JOHN BURY – El año 2440


John Bury (1861–1927)


I

Los principales pensadores franceses no se aventuraron muy lejos en el futuro ni trataron de trazar líneas definidas por las que pudiera desarrollarse el género humano. Se contentaron con principios y vagas generalidades y no se hacían ilusiones en cuanto a la rapidez del proceso de mejora social; la moralidad racional, condición de todo progreso, se hallaba aún en su infancia. Un pasaje de una obra del Abbé Morellet refleja probablemente con bastante exactitud el confortable, aunque no extravagante, optimismo corriente en aquellos tiempos.

Confiemos en la mejora del destino humano como consecuencia del progreso de la ilustración (des lumiéresí y del esfuerzo de los instruidos (des gens instruits); confiemos en que los errores, e incluso las injusticias de nuestra época, no nos aparten de esta consoladora esperanza. La historia de la sociedad presenta una alternancia continua de luz y tinieblas, razón y absurdo, humanidad y barbarie; pero, a lo largo de los tiempos, podemos ver que el bien aumenta gradualmente en proporción siempre creciente. ¿Qué hombre instruido, si no es un misántropo o está enajenado por declamaciones vanas, desearía realmente haber vivido en el tiempo bárbaro y poético que Homero pinta con tan bellos como 'terroríficos colores? ¿Quién añora haber nacido en Esparta entre aquellos pretendidos héroes que convirtieron en virtud el insulto a la naturaleza, practicaron el bandidaje y se gloriaban del asesinato de un ilota; o en Cartago, escenario de sacrificios humanos, o en Roma en tiempos de las persecuciones o bajo el gobierno de Nerón o un Calígula? Concedamos que el hombre avanza, aunque lentamente, hacia la luz y la felicidad.

Pero aunque los más influyentes escritores fueron sobrios en sus especulaciones sobre el futuro, el hecho de que por vez primera se, construyese una Utopía profética es muestra de su efectividad al difundir la idea del Progreso. Hasta el momento, como ya he señalado, los estados ideales, o bien se proyectaban hacia un pasado remoto o se situaban en alguna región distante, poco conocida, en la que la fantasía podía obrar libremente. Proyectarlos hacia el futuro era algo nuevo, y cuando, en 1770, Sébastien Mercier describió 10 que habría de ser la civilización humana en el año 2440, fue una muestra del poder que la idea de Progreso estaba empezando a ejercer.


II

Mercier es recordado, o mejor, olvidado como un dramaturgo menor. Fue bastante más que eso, y las investigaciones de M. Béclard sobre su vida y sus obras nos permiten conocerlo. Si es excesivo decir que su espíritu reflejaba en miniatura el espíritu mismo de su tiempo, no cabe duda de que fue uno de sus productos más típicos. Nos recuerda, en ciertos aspectos, al Abbé de Saint-Pierre, que fue uno de sus héroes. Todas sus actividades estaban inspiradas por el sueño de una humanidad regenerada por la razón, y todas sus energías las dedicó a la realización de ese sueño. La idea de Saint-Pierre sobre la paz perpetua inspiró su juvenil ensayo sobre el azote de la guerra.

Al principio, las teorías de Rousseau le atrajeron irresistiblemente, pero la civilización moderna tenía también una fuerte influencia sobre él; tenía un temperamento demasiado parisino para conformarse por mucho tiempo con la teoría de la Arcadia. Escribió un libro sobre El salvaje, para defender la tesis de que la verdadera norma de moralidad se encuentra en el corazón del hombre primitivo y para probar que lo mejor para nosotros sería volver a los bosques; pero parece que mientras lo escribía llegó a la conclusión de que toda aquella teoría era errónea. La transformación de sus opiniones se produjo en cuestión de pocos meses. Entonces desarrolló la tesis opuesta de que todos ,los acontecimientos han sido arde. nadas para felicidad humana y empezó a trabajar en una imaginaria descripción del estado en que el hombre podría encontrarse dentro de setecientos años.

L’an 2440 se publicó anónimamente en Amsterdam en 1770. Su circulación fue rigurosamente prohibida en Francia porque contenía una despiadada crítica de la administración. Fue reimprimida en Londres y Neucháte! y traducido al inglés y al alemán.


III

El mundo del año 2440 en el que se despierta un hombre del siglo XVIII que ha caído en un sueño encantado se compone de naciones que viven en concordia, como una gran familia, pocas veces interrumpida por la guerra. Pero se nos dan pocas noticias del mundo en general; la imaginación de Mercier se concentra en Francia y especialmente en París. Se contenta con saber que la esclavitud ha sido abolida; que la rivalidad entre Francia e Inglaterra ha sido sustituida por una alianza indestructible; que el Papa, cuya autoridad es todavía soberana, ha renunciado a sus errores v ha vuelto a las , costumbres de la Iglesia primitiva; que las obras de teatro francesas se representan en China. Los cambios en París son un índice suficiente de la transformación general.

La constitución de Francia es todavía monárquica. Su población ha aumentado en un cincuenta por ciento; la de la capital es más o menos la misma. París ha sido reconstruido de acuerdo con un plan científico; sus instalaciones sanitarias son perfectas; está bien alumbrado; y se ha realizado todo lo necesario para la seguridad pública. La hospitalidad privada es tan generosa que las posadas han desaparecido, pero el lujo en la mesa se considera como un crimen repugnante. Ya no se importa té, café ni tabaco 2. No hay sistemas de crédito; todo se paga al contado y ello ha llevado a una notable simplicidad en el vestido. Los matrimonios se contraen únicamente por la inclinación mutua; la dote ha sido abolida. La educación está dirigida por las ideas de Rousseau y se encamina, con estrecho espíritu, a promover la moralidad. El italiano, el alemán, el inglés v el español son materia de estudio en las escuelas, y el estudio de las lenguas clásicas ha desaparecido; el latín no ayuda al hombre a ser virtuoso. También se descuida y se estudia poco la historia, pues es «la desgracia de la humanidad, ya que cada una de sus páginas está poblada de crímenes y locuras». Los teatros son instituciones gubernamentales y se han convertido en escuelas públicas de deberes cívicos y de moralidad.

Los testimonios literarios del pasado han sido destruidos deliberada y casi totalmente por el fuego. Se consideró conveniente terminar con los libros inútiles y perniciosos que no servían más que para oscurecer la verdad o que contenían repeticiones interminables de las mismas cosas. Un pequeño cuarto de las bibliotecas públicas bastaba para contener los libros antiguos a los que se les permitió sobrevivir, y la mayoría de ellos eran ingleses. Los escritos del Abbé de Saint-Pierre estaban colocados cerca de los de Fénelon. «Su pluma era débil pero su corazón era sublime. Siete siglos han concedido a sus grandes y bellas ideas una justa madurez. Sus contemporáneos le tuvieron por un visionario; sin embargo, sus sueños se han convertido en realidad.»

La importancia de los intelectuales como fuerza social era un tema favorito de Mercier y, en 2440, se hallaba totalmente reconocida. Pero el control estatal que tanto pesaba sobre ellos en 1770 no ha sido totalmente suprimido. No existe censura preventiva para prohibir las publicaciones, pero existen censores. No hay multas ni prisión, pero sí advertencias. y si alguien publica un libro que defiende principios considerados peligrosos, está obligado a circular con un antifaz negro.

Hay una religión estatal: el Deísmo. Prácticamente no hay nadie que no crea en Dios. Pero si algún ateo fuese descubierto, sería obligado a seguir un curso de física experimental. Si se obstinase en rechazar la existencia de una «verdad palpable y saludable», la nación se pondría de luto y le expulsaría de sus fronteras.

Todo el mundo está obligado a trabajar, pero el trabajo no se parece ya a la esclavitud. Como no hay monjes, ni criados numerosos, ni mayordomos inútiles ni trabajadores empleados en la producción de lujos infantiles, bastan unas pocas horas de trabajo para cubrir las necesidades públicas. Los censores estudian las capacidades de cada uno, asignan trabajos a los desocupados, y si alguna persona no sirve más que para el consumo de comida, es alejada de la ciudad.

Estos son algunos de los principales rasgos del futuro ideal al que llegó la imaginación de Mercier. No los consideró como una meta final. En los tiempos siguientes se avanzará más, pues «¿dónde puede detenerse la perfectibilidad del hombre, armado con la geometría, las artes mecánicas y la química?» Pero mostraba curiosamente poca imaginación en las escasas profecías sobre los posibles efectos de la ciencia. La verdad es que no tenían demasiada importancia para él, que no veía cómo los descubrimientos científicos pueden cambiar las condiciones sociales. El mundo de 2440, con su sociedad insufriblemente dócil y virtuosa, refleja dos puntos débiles del pensamiento del período Enciclopedista: el no tener en cuenta la fuerza de las pasiones e intereses humanos, y una deficiente apreciación de lo que significa la libertad. Por más que los reformadores aclamasen la tolerancia y luchasen por ella, generalmente no llegaron a comprender su valor. No cayeron en la cuenta de que una sociedad organizada y gobernada por la Razón y la Justicia habría de conseguir, como muestra máxima de progreso, una tolerancia sin restricciones de las opiniones falsas; ni que un Estado doctrinario, compuesto de gentes perfectamente virtuosas y respetables, detendría el desarrollo y sofocaría la originalidad, con su tiranía fría, aunque moderada. La de Mercier no es una excepción a la regla de que las sociedades ideales son siempre repelentes. Son muchos los que preferirían vivir en Atenas en los días del «vil» Aristófanes, cuyas obras Mercier condenaba a las llamas, que en este París de 2440.

Un hombre de letras de Bohemia, Restif de la Bretonne, cuyas poco edificantes novelas hubieran sido con toda seguridad rechazadas por los parisinos de 2440, publicó en 1790 una comedia heroica en la que representaba cómo se llevarían a cabo los matrimonios del «año 2000», en cuyo tiempo, pensaba, habrían desaparecido todas las desigualdades sociales en una sociedad fraternal y veinte naciones estarían unidas a Francia por una alianza, bajo la sabia supremacía de «nuestro bienamado monarca Luis Francisco XXII». Fue la Revolución quien convirtió a Restif a la causa del Progreso, pues, hasta este momento, su maestro .había sido Rousseau, aunque no cabe duda de que el motiv y el título de su obra le fueron sugeridos por la novela de Mercier. L'an 2440 y L'an 2000 son las primeras muestras de esa ficción profética que Looking Backward, de Edward Bellamy, popularizaría cien años más tarde.

Las Ruinas de Palmira, del Conde de Volnev, fueron otra manifestación popular de las esperanzas que había despertado en Francia la teoría del Progreso. Aunque la obra no se publicó hasta después del estallido de la Revolución, su plan había sido concebido algunos años antes. Volney era un viajero, profundamente interesado por las antigüedades clásicas y orientales, y, como Louis Le Roy, se planteaba el problema del destino humano desde el punto de vista de un estudioso de las revoluciones de los imperios.

El libro se abre con unas melancólicas reflexiones en medio de las ruinas de Palmira. «Así perecen las obras del hombre y así desaparecen las naciones y los imperios. .. ¿Quién puede asegurarnos que no será la suerte de nuestro propio país una desolación semejante?» Algún viajero como él se sentaría algún día en las orillas del Sena, del Támesis o del Zuyder Zee, entre ruinas silenciosas, y lloraría por un pueblo incinerado cuya grandeza se habría trocado en un nombre vacío. ¿Acaso una misteriosa deidad ha pronunciado una maldición secreta contra la Tierra?

Presa de este desconsuelo recibe la visita de una aparición que le revela la causa de las desventuras humanas y le muestra que se deben a los propios hombres. El hombre está gobernado por unas leyes naturales invariables y no tiene más que estudiarlas para saber cuál es su destino, así como cuáles son las causas de sus males y su remedio. Las leyes de su naturaleza son el egoísmo, el deseo de felicidad y la aversión al dolor; éstos son los principios simples y prolíferos de todo lo que sucede en el mundo moral. El hombre es el artífice de su propio destino. Puede lamentar su debilidad y sus locuras, pero «quizá tiene más razones para confiar en sus energías cuando considera cuál ha sido su punto de partida y hasta qué alturas ha sido capaz de elevarse».

El visitante sobrenatural pinta un cuadro más bien sugestivo de los antiguos reinos egipcio y asirio. Pero sería un error deducir de su superficial esplendor que sus habitantes en general fueron sabios o felices. La tendencia humana a adornar con la perfección las épocas pasadas es tan solo «el desteñirse de su propia pena». La raza no degenera; sus desventuras se deben a la ignorancia y a la equivocada dirección del egoísmo. Dos obstáculos principales para el progreso han sido la dificultad en la transmisión de ideas de una edad a otra, y la dificultad de comunicarlas rápidamente de un hombre a otro. Ambos obstáculos han sido suprimidos por la invención de la imprenta. La prensa es «un don memorable del genio celestial». Llegará un tiempo en que todos los hombres comprenderán los principios de la felicidad individual y pública. Entonces se establecerá un equilibrio de fuerzas entre los pueblos de la tierra; no habrá más guerras, las diferencias se saldarán por el arbitraje y «la totalidad de la especie se convertirá en una gran sociedad, una única familia gobernada por un mismo espíritu y por leyes comunes que gozará de toda la felicidad de que el género humano es capaz de gozar. Su realización será un proceso lento, pues la misma levadura habrá de asimilar una masa enorme de elementos heterogéneos pero su actuación será efectiva.

Aquí el genio interrumpe su profecía y exclama, volviéndose hacia el Occidente: «el grito de libertad lanzado en las más lejanas costas del Atlántico ha llegado al viejo continente». Aparece ante sus ojos un prodigioso movimiento en uno de los países extremos del Mediterráneo. Los tiranos son destronados. legisladores son elegidos y se prepara un código basado en los principios de igualdad, libertad y justicia. La nación liberada es atacada por los tiranos vecinos, pero sus legisladores proponen a los otros pueblos la celebración de una asamblea general que represente al mundo entero y mida a cada sistema religioso con el mismo rasero. Continúa con los procedimientos de este congreso, y en este punto el libro queda inacabado.

No es un libro atractivo; para un lector actual es positivamente aburrido aunque convino al gusto de su época y, al aparecer cuando Francia estaba segura de que su Revolución renovaría la tierra, dio impulso a las esperanzas y a los sentimientos del movimiento. No contribuyó en nada a la doctrina del Progreso, pero sin duda ayudó a popularizarla.



(1920)


Bury, John. La idea del progreso. Alianza Editorial, Madrid 1971. Pags. 176-184. Traducción de Elías Díaz y Julio Rodríguez Aramberri.


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