las investigaciones sobre la retórica. Una relectura semiótica de los tratados tradicionales resulta repleta de sugerencias. De Aristóteles a Quintiliano, pasando por los teóricos renacentistas y medievales hasta Perelman, la retórica resulta ser el segundo capítulo de una semiótica general (después de la lingüística) estudiado desde hace siglos y destinado a facilitar los instrumentos de otra disciplina que actualmente la encuadra. Por ello, la bibliografía sobre los aspectos semióticos de la retórica se identifica con toda la bibliografía sobre la retórica (cfr. Lausberg, para una primera orientación).


Una vez recorrido el campo semiótico, aunque de una manera desordenada, surge una pregunta: ¿se pueden reducir todos estos problemas y enfoques distintos a un punto de vista único? La manera en que se estudian las lenguas naturales, ¿puede servir para estudiar los tipos de cultura o los signos icónicos? ¿Hay una razón constitucional para examinar fenómenos tan diversos bajo el punto de vista único de la comunicación? ¿La semiótica solamente es una etiqueta que se aplica a un campo de disciplinas irreductibles unas a otras y unidas solamente por la atención que se presta al aspecto comunicativo genérico de los distintos fenómenos, o es un método unificado que permite definir la comunicación como una estructura constante? Para dar respuesta a estas preguntas es preciso aventurarse a una definición teórica provisional de la semiótica, dejando de lado por el momento su aspecto descriptivo.




Hay discusiones acerca del nombre de esta disciplina. ¿Semiótica o semiología? “Semiología” si se tiene presente la definición de Saussure [cfr. por ejemplo Barthes, 1964 A], “semiótica” si se piensa en la lección de Peirce y en la semiótica de Morris [cfr. Maldonado, 1959 y 1961, y Rossi-Landi, 1967]. Y se añade que se podría hablar de semiología si se pensara en una disciplina general que estudiara los signos y que contemplara los signos lingüísticos sólo como un reducto particular; pero Barthes ha invertido la definición de Saussure considerando la semiología como una translingüística que examina todos los sistemas de signos como réductibles a las leyes del lenguaje. Por ello se cree que los que tienden a un estudio de los sistemas de signos que no dependa necesariamente de la lingüística (como nos hemos propuesto en este libro) han de hablar de semiótica [Rossi-Landi, 1966). Por otra parte, el hecho de que Barthes haya dado una acepción particular a la proposición de Saussure no nos ha de impedir volver a ella, redescubriendo su sentido original y utilizando de nuevo su terminología.

Sea como fuere, en este libro hemos decidido adoptar definitivamente la palabra “semiótica”, sin prestar atención a las implicaciones filosóficas o metodológicas de ambos términos. Simplemente, nos conformamos con la decisión adoptada en enero de 1969 en París por un comité internacional que ha dado origen a la “International Association for Semiotic Studies” y que ha aceptado el término “semiótica” (aunque sin excluir el uso de “semiología”), que de ahora en adelante habrá de cubrir todas las posibles acepciones de los dos términos en discusión.


Umberto Eco, La estructura ausente -Introducción a la semiótica. Editorial Lumen. Título original: La struttura assente. Traducción: Francisco Serra Cantarell.





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