JUAN GOYTISOLO – Hemingway va a ver corridas de toros



A lo largo del siglo XIX, pese a la diferencia abismal que aún separa España de los países industriales europeos, un vasto sector de la periferia española se dinamiza y asistimos a la lenta agonía de una clase parasitaria —con sus tabúes y prejuicios respecto al deshonor inherente al comercio y a los oficios técnicos y manuales— que, aunque suplantada por la nueva clase burguesa, se sobrevive a sí misma incrustándose en aquélla y contaminándola poco a poco con su incorregible inmovilismo. En la época de la restauración borbónica, el proceso de industrialización se acelera y el pueblo se «urbaniza», deviene proletario: la población de Bilbao aumenta un 300 %; Madrid y Barcelona, un 200 %. Cuando, a raíz de la guerra con los Estados Unidos, las industrias de Barcelona y Bilbao pierden gran parte de sus mercados ultramarinos, la crisis económica estalla y, simultáneamente al separatismo nacionalista de la burguesía catalana (y, en menor grado, de la vasca), se produce una violenta agitación revolucionaria en el nuevo proletariado urbano. Tras la Semana Trágica, que ensangrentó en 1909 las calles de Barcelona, la burguesía empieza a desconfiar de unos partidos políticos que se muestran incapaces de asegurar eficazmente su defensa, y cifra cada vez más sus esperanzas en una enérgica intervención del ejército. En 1917, éste aplasta el movimiento revolucionario inspirado en el ejemplo de los sóviets y, en 1923 —tras un período muy tenso de terrorismo y contraterrorismo—, el general Primo de Rivera suspende la Constitución e instaura un gobierno de semidictadura con el apoyo del rey, de la burguesía industrial y de los grupos políticos de derecha. De 1923 a 1930, España conocerá, en apariencia, una fase de relativa paz y sosiego que un ensayista contemporáneo describe en estos términos: «La coyuntura económica mundial, extraordinariamente propicia, de los años veinte favorece en España la continuación del largo período de prosperidad, y el avance económico es considerable en todos los dominios. Los índices de producción del año 1929 no serán superados, en conjunto, hasta muy avanzados los años cincuenta. Aunque con retraso, España sigue a Europa en su desarrollo económico. Poco a poco, va constituyéndose una infraestructura que impide considerarla como país subdesarrollado y que le ofrecerá una base razonable para su despegue económico futuro. En 1930 encontramos ya la España económica, con sus zonas industriales bien delimitadas en el norte y nordeste del país, con sus contrastes regionales acusados, con su estructura agraria inmovilizada y su red de transportes y de distribución comercial deficientes, pero reales». 
En la década de los happy twenties, España recibe la visita de un forastero cuyo nombre, desconocido por aquellas fechas, no tardará en alcanzar celebridad mundial en el campo de la literatura: me refiero a Ernest Hemingway. Cediendo, como en otros muchos puntos, a la contagiosa influencia de Gertrude Stein (quien, con su inseparable Alice Toklas, seguía por las distintas arenas de la Península las proezas de El Gallo y de Joselito), el novelista entonces en ciernes decide ir al único lugar en el que se podía observar a voluntad el juego de la vida y la muerte, en un momento en que, sobre casi toda la extensión del globo, habían cesado las guerras (era la época de los ilusorios acuerdos de Locarno, y sólo André Malraux presintió la aventura de la futura revolución china). George Borrow había ido a España con el propósito de difundir en ella la luz de las Escrituras; Hemingway irá a presenciar corridas de toros. En el primer capítulo de su obra Muerte en la tarde, el escritor norteamericano ha expuesto, en forma bastante convincente, las razones de su afición, afición tenida por bárbara en los países anglosajones, cuna, como es sabido, de la todopoderosa Sociedad Protectora de Animales: «Por observación, podría decir que las personas se dividen en dos grandes grupos: aquellas que, para emplear una terminología fisiológica, se identifican con los animales, esto es, se ponen en su lugar; y aquellas que se identifican con los seres humanos. Yo creo que quienes se identifican con las bestias, es decir, los amigos profesionales de los perros y otros animales, son capaces de mayor crueldad hacia los seres humanos que los que no se identifican fácilmente con los animales». Y, anticipándose a las objeciones moralizantes de sus compatriotas, Hemingway aclara todavía: «En lo que a mí concierne, en cuestiones de moral, no sé más que una cosa: es moral lo que hace que uno se sienta bien, es inmoral lo que hace que uno se sienta mal. Juzgadas con estos criterios morales, las corridas de toros son muy morales para mí; en efecto, durante estas corridas me siento bien, tengo el sentimiento de la vida y la muerte, de lo mortal y lo inmortal, y, terminado el espectáculo, me siento muy triste, pero a maravilla». 
El criterio es indiscutiblemente válido y, de acuerdo con él, las corridas de toros son a fin de cuentas, para mí, medianamente inmorales (luego aclararé mis razones). Viniendo de otro país y de otro tipo de sociedad, Hemingway examina la corrida desde un punto de vista puramente estético, con el despego y objetividad de un contemplador. La «sociología» de la corrida no le interesa o muy secundariamente. El espectáculo de un pueblo que libera en ella sus seculares inhibiciones y se inmoviliza en su ceremonial hierático con el narcisismo de quien contempla su propio ombligo le afecta, lógicamente, menos que a un español dotado de criterio moral y de reflexión (que también los hay, aunque muchos extranjeros piensen lo contrario). Para él, se trata, ante todo, de analizar la estética de la corrida independientemente de los demás factores (sociales, económicos, etc.), un poco a la manera de Thomas de Quincey cuando se entrega a su reflexión del asesinato «considerado como una de las bellas artes». Con ello no pretendemos sostener, ni mucho menos, que Hemingway profese el amoralismo irónico y agresivo del autor de Las confesiones de un comedor de opio. A pesar de su pregonado hedonismo, Hemingway no se aleja nunca demasiado de la moral judeocristiana y, en resumidas cuentas, su interpretación de la corrida es, fundamentalmente, de orden religioso —no al modo folclórico e ingenuo de Montherlant, sino con una reflexión que trasluce un conocimiento intuitivo de la espiritualidad española del Siglo de Oro. Cuando un hombre se rebela contra la muerte, dice en síntesis, asume con gusto el atributo divino de dispensarla: el orgullo propio de esta asunción —que hace del torero un émulo de Dios— constituye el fundamento de la corrida y es la virtud primordial de todo gran matador. Mientras los ingleses y franceses se preocupan tan sólo por la vida, los españoles —dice Hemingway— saben que la vida es lo que existe antes de la muerte; y tras establecer una distinción entre el carácter de gallegos y catalanes, de un lado, y el de los castellanos, de otro, escribe de estos últimos: «Piensan mucho en la muerte y, cuando tienen una religión, es una religión que cree que la vida es mucho más corta que la muerte. Con este sentimiento, ponen en la muerte un interés inteligente, y cuando pueden verla dar, evitar, rehusar y aceptar una tarde por un precio de entrada determinado, pagan con su dinero y van a la plaza». 
Al mismo tiempo que reivindica el orgullo un tanto metafísico del matador de toros, Hemingway estima que la belleza del espectáculo depende enteramente del honor del torero y analiza el pundonor español conforme a una óptica vecina a la de la casta cristiano-vieja de Castilla: «pundonor significa honor, probidad, respeto de sí mismo, valor y orgullo, en una sola palabra». Pero, curiosamente, al elaborar su interpretación personal de la corrida, Hemingway elude casi siempre su fundamento sexual. El aspecto sangriento y cruel de la fiesta de los toros —esa especie de animación interna, secreta, de frenesí esencial que acompaña siempre, de modo más o menos consciente, el espectáculo de la destrucción de la vida— había fascinado, en cambio, a Bataille y el episodio de la muerte de Granero —corneado en un ojo el 7 de mayo de 1922— le inspiró uno de los capítulos más fulgurantes de la bellísima Histoire de l'oeil, cuando sir Edmond, Simone y el narrador buscan y encuentran, al fin, un placer a la medida de sus deseos bajo el ardiente sol de las arenas españolas. 
A mi entender, los esfuerzos de Hemingway en crear una estética de la corrida tropiezan con un obstáculo insalvable: la corrida no es, ni ha sido, ni será nunca, un arte por la sencilla razón de que no actúa, ni puede actuar, de modo dinámico, revelador, perdurable sobre la conciencia del hombre. Cuando el lector menor de cincuenta años recorre, pues, sus descripciones (a menudo magníficas) de Joselito, El Gallo, Belmonte o Marcial Lalanda, no busca en ellos una fidelidad al modelo original (que no ha conocido y que desapareció sin dejar huellas), sino las manifestaciones de la personalidad o el talento o el arte del propio Hemingway. Lagartijo, Frascuelo y Guerrita son, hoy, tan insignificantes como un viejo automóvil fuera de uso: lo único que cuenta de ellos es la emoción que suscitaron en las crónicas de sus contemporáneos. Hemingway lo comprende así y escribe: «Supongamos que las telas de un pintor desaparezcan con él, y que los libros de un escritor sean automáticamente destruidos a su muerte, y no existan más que en la memoria de quienes los han leído. Es lo que ocurre con la corrida». Pero añade a continuación: «El arte, el método, las mejoras, los descubrimientos permanecen». Como los cantaores de flamenco y los bailaores, los toreros tienden a considerar su profesión como un «arte». En boca de Hemingway, la afirmación sorprende. Si nuestras palabras han de tener algún sentido, si nuestros juicios han de tener alguna solidez, no podemos otorgar el calificativo de «arte» a una actividad de un orden inconmensurablemente inferior. 
En los últimos quince años he visto bastantes corridas de toros y he conocido incluso algunos toreros (en el verano de 1959 acompañé a Hemingway de Málaga a Nimes, en la época en que él preparaba su Dangerous Summer) y, si mi experiencia vale algo, puedo afirmar que los matadores con quienes he tratado (excepto Dominguín) no escogieron el oficio más que para escapar a su primitiva miseria, y la presunta metafísica de la corrida les tenía perfectamente sin cuidado: su inteligencia, sus inquietudes, sus gustos, sus caprichos no diferían en absoluto de los cantores yeyés. Gracias a algunos de ellos pude ver al desnudo la personalidad del self made man español: su avidez sin límites y su desprecio, igualmente sin límites, por la masa de los que no han sabido triunfar. Hemingway fue sensible, sin duda, al ambiente corruptor del mundo taurino (versión hispánica de lo que denunciara Bogart en su famosa película sobre el boxeo), y en una de sus imaginarias conversaciones con la Anciana Señora, escribe: «De todos los asuntos de dinero que conozco, no he visto jamás otros más sucios que los de las corridas de toros. El valor de un hombre depende de la cantidad que recibe para lidiar. Pero, en España, un hombre tiene el sentimiento de que, cuanto menos paga a sus subordinados, más hombre es; y, por lo mismo, cuanto más reduzca a sus subordinados a una situación próxima a la esclavitud, más hombre se sentirá. Esto es particularmente verdad entre los matadores surgidos de las capas más bajas de la población». Si a este ambiente taurino (egoísta, vacío, sórdidamente interesado) añadimos la responsabilidad de las grandes ganaderías en el mantenimiento del actual sistema de latifundio (existen en Andalucía, Extremadura y Salamanca dehesas inmensas que pudieran dar trabajo a millares de campesinos sin tierras y se destinan, contra toda noción crematística, a la cría de toros bravos), será fácil comprender por qué, en la balanza de pros y contras, de contemplación y de acción, de estética y de moral, los factores enumerados en segundo lugar pesan mucho más que los primeros y que, contrariamente a Hemingway, la corrida resalte, para mí, bastante inmoral. 
Entre las masas de aficionados que llenan hoy las plazas de toros, el número de quienes pagan el precio de la entrada para vivir el sentimiento de la vida y la muerte, de lo mortal e inmortal, es apenas más elevado que el de los fieles que concurren a misa los domingos para meditar sobre el misterio de la Transustanciación; la inmensa mayoría va a plaza por curiosidad, para ver o ser vistos, atraídos por el ambiente y colorido del espectáculo y acaso —y de forma un tanto oscura— por las mismas razones que los protagonistas de Bataille: para dar rienda suelta a impulsos habitualmente reprimidos y por el placer inconfesado de ver correr sangre. Este aspecto de la corrida aparece hoy camuflado en los grandes cosos taurinos a fin de no chocar a un público compuesto, en gran parte, de curiosos, novatos y turistas. La fiesta nacional se comercializa de día en día y, conforme aumenta la frecuentación de extranjeros, el antiguo ritual se «civiliza» y se adultera. Pero Valerito, empitonado por el toro, no se equivocaba cuando, mirando al público que le había silbado momentos antes porque no se arrimaba suficientemente al bicho, repetía, antes de morir: «Bien, ya lo habéis logrado. Ya me ha cogido. Ya lo habéis logrado. Ya tenéis lo que queríais. Ya lo habéis logrado. Ya me ha cogido. Ya me ha cogido». Cuando Hemingway escribe «En la corrida, ninguna maniobra tiene por objeto infligir un dolor al toro. El dolor es un incidente, no un fin», sus palabras pueden aplicarse hasta cierto punto a las corridas europeizadas y compuestas de las grandes ciudades que atraen hoy a centenares de miles de turistas; pero no se ajustan ni poco ni mucho a la verdad, si las aplicamos a las ferias pueblerinas y encierros —no a los encierros turísticos de San Fermín, sino a los que sin propaganda ni bombo de ninguna clase se celebran, cada año, en diversas comarcas y zonas rurales de la Península (especialmente en Castilla, Valencia y Murcia). 
Al forastero que busque emociones fuertes y quiera comprender algunas de las coordenadas secretas de la corrida (la relación existente entre sacrificio y libido, impulso sexual y derramamiento de sangre) le aconsejo los encierros que durante los meses de agosto y septiembre se suceden, casi sin interrupción, en una serie de pueblos de la provincia de Albacete (Elche de la Sierra, Yeste, Paterna, Socovos). Allí, después de correr los toros por las calles, como en Pamplona, la muerte del bicho se oficia en un improvisado palenque de trancas y en ella participa el pueblo entero: mientras los torerillos aprendices ensayan sus inútiles pases de salón, los espectadores acometen al animal con gran variedad de armas y proyectiles: palos, estacas, piedras, botellas. Durante una hora y aún más, el toro tiene que soportar toda clase de ultrajes, agresiones y atropellos: un aficionado intenta vaciarle un ojo con una vara; otro le corta el rabo de un tajo con una cuchilla de carnicero; un tercero le asesta un golpe en el lomo con un enorme adoquín. Ocultas tras las talanqueras, las mujeres chillan de gozo y azuzan a los hombres con sus gritos. Cuando el animal se derrumba al fin y el matarife lo descabella, los mozos se precipitan a patear el cadáver, se revuelcan sobre él y embeben sus pañuelos en su sangre. La carne del toro se vende la misma noche en las carnicerías y recuerdo que, en una ocasión, a fin de no acumular un stock invendible, las autoridades del lugar aplazaron a última hora la muerte de uno de los bichos y ordenaron llevarlo al toril —ensangrentado, cojo, medio ciego— para torearle aún el día siguiente y asegurar el consumo normal de la población durante las fiestas. Como yo me inquietara un poco por el animal, prolongado así en vida por espacio de veinticuatro horas, me oí responder: —No se preocupe usted, hombre. El toril es muy cómodo, y el alcalde tiene dicho que le den pasto del bueno para que se regale. ¡El tío las va a pasar en grande! 
Entre sus explicaciones un tanto monótonas de los diferentes lances taurinos y sus vivísimos retratos de los matadores, Hemingway intercala, con prodigioso poder de síntesis, algunas descripciones de lugares que deberían figurar, sin ningún género de dudas, entre los mejores trozos de antología del paisaje español. Así, del verde oasis de Aranjuez, con sus «avenidas de árboles, como en lo lejos de las telas de Velázquez», y su plaza de toros, rodeada de mendigos y tullidos, en el terrible descampado abrasado por el sol: «La ciudad es Velázquez hasta el fin de los árboles, y Goya, de súbito, hasta la arena». O de ese impresionante aforismo de líneas que es Ronda, el lugar ideal en España, dice Hemingway, «para una luna de miel o una fuga. La ciudad entera, por más lejos que alcancéis con la vista en todas direcciones, no es más que un telón romántico... Si vuestra luna de miel o vuestra escapada no cuaja en Ronda, haríais mejor yéndoos... y comenzando uno y otro a buscar amistades, cada cual por su lado». 
Al mismo tiempo que la corrida y el paisaje español, Hemingway descubre los vinos de la Península. Su autoridad en la materia es indiscutible y poco hay que añadir a sus enjundiosas observaciones, compendiadas en el glosario que figura al final de Muerte en la tarde. No obstante, habiendo residido habitualmente en Francia durante los últimos años, en ella he formado mis gustos en materia de vinos y quisiera adoptar aquí, en la estimación de los caldos españoles, un punto de vista marginal y, si se quiere, afrancesado. Los vinos de la Rioja, por ejemplo, son tenidos, con razón, en la Península por unos de los mejores y más delicados del país; pero al catador francés le recuerdan en exceso su pertenencia a la familia de los Burdeos y preferirá, probablemente, otros caldos, menos refinados quizá, pero más originales. En España, el vino blanco más satisfactorio desde este punto de vista se encuentra en La Mancha (Valdepeñas) y Galicia (Fefiñanes); los rosados catalanes suelen ser discretos, pero no resisten la comparación con los franceses, marroquíes y argelinos (los de Cacabelos, en León, y Ceniceros, en Navarra, tal vez sean los mejores); el clarete es excelente y personalísimo en Valdepeñas, Albuñol, Quintanar de la Orden y algunas comarcas de Castilla; entre los tintos, mis preferencias van al Castell del Remei (Cataluña) y Benisalem (Mallorca). Los caldos de Jumilla (Murcia) y Cariñena (Aragón) son sabrosos, pero su excesiva graduación (de 13 a 18 grados) los descalifica para escoltar las comidas; servidos, en cambio, bien fríos, constituyen uno de los mejores aperitivos que conozco. 
Pero dejemos a Hemingway, el vino y los toros y volvamos la vista a España en el momento de la gran crisis económica mundial provocada por el derrumbe de Wall Street, y en vísperas ya de vivir la tragedia más honda y dolorosa de toda su historia. 

Goytisolo, Juan. España y los españoles. Editorial Lumen, Barcelona, 1969.

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